Penyagolosa por Luis Pancorbo

El escritor Jason Webster admira esta zona de Castellón que es su hogar y se asemeja a un laberinto de antiguos feudos.

Luis Pancorbo

Hay una montaña sagrada en España y está tan tranquila en medio de Castellón de la Plana. Es Penyagolosa ("Peña Golosa"), entre Alcalatén ("dos castillos") al sur y el Maestrazgo al norte. Un no tan pequeño mundo que acaba de captar con gran capacidad de fascinación Jason Webster. Es un escritor angloamericano que hace poco decidió comprarse una masía en ruinas en las faldas de Penyagolosa y la ha sacado adelante pese a la sequía y las inundaciones, la lluvia de avispas y el fuego homicida del verano.

Tampoco sabe bien si son peores los cazadores y sus tiros perdidos o los jabalíes empeñados en destruir los árboles truferos que él planta con toda esperanza. Tiene experiencia en la lucha contra los elementos: se deslomó en uno de esos huertos gratuitos junto al Támesis que ponía el Ayuntamiento de Oxford, hasta que una riada se lo llevó todo.

Webster combina ahora la motosierra con el ordenador, pero eso no oculta su verdadera estirpe, la que entronca con Gerald Brenan, y le hace ser otro escritor que se ha quedado enganchado por "la singularidad de España". Las diferencias que aún existen entre España y los demás países europeos y africanos suelen percibirlas mejor los extranjeros. Jason Webster admira esa región que es su hogar y que "asemeja un laberinto de condados y feudos antiguos, cada cual con su propio carácter y dialecto, ambos reforzados por las malas comunicaciones y la escabrosidad del terreno". La guinda es una montaña que, con sus 1.800 metros, no es sólo la mayor de la provincia sino un verdadero imán de temas y un icono de culturas. No lejos de Penyagolosa fue donde se asentaron los últimos cátaros, Bélibaste y sus credentes, los que resistieron en Sant Mateu antes de ser apiolados por la ortodoxia papista.

Webster también habla mucho de su vecino Arcadio, todo un personaje. Es un masover que sabe conducir mejor su Land Rover con cataratas que después de que le operen los ojos, y eso que transita por unas pistas colgadas ante precipicios. Arcadio le enseña a Jason a poner colmenas y a coger almendras, y también a cómo curarse las heridas con hierbas. La montaña sagrada está repleta de humanidad y de árboles, sean el almez o la encina, que pugnan por vivir en una sierra dura y pura. Jason Webster reconoce como obra de cabecera el Kitab al-Falaha (Libro de la agricultura), que fue escrito por Yahya Ibn al-Awam en el siglo XII. Según Webster, funcionan muchas de las cosas escritas en ese tratado hispano-árabe.

"Aquí el amanecer tiene una fuerza insólita, misteriosa". Jason y su mujer, Salud, se despiertan oyendo el trino del pájaro carbonero. Una vida sencilla que se quiebra cuando llega la Sanantonà. Esa fiesta del 17 de enero en honor de San Antonio tiene para los locales una importancia mayor que la Navidad. La gente ama al patrón de los animales y liba por él. Una vez el fundador de los cenobios cristianos curó a unos cochinillos, o tal vez jabatos, y así consiguió la protección de la madre: por eso se le conoce como Sant Antoni del porquet. Es el pretexto para que salgan unas máscaras, botargues, que arrean con sus varas al que se ponga a tiro. Luego está la filoseta, un hombre vestido de mujer, un papel de inversión que se da en muchas culturas, desde la de los huicholes de la Sierra Madre de México a la de los goba de Zambia. La filoseta en Penyagolosa "representa las tentaciones sexuales de Sant Antoni en el desierto", supone Jason Webster con el ojo clínico que caracteriza su bella prosa mechada de antropología hispana. Tal como seríamos.