Nos pateamos Noruega... por el Camino de San Olav

Más de 700 kilómetros de una peregrinación entre montañas, y atraviesa del corazón del país 

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Al mismo tiempo que el Camino de Santiago iniciaba en el siglo XI su edad de oro desde Santo Domingo de la Calzada a Burgos y Compostela, otra vía de carácter religioso se abría paso en tierras escandinavas con un protagonista original: San Olav. Este rey, de origen vikingo, se llamaba en realidad Olav Haraldsson y fue conocido en vida como Olav El Grande, hasta que, a raíz de su muerte acaecida en la batalla de Stiklestad, el 29 de julio de 1030, se convirtió en Olav El Santo. Desde esa fecha, el monarca impulsor del cristianismo en lo que es hoy el corazón de Noruega empezó a ser venerado en toda Europa hasta el punto de que se levantaron más de 300 iglesias en su honor en países como Rusia, Polonia, Gran Bretaña, Alemania o Países Bajos.

Eduardo Grund

Incluso en España, ya en este siglo XXI, se ha edificado una pequeña ermita en la villa burgalesa de Covarrubias con este mismo nombre, conectada con Burgos por una vía de 60 kilómetros que han llamado el Camino Español de San Olav. La construcción de este templo ha pretendido hacer justicia, 750 años después, a la princesa Kristina, quien viajó desde Noruega a España en el siglo XIII para contraer matrimonio con un infante de Castilla llamado Felipe, hermano del rey Alfonso X El Sabio. 

Casi trescientos años antes fue Nidaros, la actual Trondheim en Noruega, la que resultó elegida para albergar la tumba del santo guerrero Olav, martirizado a los ojos del pueblo, en una pequeña ermita que acabaría transformándose en una impresionante catedral. Este punto cercano al río Nidelva se transformó así en el objetivo de miles de peregrinos que, desafiando montañas nevadas, pasos pedregosos y ríos salvajes, anhelaban el consuelo espiritual y, sobre todo en los primeros tiempos, una buena salud. La mayoría de esos peregrinos recorría el camino a pie o a caballo, como lo siguen haciendo hoy después de que en 1997 volviera a abrirse esta ruta espiritual desde Oslo a la catedral de Nidaros. Hoy apenas se ven bicicletas por este trayecto y los caminantes buscan ante todo una oportunidad para la meditación personal en este rincón de la Noruega más profunda y alejada de sus famosos fiordos.

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La catedral de cristal

Un total de 643 kilómetros separan la capital noruega de la morada de San Olav, aunque son casi mil los kilómetros del camino que se pueden recorrer, contando con algunos tramos alternativos. La más popular de este último grupo es una variante procedente de Suecia que lleva el nombre de Stiklestad. En todos ellos la señalización es excelente, tanto en senderos como en bosques y pueblos, con la Cruz de San Olav en rojo sobre un símbolo propio que representa el infinito y, también, la eternidad.

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Ese icono del camino se vuelve muy familiar desde el comienzo de la ruta. En dirección norte, la primera parada recomendable es Hamar, a orillas del lago Mjøsa. Habremos dejado a un lado más retirado al oeste Bønsnes, la villa natal de San Olav, en el Tyrifjord, para alcanzar esta ciudad famosa por las ruinas de su catedral medieval (Domkirkeodden), la llamada catedral de cristal, por mostrar esta estructura por encima de las piedras históricas. Es en este recinto, sede de numerosas conciertos de música por su magnífica acústica, donde los antiguos peregrinos realizaban una parada en su monasterio hoy derruido, y ahora se celebra todos los años el festival medieval más grande de Noruega. Durante el segundo fin de semana de junio, el viejo castillo, hoy museo, se presenta a los visitantes como una ciudad en la que se puede palpar y sentir la Edad Media.

Ringebu, joya en madera

Siguiendo rumbo norte por el Mjøsa, se pasa por Lillehammer, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1994, hasta alcanzar Gudbrandsdalen. En estas tierras pobladas por cientos de ovejas se encuentra la granja Dale-Gudbrands, también centro de peregrinos, con una rica historia no solo por sus túmulos, de los que se conservan seis, sino también porque el rey Olav pisó este lugar en el año 1021 para cristianizar un área en la que sus habitantes solo creían en dioses nórdicos como Thor y Odin.

Desde la granja se puede recorrer fácilmente uno de los tramos más populares del camino, entre Fåvang y Ringebu. Son nueve kilómetros casi sin pendientes y sin aglomeraciones que terminan en la iglesia de Ringebu, una de las 28 iglesias de madera que permanecen en una Noruega que vio cómo se levantaban un millar de templos de estas características a raíz de la cristianización del país. Ringebu fue construida en torno a 1220 y restaurada en 1629 después de la Reforma de Lutero para añadirle una torre roja, pero su encantador interior destaca, sobre todo, por la venerada imagen de San Lorenzo (s.XIII). Este es quizás el templo más representativo del camino principal, aunque a solo cien kilómetros al norte, otra iglesia, en su origen de madera, merece una visita.

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Se encuentra en Lesja y solo por admirar su altar mayor, realizado por el maestro Jakob Bersveinsson Klukkstad con escenas de la Biblia, la parada está justificada. La pieza, restaurada en 1907, destaca en su panel principal por una representación de La última cena y está flanqueada por los profetas Moisés y Aarón. Durante todo el camino los paisajes constituyen un gran aliciente para el viajero, pero al llegar a las montañas de Dovre toman una dimensión mayor. En estos parajes, repletos de ovejas y de rincones rebosantes de líquenes, musgos y arbustos, los rastros humanos apenas abundan, pero cautivan especialmente en Hjerkinn y en el entorno del Parque Nacional de Dovrefjell-Sunndalsfjella. 

Bueyes y corderos

En este área sí se puede advertir la huella del hombre en las ruinas de Saelehus, que sirvieron de refugio a los primeros peregrinos, y sobre todo al pasear por el antiguo camino de los reyes, elegido por todos los monarcas de la historia noruega en su viaje a Trondheim, la ciudad de las coronaciones reales en su espléndida catedral.

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Y allí, en medio de la espesa tundra, se eleva la iglesia de Eysten, diferente por su construcción en piedra, que ha celebrado en 2019 su 50 aniversario, siempre dispuesta a recibir peregrinos del pueblo o de sangre azul en un entorno donde abundan los animales salvajes. Estamos en el reino del buey almizclero, manso y casi siempre esquivo, aunque también peligroso si te acercas mucho. De aspecto casi prehistórico, se le puede divisar, con la ayuda de unos prismáticos, desde el mirador de Snøhetta, a 2.286 metros de altura, pero con un poco de fortuna también en los amplios prados verdes degustando hierba fresca. Igual que el alce, muy prolífico en estas tierras, el reno o el zorro ártico, este siempre en busca de las crías de las ovejas que abarrotan las granjas del área.

Rumbo al norte

Acariciando ya el sector norte de la ruta, a 25 kilómetros del mar, surge por el valle del río Orkla, uno de los más salmoneros de Noruega, la ciudad de Løkken Verk. Este fue el referente industrial de la zona, pues su famosa mina de cobre se convirtió en la principal actividad económica hasta su cierre en 1987. Ahora, ya como Museo Industrial Orkla, se puede visitar una pequeña parte de la mina, suficiente para admirar los colores de los minerales y la profundidad de las galerías, que alcanzan los 995 metros. En el museo los guías vinculan este lugar con nuestro Riotinto onubense, con el que estuvo conectado históricamente, y ofrecen también al visitante, como en el caso español, un viaje en un tren histórico, inaugurado en este rincón noruego por el rey Haakon VII en 1908.

Este tren llevaba el mineral hasta el puerto para su transporte a Londres y Ámsterdam. Desde Lokken Verk no queda lejos, en dirección al fiordo de Valsoy, la isla de Valsøya, comunicada por dos puentes, donde un parque de escalada con tirolina incluida se ha hecho muy popular entre los turistas bajo la dirección de Magny Strand. Se abrió en 2018 como anexo a una zona de camping en un paisaje idílico donde las emociones y el relax están asegurados. Al igual que en Surnadal, un paraíso para los pescadores, que se frotan las manos cada 1 de junio, cuando pueden pescar mañana, tarde y noche el codiciado salmón durante el verano. Otros prefieren su playa blanca (Kalkstranda), la mejor para el baño en esta parte del país, o la cercana cascada de Nauståfossen, que, según el NILU (Norwegian Institute for Air Research), lanza al vacío desde 140 metros las aguas más limpias de Europa.

La tumba de San Olav

La recompensa final del camino se encuentra en Trondheim. Mil años contemplan a esta ciudad animada y vital, con una amplia presencia de estudiantes universitarios y un núcleo urbano parcialmente peatonalizado. A lo largo de sus amplias calles se descubre Stiftsgården, una residencia real considerada como el palacio de madera más grande de Escandinavia, un palacio arzobispal convertido en polimuseo y su archifotografiado puente sobre el río Nidelva.

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Pero su atracción más famosa es la catedral de Nidaros, el punto final de la peregrinación, levantada en el lugar de la tumba de San Olav, canonizado tras su muerte en el año 1030. Cuando los peregrinos desfilan ante el altar mayor del templo cumplen la tradición de dar tres vueltas al octógono, el sitio original de la antigua capilla, y entonan sus oraciones tocando las columnas de esta zona sagrada. Para entonces los ojos ya se habrán habituado a la oscuridad que impera en todo el templo, pues no hay una gran iluminación interior y las vidrieras no permiten el paso de la luz. Sí resalta el rosetón multicolor del extremo occidental por su gran belleza. Previamente a la visita, los caminantes han sellado su pasaporte en el centro de acogida anexo a la catedral y, si han caminado más de cien kilómetros, tendrán derecho a recibir la Carta de San Olav, un diploma que les acredita oficialmente como peregrinos. 

La batalla de Stiklestad

En el exterior de la catedral, la fachada occidental impresiona al estar decorada con estatuas de personajes bíblicos, obispos y reyes noruegos, aunque todas fueron esculpidas a principios del siglo XX. Una de ellas es la de San Olav, con su hacha en la mano, la más fotografiada sin duda, aunque no tan espectacular como la que preside el Centro Cultural Nacional de Stiklestad, a 90 kilómetros de Trondheim por la E-6, con una estatua a caballo del rey. Este museo al aire libre se levanta en el mismo escenario de la batalla donde Olav perdió la vida junto a una tropa de cien hombres que se enfrentaba a un ejército más numeroso de caciques locales paganos.

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Esa derrota fue interpretada como una victoria del cristianismo y el héroe se convirtió en mártir. En este espacio se despliegan hoy tres iglesias con su nombre: la principal es la favorita de los locales para bodas y bautizos y cuenta con una llamativa figura de San Olav convertido en Cristo en la pared del altar mayor; la segunda es una pequeña capilla ortodoxa rusa, y la tercera se alza junto a varios enterramientos vikingos.

El centro suele estar muy concurrido por suecos y noruegos que se ponen de acuerdo para disfrutar de un pícnic junto al museo folclórico, con casas de los siglos XVI y XVII, y un enorme barracón que perteneció al jefe de un clan vikingo. Cada 29 de julio, Stiklestad organiza en el teatro del museo, el más grande al aire libre de Noruega, una representación de la vida y la muerte de San Olav y un divertido mercado medieval repleto, cómo no, de motivos vikingos.