Paraísos, por Mariano López

San Isidoro, la Biblia, todos los viejos relatos estaban equivocados. El Paraíso se encontraba en el Caribe.

Mariano López

Julio es un buen mes para buscar paraísos. O lo era, porque ya no resulta fácil encontrarlos. No porque no existan sino porque muchos han dejado de anunciarse con tan excelso nombre. En los catálogos, anuncios y demás propaganda de viajes, se puede decir que la palabra paraísos ha entrado en vías de extinción. Ya no se utiliza. Se la evita, porque los abusos del pasado la convirtieron en tópica y porque ahora ya no se destacan tanto las bondades del lugar como la excelencia de su relación con quien lo visita.

Lástima. Quizá estemos arrinconando, avergonzados, una de las palabras más bellas de la historia de la Humanidad, la que encabeza el primero de sus relatos. "En el principio fue el Paraíso", dice la Biblia, que sitúa la primera patria del hombre, madre de su eterna nostalgia, en un jardín o un huerto, en torno a una fuente de la que brotan cuatro gigantescos ríos. San Isidoro creyó que dos de esos ríos eran el Tigris y el Éufrates, de modo que para los cristianos, durante siglos, el Paraíso se encontraba en algún lugar de Asia. No fueron los únicos en sostenerlo. Jainistas, hinduistas y budistas sitúan su Paraíso en el monte Kailash, en el Tíbet; las leyendas taoístas, en los montes Kunlun; y la mitología china en monte Penglai, en el golfo de Hebei. A finales de la Edad Media, el gran viajero por Asia Giovanni de Marignolli concluye su Chronicon afirmando que, según todas las fuentes recogidas, el Paraíso se encuentra a cuarenta millas exactas de la isla de Ceilán. En todos los casos, el paraíso es la fuente de cuatro ríos que acompañan la vida de los inmortales. "El sueño es común a casi todas las religiones", escribe Umberto Eco en su Historia de las tierras y los lugares legendarios. "Su búsqueda -dice Eco- es infinita".

Cristóbal Colón fue el responsable de las primeras representaciones del Paraíso con palmeras. Defendía que la Tierra tenía forma de pera y que esta forma se debía, precisamente, a que el Paraíso ocupaba el pezón de la pera. Para el Gran Almirante, el Edén se encontraba en un lugar tan alto como para haber sobrevivido al Diluvio, alejado de las temperaturas extremas, lo que explicaba su fertilidad. De su centro brotaba agua dulce, que, resbalando por extraños lugares, había llegado hasta las costas de Venezuela para formar lagos enormes, inexplicables por su infinitud, como el de Maracaibo. "Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal", escribió Colón en su relación del tercer viaje. San Agustín, San Isidoro, el Mahabhárata, la Biblia, todos los viejos relatos estaban equivocados. El Paraíso se encontraba en el Caribe. Un siglo después de Colón, el historiador y jurista vallisoletano Antonio de León, cronista mayor de Indias, escribió que había pruebas concluyentes para demostrar que Noé construyó su arca en los Andes y que los cuatro ríos del Edén eran el Río de la Plata, el Orinoco, el Amazonas y el Magdalena.

Y ahora, ¿dónde está ahora el Paraíso? ¿Cómo nos lo imaginamos? Manu Leguineche me decía que para buscarlo había que cargar, también, con los recuerdos. Manu veía Kenia en las lomas de Brihuega, te lo explicaba y te convencía: era verdad. Lo extraño es que no hubiera impalas ni cebras debajo de las hayas o de las encinas. Así que, a mi pesar, es posible que tengan razón los que opinan que el paraíso no es un punto fijo que hay que perseguir, sino que depende de tu mirada, de tu pasado, de lo que te encuentres y de lo que lleves en la cabeza. Antes era una postal, ahora es un autorretrato con una leve fondo de paisaje. Un selfi.