París llora, por Carlos Carnicero

Si los terroristas consiguen que dejemos de viajar, habrán ganado la batalla. Eso no puede consentirse.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Una de las consecuencias de la globalización es la eclosión del turismo como industria. No hace falta pertenecer a una clase privilegiada para tener el mundo a los pies. Desde Vietnam a Nueva York, desde Egipto a la Patagonia. Millones de personas se mueven cada semana buscando tomarle el pulso al planeta. Aunque tengan que pagar el viaje a plazos.

París, un viernes a las nueve de la noche, es siempre una explosión de hedonismo. Los visitantes se mezclan con los naturales y los restaurantes hierven de glamour. Todo explotó de repente. Francia estaba en situación de máxima alerta y, sin embargo, uno de los servicios de inteligencia más sofisticados del mundo no fue capaz de detectar e impedir seis acciones terroristas sincronizadas y simultáneas.

Los recientes atentados de Túnez, la muerte de una docena de turistas mexicanos en Egipto y la masacre de París pueden crear una sensación de que no hay destinos seguros que se escapen a la amenaza terrorista. Túnez ha sufrido una bajada de número de turistas, al igual que Egipto, que amenazan su economía y los puestos de trabajo de muchas personas. Si unos fanáticos islamistas pueden ametrallar con un Kalashnikov a quienes toman el sol en la playa o visitan plácidamente un museo, la reacción es la prevención y el alejamiento. Si los Cuerpos de Seguridad confunden un convoy de turistas en el desierto de Egipto con terroristas y los acribillan, ¿quién querrá visitar las pirámides?

Todo viaje a un país lejano entraña sus riesgos. Hasta ahora, cada país tenía sus códigos. Bastaba con respetarlos. En Argentina hay lugares en los que es mejor no introducirse o hacerlo a determinadas horas. Caracas es una de las ciudades más inseguras del mundo, pero todavía se puede visitar si se toman precauciones. Nueva York tiene barrios en donde es mejor no ir de noche. Hay países que es mejor no visitar, como algunas zonas de Pakistán, Afganistán o Siria. Pero hasta ahora a nadie se le ocurría que tomar el sol en Túnez pudiera conllevar la muerte. Menos aún que cenar en una terraza de París o acudir a un concierto de música pudiera tener impresa la sentencia de muerte.

Hemos visto atentados en Tailandia y en Indonesia. Ahora tenemos que pensar que puede ocurrir al coger el Metro en una capital europea. Los terroristas quieren acabar con nuestra forma de vida. Quieren que el terror induzca nuestra claudicación. Y no podemos rendirnos. Tampoco podemos poner a un policía detrás de cualquier persona potencialmente peligrosa. Tenemos que acostumbrarnos a correr algunos riesgos porque no sería razonable que nos quedásemos encerrados en casa para no correr ningún peligro. En realidad hay que recurrir a las matemáticas. Si dividimos el número de personas que han viajado en el último año en coche por el de las asesinadas en atentados terroristas, el resultado será mínimo comparado con quienes han muerto en accidentes de tráfico. Pero el miedo no se acomoda siempre a las estadísticas.

En Europa no hay fronteras todavía. Se puede viajar en coche desde Portugal a Polonia sin encontrar un control de pasaportes. Ni siquiera hay que cambiar dinero en cada país. Hay idiomas universales, el inglés y el español, que nos permiten comunicarnos en cualquier lugar. Los precios de los viajes se han acomodado a la masificación. Todo hace posible que muchas personas pertenecientes a estratos sociales que no podía viajar hace treinta años se desplacen con toda normalidad.

¿Puede la amenaza terrorista hacer el mundo inaccesible? La respuesta a esta pregunta es de naturaleza política y no corresponde a estas líneas formular la respuesta. Lo único claro es que si los terroristas consiguen que dejemos de viajar por miedo a sus atentados, habrán ganado una gran batalla para cambiar nuestra forma de vida. Eso no puede consentirse.

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