Piriápolis, por Luis Pancorbo
Francisco Piria quiso convertirla en la capital de una Riviera que nada tuviese que envidiar a Niza o Cannes.

Piriápolis, por Luis Pancorbo / Ximena Maier
A cien kilómetros de Montevideo surge Piriápolis, una especie de joya oculta de la Riviera uruguaya. El nombre del lugar homenajea a Francisco Piria, el que fuera su fundador a principios de siglo XX. Piria era un visionario y, aunque no supiera transmutar plomo en oro, su fortuna llegó a ser descomunal con la venta de terrenos e inmuebles. Así fue también como corrió la envidia y la leyenda, y le pusieron etiqueta de ocultista mientras Piriápolis, su criatura, cogió fama de ser un fabuloso centro telúrico, una ciudad cual un diagrama de energías, desplegada como un árbol de la vida con sus diez sefirot.
Lo cierto es que Piriápolis no necesita tanta alharaca acostándose frente al Plata, un río con potencia de mar. Unos cerros de un verdor elegante abrazan su playa, una herradura de arenas blancas como harina. Su clima en el verano austral ronda la perfección y no es extraño que acudan miles de visitantes, uruguayos y argentinos en cabeza. Será un destino sin tanta moda como Punta del Este, y sin tanta soledad como Cabo Polonio, pero Piriápolis mantiene mayor gancho para la intriga. No en balde Francisco Piria quiso convertirla en la capital de una Riviera que nada tuviese que envidiar a Niza o Cannes.
Hijo de emigrantes italianos, Piria empezó desde cero y a su muerte en 1933 poseía tanta riqueza como toda la República Oriental del Uruguay. Hay quien supone que eso no fue solo por ser un lince para los negocios sino por saber algún que otro secreto filosofal, y ya puestos el de Disuelve y coagula.
En 1890 Piria compró 2.700 hectáreas en el Cerro Pan de Azúcar que incluían campos cultivables y una franja del litoral del Plata. Encargó un tren y una línea marítima para traer turistas de Buenos Aires, hizo parcelas, chalés, escuelas. Explotó sus propios viñedos y canteras de cuarzo y pórfido. Inventó hasta la cognaquina, "un licor tónico, aperitivo y reconstituyente". El enorme Hotel Argentino se abrió como uno de los más lujosos del mundo, con platería alemana, porcelana francesa y vidrieras llenas de signos esotéricos.
Para sí Piria se hizo construir un castillo con dos columnas de templo masónico, y un jardín con copones que llevan la efigie de un ser barbudo y cornudo. ¿Quién puede ser sino Baometo?, se preguntan los esotéricos. Piria trajo palmeras de Canarias, incluso un drago tinerfeño cuyas hojas caídas, presagio de sangre mágica, cierta gente que visita el castillo se las lleva para hacer cocciones. El castillo de Piria a uno le recuerda el de Hearst en California. Fueron dos millonarios subidos a dos colinas con dos castillos abarrotados de lujos. Ambos eran, además, magnates de la prensa.
Pero el Rosebud, el misterio del Ciudadano Kane (así Orson Welles evocó a Hearst) en Piria adquiere otros caracteres. Deja su fortuna a Carmen, su tercera mujer, y a la que ha hecho pasar por su hija adoptiva por el qué dirán. Carmen se lleva al final el dinero de Piria y no pocos de sus enigmas. Uno de ellos, según Yaraví Roig, autora de Piriápolis mágico, se ubica en el cerro San Antonio, donde la Stella Maris, una Virgen de hierro, aparece embarazada y con los brazos abiertos hacia el mar. Si se ve la estatua desde atrás, parece Cristo. Por tanto, Piria, al encargar esa imagen tuvo que inspirarse en el Andrógino, el principio hermético de la conjunción masculina y femenina. Cómo no. Hermes, el dios de los viajeros, también ornaba un jardín de Piriápolis representado como un Mercurio en descanso, bronce hoy desaparecido.
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