Paro, una villa de Bután por Luis Pancorbo

Los monjes son los ministros del misterio, saben cómo cruzar esa frontera que hay entre la vida, la muerte y la siguiente vida.

Luis Pancorbo
?La luna llena de primavera, que cae este año a mediados de marzo, es un gran momento de felicidad incluso en el Himalaya. En Bután, el reino del Dragón Tonante, se va a celebrar el mayor festival religioso de su calendario. El epicentro de las celebraciones radica en Paro, una villa que es como la gema de un valle donde los ríos parecen agitarse como colas de monos langures. Paro sólo está a 2.300 metros de altitud y la naturaleza empieza a rebullir. Hasta los monjes lo hacen y tienen todo listo para desplegar el Thongdroel, un gigantesco thanka con el que cubrirán la fachada de su templo. La sola visión de esa seda pintada libera a la persona de la esclavitud de las reencarnaciones y conduce al nirvana. Eso creen los fieles del budismo tántrico, la religión oficial de ese reino himaláyico, no por pequeño menos existente. Es una buena ocasión para conocer Bután, país peculiar en el que no entra salvo quien pueda pagar por anticipado 220 dólares diarios en concepto de alojamiento, comidas y desplazamientos. Hoteles, agencias y demás están controlados por el rey de Bután, casado con cuatro hermanas y autor de la célebre frase: "Es más importante la felicidad interior bruta que el producto interior bruto".Si se tiene la suerte de superar cortapisas y dispendios, vivir el plenilunio primaveral de Paro constituye una buena muesca en la memoria. Todo en el valle, o casi, está conservado como en un desafío al tiempo futuro. Las casas se construyen siguiendo los viejos patrones, y hombres y mujeres deben vestir por ley sus austeros trajes tradicionales. Los monjes y lamas son legión y revolotean más que nunca con sus ropajes de color amarillo y azafrán.Durante cinco días, lamas y monjes de Paro ofrecen al pueblo el más compendioso auto sacramental del Himalaya. Sacan sus caretas de demonios y animales fantásticos y bailan, como si los siglos fuesen una nevisca, la Danza del Señor de la Muerte y su Consorte en el Paro Dzong, fortaleza y monasterio a un tiempo. Otro día bailan en los campos de cremación y se ponen máscaras de cráneos emulando a los ocho espíritus maléficos que viven en las piras funerarias que hay junto al Sumeru, el monte sagrado, el eje del mundo para los hinduistas y los budistas tántricos. Pero si evoca a la muerte en primavera es para conseguir su derrota. Se insinúa la fertilidad, y hay moscas y flores en Paro, y nueces de betel para mascar y cerveza de mijo. Es posible vivir a la vieja usanza en las faldas del Himalaya. Y el que estuviere harto de vidas y reencarnaciones siempre puede mirar, el último día del festival, la gran pintura que libera al individuo y que condensa su fe. En su centro tiene el retrato del Gurú Rimpoché, el introductor del budismo en estos pagos a los que vino volando a lomos de una tigresa. Hay también otras deidades en las nubes que son como aureolas de un cómic sagrado. Imágenes para levantar la moral de los pobres mortales, para que ahora que llega el buen tiempo se olviden del frío y de sus reúmas existenciales.No extraña que Bután no tuviese televisión hasta 1999. Los monjes son hábiles presentando estampas y ritos para seguir controlando la imaginación de la gente. Ellos son los ministros del misterio, saben cómo se ha de cruzar esa frontera peligrosa que hay entre la vida, la muerte y la siguiente vida. No pintan esa zona como Clint Eastwood en Más allá de la vida con un golpazo, y luego un tiempo azulado, esponjado y desenfocado, y una sensación de flotar. Los monjes describen ese territorio como algo digno de ser temido y por eso exorcizan la zozobra disfrazándose ellos mismos de demonios, o de bestias más sanguinarias que los leopardos de las nieves. Entre tantas máscaras de muerte hay interludios cómicos. Salen las máscaras de los payasos, se tiran por el suelo y hacen reír a las almas cándidas con tropiezos anteriores a la revolución industrial, a los aviones, a la crisis financiero-hipotecaria y demás burbujas.