Pekín- Hong Kong, por Mariano López

China piensa recuperar la Ruta de la Seda, pero esta vez las caravanas serán vagones de tren.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Vicente Blasco Ibáñez, el genial novelista valenciano, atravesó buena parte deChina en tren, en 1923, durante el viaje que narraría en su obra La vuelta al mundo de un novelista, reeditada, en los últimos años, por varias editoriales. El escritor toma un tren en Pekín que emplea en llevarle a Shanghái 36 horas de viaje y, luego, en Shanghái, se embarca en un vapor con el que arriba a Hong Kong después de tres días de navegación. El viaje no está exento de peligros: bandas armadas de ladrones y de militares a las órdenes de los señores de la guerra provinciales tienen por costumbre atacar a los trenes y robar a los pasajeros o secuestrarles y pedir rescate. La vida no es fácil en la China de la República que acaba de deponer al último de los emperadores y que se prepara, sin saberlo, para una guerra civil a la que continuará el enfrentamiento armado con los japoneses.

Blasco Ibáñez se fija en que hay tropas oficiales en todas las estaciones, anota que los empleados del tren recomiendan que no se de dinero a las muchedumbres mendicantes de las estaciones y destaca la cantidad de gente que surge de todas partes al paso del tren, "con la abundancia rumorosa -escribe- de una colmena". Pero lo que más le llama la atención, en este tramo de su fantástico viaje, es la calidad del tren. "Nunca he visto en Europa algo semejante", dice, cuando describe las comodidades y el lujo de los vagones dormitorio, los vagones comedores y los vagones con cristaleras para contemplar el paisaje que forman el convoy de dos trenes en el que viaja por la campiña china, atravesando la cuenca de los dos grandes ríos del antiguo imperio, el Yang Tse y el Huang Po, denominados, en los atlas españoles de la época, el río Azul y el río Amarillo. "Únicamente los llamados ‘trenes de millonarios'' que van de Nueva York a Los Ángeles durante el invierno -dice- pueden compararse a este tren chino, cuyo material rodante es el mismo".

Blasco Ibáñez revela, en toda la obra, una gran afición al tren, así que no dudo que hoy celebraría la inauguración de la última joya de la industria ferroviaria china: la línea de ferrocarril de alta velocidad más larga del mundo, que permite recorrer los 2.300 kilómetros que separan Pekín de Guangzhou (la antigua Cantón) en ocho horas, veinte horas menos de las que tardaba el Kowloon Express, inaugurado hace tan solo quince años, cuando los británicos devolvieron Hong Kong a China.

Viajé en ese tren, en 1998, admirado por la calidad de sus instalaciones, las literas, el aire acondicionado, el orden uniforme de sus estaciones, y por el silencio que gobernaba la atmósfera de cada uno de los vagones. Nada que ver con el destartalado, divertido y desorganizado Transmongoliano, con el que llegué a Pekín después de una semana de viaje. Por la ventanilla, en el tren chino solo vi asfalto, grúas, torres, ciudades, autopistas, a lo largo de más de dos mil kilómetros; ni un solo campo cultivado, ni por asomo un bosque, tampoco una brizna de hierba.

La red ferroviaria china de alta velocidad comenzó a crearse en 2007 y seis años después ya es la más larga del mundo, con 9.356 kilómetros. Se espera que mida más del doble antes de que transcurran otros seis años. En paralelo, también crece la red ferroviaria convencional. En el período comprendido entre 2002 y 2012, las líneas férreas de China aumentaron 23.000 kilómetros y ocupan ahora más de 93.000. La apuesta continúa y el siguiente paso, después de crearcuatro grandes ejes de norte a sur y otros cuatro de este a oeste, será aún más extraordinario. China piensa recuperar la Ruta de la Seda, pero esta vez las caravanas no llevarán camellos: serán vagones de tren que se deslizarán por vías de alta velocidad extendidas por los suelos de 17 países. De momento,Irán, Afganistán y Tayikistán han accedido a cooperar con China para construir la línea entre China e Irán. Luego, está previsto crear dos ramales desde Irán: uno llevaría a Turquía y otro a Siria, cuando la situación lo permita. Las negociaciones con todos los países, auspiciadas por la ONU y el proyecto TAR (Trans Asia Ferrocarril), están en marcha. Si China mantiene su actual velocidad de crecimiento, todos los acuerdos necesarios se firman pronto y comienzan en un par de años las obras, tendremos en la próxima década un nuevo y genuino Orient Express que llevará las telas y otras maravillas de Xian, la ciudad que asombró a Marco Polo, hasta el Gran Bazar de Estambul.

Imagino que a Vicente Blasco Ibáñez le alegraría saber esta noticia. También a Phileas Fogg, quien decidió dar la vuelta al mundo cuando supo de la existencia de una nueva ruta férrea, que atravesaba la India. Ahora, tumbado en su butaca del Reform Club, estará mirando el mapa de Asia Central pensando en la línea que le puede llevar desde la estación donde antes terminaba el Orient Express hasta la Gran Muralla, pasando por Samarkanda. Es un bello viaje, que acaba de anunciar su próxima, no muy lejana, salida. Viajeros, al tren: ni hao!

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