Paraíso, por Espido Freire

"El primer viaje fue un viaje de migrantes, para ganarse la vida por primera vez en una tierra hostil e ingrata."

Espido Freire
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Foto: Kike Lucas

Pienso a veces que el primer viaje fue, en realidad, una expulsión, el abandono forzoso de un Edén irrecuperable y siempre añorado. Un viaje de migrantes, para ganarse la vida por primera vez en una tierra hostil e ingrata, fertilizada con sudor.   

Pienso en ellos: no eran una familia feliz. Los padres recordarían siempre el Paraíso con una angustia aguda, Eva con su maldición a cuestas de por vida. Adán, callado, maldiciéndose por su debilidad  y por su cobardía: no fui yo, fue esa mujer que me diste. Miraba a Eva y se le agriaba el carácter. Nunca volverían al lugar de la felicidad.

Abel, un buen hijo, eligió el pastoreo. Durante semanas caminaría por los campos, un deambular tranquilo con los rebaños, con queso y pan y la mente serena. Caín, otro hijo bueno, se hizo agricultor. Cultivaría la tierra cerca de sus padres, trigo, y legumbres, y viñas, y algún olivo. Por las noches encendería un fuego en la casa, cenaría con su mujer y sus hijos. Quizás entonces se gestó la envidia. Eva, cada vez mayor,  mencionaría constantemente al hijo que faltaba, el que se iba y dormía a cielo raso y se enfrentaba a los leones y las alimañas, mientras se sentaba a la mesa de Caín y comía sus lentejas.

Abel regresaba de cada viaje con aventuras nuevas, corderos gruesos y  ganas de charla, de convidar a quien fuera. Como todos los viajeros traía historias, le iban bien las cosas. De Caín conocían sus chistes, sus defectos, su avaricia, su rabia secreta cuando no llovía. Luego ocurrió lo que todos saben: también Dios prefirió al ausente. Llegó el asesinato, la ocultación, la vergüenza, la comprensión súbita del pecado de sus padres, la pérdida de su propio paraíso de trigo, miel y uvas. Tuvo que huir, otras tierras, otros acentos.

"El primer viaje fue un viaje de migrantes, para ganarse la vida por primera vez en una tierra hostil e ingrata."

En la casa de Adán y Eva se enquistó el silencio: el hijo que viajaba tras las ovejas no regresaría jamás. El otro, que nunca se había alejado de sus tierras, las había abandonado. Su viaje no tendría retorno. También aquello, pensaba Adán, era culpa de su mujer: los había mimado, hizo diferencias. Eva, a veces, soñaba con el dolor de los dos partos con el que Dios la había castigado.

Set, el que les nació luego, se convertiría en pastor. Como sus hijos, y los hijos de sus hijos.

A veces, en las reuniones familiares, se hacía un silencio. Set intentaba las risas, los chistes, una manera banal de alejar la tristeza. El rostro de Eva cambiaba, y preguntaba: ¿cómo estará? Adán se enfurecía. ¿Cómo estará quién? Eva se quedaba inmóvil y luego asentía con la cabeza. Set se sentía invisible, testigo de una vida que pasaba ante sus ojos y que no era la suya, que había ocurrido mucho antes de que él naciera. Había crecido entre fantasmas y leyendas que le hablaban del Edén perdido, de una manzana, de un ángel con espada de fuego, de dos hermanos altos, fuertes y malditos por la suerte. Deseaba pasar desapercibido, y vivir sin mal.

Y Eva, con pena, reconocía que amaba más a Caín desde que no lo veía, desde que se había alejado, desde que, como ella, había cometido un pecado que no acababa de comprender y le había acarreado la ruina. Con Caín ausente, en su errar eterno, la vida era más fácil para todos. Existía alguien a quien culpar.