Perros de Tuamotu por Luís Pancorbo

Los inglese llaman Spaniels a los perros de agua. A lo largo de los siglos se vieron muchos Spaniels en Tahití y la Polinesia. Pero, ¿quién trajo al perro de agua a Hao y otras Islas Tuamotu? Es la mejor leyenda española de los Mares del Sur.

Luís Pancorbo

En Hao y otras islas Tuamotu, los cocoteros se cimbrean más que las cinturas nativas. Hay pájaros marinos muy valientes que van de isla en isla, y perros flacos a los que no todo se les vuelve pulgas porque se dan un baño de mar y se quedan como nuevos, esqueléticos, bribones, husmeadores de caracolillos y papayas, de cangrejos machacados y cabezas de peces loro, como otros buscan huesos de pollo y restos de paella (aunque eso es una leyenda, nunca queda nada de una buena paella).

No hay duda, tras merodear por los mundos, que la belleza es una urna griega, como la de Keats, aunque hay otras urnas y verdades en nada inferiores. Las islas Tuamotu son un ejemplo de perfección. Tienen todo cuanto colmaría al hombre y a la mujer: calor, limones salvajes, marisco, arrullos del mar y de las nubes, lunas blancas...

Sin necesidad de ir a Mururoa y Fangataufa, donde los franceses hicieron durante 35 años no menos de 200 experimentos nucleares, quedan docenas de atolones que no están contaminados más que de soledad. Pocos marinos se han asomado aún a los grupos Acteón, Disappointment, Duke of Gloucester, King George, Palliser, Raeffsky... Incluso hay islas llenas de ecos españoles: Anaa, la Todos los Santos para Boenechea en 1772; Amanu, la isla de las Ánimas para Andía en 1774; Hao, Conversión de San Pablo para su descubridor Quirós el 10 de febrero de 1606. Los franceses pusieron en Hao la gran base del CEP (Centro de Experimentación del Pacífico) y su ajetreo atómico duró hasta 1998.

A uno le interesa más cuando todo era virgen, o eso parecía en 1606: los españoles encontraron en Hao a una anciana con un largo y lacio pelo y un anillo de oro y esmeralda. Quirós trató de conseguir una joya como aquella, más propia de América, pero se quedó en misterio como un perro que vieron allí, parecido a los de Castilla. Los ingleses llaman spaniels a los perros de agua.

A lo largo de los siglos se vieron muchos spaniels en Tahití y otras islas polinesias, perros flacos, con pelo abundante, a la europea, no como esos chuchos todo piel fina y huesos, de descendencia asiática, habituales en los mares del sur. Pero, ¿quién trajo el perro de agua a Hao? ¿Quién los cuatro cañones herrumbrosos que fueron encontrados en 1929 por el capitán Hervé en ese mismo atolón? He ahí el misterio de la San Lesmes.

En mayo de 1526, la nao San Lesmes, mandada por Hoces, se separó de la flota de Loaisa seis días tras cruzar el Estrecho de Magallanes y nunca más se supo. O sí, ésa es la mejor leyenda española de los mares del sur.

Los tripulantes de la San Lesmes, vascos y gallegos sobre todo, se mezclaron con las nativas originando un linaje y una cultura en las Tuamotu y las islas de la Sociedad, si es que sus descendientes no llegaron hasta Nueva Zelanda y quizás a Hawai y Pascua, a todo el triángulo polinesio.

Eso cuenta La carabela perdida (1975), un libro del australiano Robert Langdon que da un gran protagonismo a los españoles en la inicial exploración del Pacífico Sur. En 1543, Villalobos, al pasar por las Marshall (donde se ubica Bikini), oyó: "Buenos días, matelotes", que así gritaban náufragos de la expedición que mandó Cortés a las Molucas y que se fue a pique en las Carolinas.

En 1595, Mendaña perdió la nave almiranta Santa Isabel en su segundo viaje a las Salomón, en medio del humo de la explosión volcánica de la isla Tinakula. Pero en Tahití fue donde se condensó el enigma. En 1769, Philibert de Commerson, médico de la expedición de Bougainville, daba a entender que encontraron descendientes de españoles en Tahití, y oyeron palabras derivadas, para él, del español: haouri, hierro; matar, mate...; y taburetes, redes, azuelas, que hacían pensar en antecedentes europeos. Bougainville bautizó Tahití como Nueva Cythera, por la diosa griega del amor, y porque les invitaban a pasar a sus casas para acostarse con sus mujeres y luego, encima, aplaudían.

Antes, en 1767, George Robertson, el piloto del Dolphin, notó que las tahitianas eran "como las mujeres de Inglaterra". Algunas tenían un color más mulato (mustee en inglés, del español mestizo), pero la apreciación de Robertson es de una gente "totalmente tan clara como la generalidad de spaniards o portugees".

Era la habitual sorpresa de muchos marinos a lo largo de los siglos, el blondismo de los mares del sur, ver allí tipos de piel tan clara. Los "cabellos dorados" fueron descritos por Quirós y otros vieron ojos garzos, es decir, claros, azules, verdes, grises...

Para Langdon, todo fue por las combinaciones genéticas de los españoles que en los atolones de Amanu y Hao empezaron otra vez la vida. Hasta comerían salsa de pescado puesto a macerar en agua salada. Más dudoso es que se comieran sus propios perros. En 1769, la reina tahitiana Purea (Oberea para Wallis) ofreció a Cook y Banks una cena a base de perro gordo y suculento.

El inteligente e instruido jefe Tupaia mandó asfixiar al perro y los sirvientes lo cocieron en un umu, horno enterrado a la manera polinesia. Según Banks "no puedo prometer que ningún perro europeo supiese tan bien, y es que les dan cocos, árbol del pan, ñames...". Los españoles, que se sepa, no cataron esa clase de carne.