Peña Tú, por Luis Pancorbo

El Ídolo de Peña Tú, en Asturias, deja estupefacto por la entereza misteriosa que demuestra pese a los milenios.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Es una peña, eso está claro, pero con un par de corcovas que parecen dos cobras hinchadas. En la de más abajo, que hace de parasol y abrigo, es donde contra todo pronóstico lucen unas pinturas de hace cuatro mil años, de entre la Edad del Cobre y la Edad del Bronce. Y ahí aparece el Ídolo, un ser que deja estupefactos, no por sus posibles adherencias mágicas o metafísicas, sino por la entereza misteriosa que demuestra pese a los milenios.

Se camina primero por una senda abrupta en medio de un bosque donde no faltan las amanitas muscarias ni las hayas. Estamos en la Asturias profunda de Llanes y, aunque no te topes con una xana ni con el Cuélebre, el ídolo rojizo y oblongo de Peña Tú es una figura clave, muda y certera del pasado humano. Su cuerpo evoca más una estela que una momia. Acaba en un óvalo sobre un rectángulo adornado con rayas horizontales. Sobre su cabeza también salen rayas, rayos solares si no son plumas, que bien pudo haber aquí muchos urogallos en aquella época.

El Ídolo tiene a su vera una espada, o daga, otro secreto que alguien de la Edad del Cobre se llevó a la tumba. ¿Se trataba de un chamán o era simplemente un rey, un noble, un dios o, por qué no, una diosa? Las diosas no llevan puñal, dirá alguien, pero pueden clavarlo. El profesor Johannes Maringer ya confesaba las dificultades de interpretar la religión prehistórica, incluso la de la época de transición entre la Edad de Piedra y la Edad de los Metales, en coincidencia con la llegada de los indoeuropeos. De momento nos valemos de suposiciones. Sorprende que el puñal sea importante en Peña Tú cuando fue el hacha, asociada al fuego encendido, la que mereció un amplio culto en el norte de Europa ya entre los pueblos megalíticos. Y en Creta hacían ofrendas al hacha sagrada en el segundo milenio antes de Cristo.

Voy a Peña Tú con mi amigo Alberto Luengo Tellechea, naturalista guipuzcoano de pro y admirador de la naturaleza primordial del concejo de Llanes. Tiene razón. Peña Tú se posa en un reborde, como el espinazo de una serpiente alada, desde donde se abarca un panorama que va del Cantábrico a la Sierra de la Borbolla. Un mundo donde no se cuentan los verdes y los azules. Había que marcar un sitio así con un sepulcro, un adoratorio, un alto del tiempo normal. Encuentro alguna semejanza entre el Ídolo de Peña Tú y el Taatsin Seita de los antiguos samis de Kittilä, en la Laponia finlandesa. Ambos son monolitos naturales a los que el tiempo ha esculpido con su genio, sacando en Peña Tú formas de cobra y en Laponia lápidas de una catedral sin techo. Pero lo que importa es que ambos sitios fuesen seleccionados con una inteligencia ancestral como miradores hacia fuera y hacia dentro. Y si los llamamos ídolos es por falta de sentido, por el silencio que los envuelve. Caro Baroja reconoció nuestra incapacidad de conocer a ciencia cierta de qué iban ídolos como el de Peña Tú, y lamentaba tener que recurrir a lo obvio de siempre: "...a esta caracterización vaga que nos dan las palabras mágico y religioso". Sin embargo, hay gente que se aferra a las pervivencias como si existiesen continuos explicables entre pueblos, religiones y culturas, capaces de saltar sobre los lapsos de tiempo como si fuesen charcos, y sobre la falta de evidencias, como si éstas fuesen intrascendentes.

Algunos quisieron profanar Peña Tú pintando junto al Ídolo unas pequeñas cruces rojas. Tratando de confundir así tiempos e historias, como si las cruces fuesen capaces de anular el mensaje anterior. Eso si no fueron gamberradas antiguas no menos letales que las modernas. Beda El Venerable, en su Historia eclesiástica de los anglos, aconsejó no destruir los lugares paganos. Se los purifica con un poco de agua bendita "...después de que se alcen altares y se instalen reliquias". Y ya está.

El viejo lugar sagrado ha sido cogido aunque sea por los pelos. Quien en cambio no ha sido vencido es el viejo chamán o rey llanisco, rodeado de puntos y rayas, un morse que espera que alguien lo haga hablar.