Philip Johnson, ganador del primer premio Pritzker de la historia: “El Partenón sigue produciendo el estremecimiento que toda arquitectura debería dejar a las generaciones futuras”
El primer ganador del Premio Pritzker, Philip Johnson, usó el Partenón como referencia máxima de lo que la arquitectura debe lograr: transmitir un estremecimiento que perdure a lo largo de los siglos. Una aspiración que la colina sagrada de Atenas ha cumplido durante 2.500 años sin que nadie pueda discutirlo.

Un lugar que transciende ideas y fronteras. / Istock
Hay edificios que resisten el tiempo y hay edificios que lo definen. El Partenón, erigido en la Acrópolis de Atenas entre los años 447 y 432 antes de Cristo, pertenece a esa segunda y muy escasa categoría. En el siglo V a.C., Pericles, el gran gobernante de Atenas, encargó la construcción del templo más majestuoso de la Grecia clásica para conmemorar la victoria de los griegos sobre los persas en las guerras Médicas. El Partenón debía ser la joya de la nueva Acrópolis, arrasada por los propios persas. En los últimos 2.500 años, el edificio se ha convertido, por su singular perfección y belleza, en el símbolo de la ciudad y de toda la civilización griega, y su silueta es un icono mundial reconocible por cualquier persona. No es un monumento más entre los muchos que ha dejado la Historia: es la piedra de toque con la que los arquitectos, desde el Renacimiento hasta hoy, miden la ambición de su propio trabajo.

El Partenón de Atenas. / Istock
El Partenón representa la culminación del ideal arquitectónico griego clásico, donde confluyen la racionalidad matemática, la expresividad estética y el simbolismo cívico-religioso. Su impacto posterior fue inmenso: durante el Renacimiento, fue estudiado por arquitectos como Battista Alberti y Andrea Palladio, y más tarde por los teóricos del Neoclasicismo, quienes lo tomaron como referente universal de belleza y proporción. Incluso en nuestros días, la arquitectura racionalista y minimalista sigue mirando a sus columnas como quien mira un espejo. Ese poder de irradiación extraordinario fue el que llevó al arquitecto estadounidense Philip Johnson a convertir el Partenón en el núcleo de su filosofía sobre la misión de la arquitectura en el mundo.

Adriana Fernández
El Partenón y la Catedral de Chartres
En 1979, Philip Cortelyou Johnson fue el primer arquitecto en recibir el Premio Pritzker de Arquitectura, el galardón que con el tiempo se convertiría en el equivalente del Nobel para su disciplina. En ese momento ya era una figura colosal de la arquitectura del siglo XX: había sido director del departamento de arquitectura del MoMA de Nueva York, había trabajado con Mies van der Rohe y había introducido el estilo internacional en Estados Unidos. Pero a pesar de toda esa acumulación de influencias y logros, Johnson siempre volvió al Partenón cuando quiso explicar para qué sirve realmente la arquitectura.

La Acrópolis de Atenas en un atardecer. / Istock
Johnson declaró: “Me gusta pensar que lo que debemos hacer en esta tierra es embellecerla para mayor belleza, de manera que las generaciones venideras puedan mirar hacia atrás las formas que dejamos aquí y experimentar el mismo estremecimiento que yo siento al mirar hacia atrás las de ellos: el Partenón, la Catedral de Chartres”.
La cita es una de las más citadas de la historia de la arquitectura, y con razón: en ella Johnson no habla de técnica ni de materiales ni de función, sino de emoción y de responsabilidad intergeneracional. En otro momento, Johnson fue aún más personal sobre el tema: “Estar en presencia de una gran obra de arquitectura es una satisfacción tal que puedes pasar hambre durante días. Crear un sentimiento como el que tengo en la Catedral de Chartres cuando tenía 13 años: ese es el objetivo de la arquitectura”. El Partenón y Chartres no eran para él referencias académicas, sino experiencias físicas que lo habían marcado de por vida.

El Partenón de Atenas en la noche. / Istock / enduro
Una colina sagrada que es mucho más que un templo
La grandeza de la Acrópolis de Atenas reside precisamente en que el Partenón, siendo su cumbre indiscutida, es solo el inicio de una conversación arquitectónica que se despliega por toda la colina. La Acrópolis de Atenas y sus monumentos son el símbolo universal de la civilización y el espíritu clásico, y forman el más extraordinario conjunto arquitectónico y artístico legado por la Grecia antigua al mundo entero. Fue en la segunda mitad del siglo V a.C. cuando un grupo excepcional de artistas ejecutó los ambiciosos planes de Pericles y, bajo la dirección del escultor Fidias, transformó el montículo rocoso en un monumento excepcional del arte y el espíritu. El visitante que sube hoy a la Acrópolis no está entrando a un edificio, sino a uno de los argumentos más completos jamás construidos por el ser humano sobre lo que la civilización puede llegar a ser.

Erecteión en la Acrópolis. / Istock / Nikolay N. Antonov
Antes de alcanzar el Partenón, el viajero debe cruzar los Propileos, la entrada monumental al recinto sagrado. A la izquierda está el Erecteión, con su célebre estoa o tribuna sostenida por seis cariátides. En la ladera sur de la Acrópolis, fuera de la muralla y por su parte inferior, se encuentran restos de otros edificios, entre los que destaca el Teatro de Dioniso, al aire libre, donde estrenaron sus obras Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes. El Teatro de Dioniso, el mayor teatro construido por los antiguos griegos, tenía capacidad para 17.000 espectadores. La comedia de Aristófanes y las tragedias de Sófocles y Eurípides amenizaron durante años a sus asistentes durante los festivales anuales celebrados en honor al dios del vino y el teatro. Ese teatro no es un accesorio del conjunto: es el lugar donde nació el teatro occidental tal y como lo conocemos, un espacio donde la arquitectura y las artes escénicas se fundieron por primera vez en una sola experiencia humana.

Teatro de Dioniso en Atenas. / Istock
La UNESCO, que declaró la Acrópolis Patrimonio de la Humanidad en 1987, ha reconocido lo que Johnson intuyó hace décadas: que estas piedras ejercen una atracción sobre las personas que no admite explicación puramente racional. En algunos meses de temporada alta, entre 14.000 y 17.000 personas acuden diariamente a admirar el templo del Partenón en la cima de la Acrópolis. Son viajeros de todos los continentes, con todas las formaciones y todas las edades, que suben la colina bajo el sol de Atenas porque algo —exactamente lo que Johnson intentó describir con la palabra “estremecimiento”— les compele a hacerlo. La arquitectura, cuando alcanza esas cumbres, deja de ser un asunto de especialistas para convertirse en una necesidad colectiva. El Partenón lo demostró hace 2.500 años. Y sigue demostrándolo hoy, cada mañana, con cada nuevo visitante que llega a la cima de la Acrópolis y se queda sin palabras.
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