Paraguay entre las tenazas de su historia por Carlos Carnicero

La historia de Paraguay está llena de tinieblas y sufrimiento, conducida por caudillos que provocaron su ruina.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier
Carlos Colombino me introdujo de un zarpazo en la realidad histórica de Paraguay; bueno, no él personalmente: su obra. Había salido temprano de mi hotel y me fui con mi buena amiga Laura Ascarza al Cabildo, al epicentro medio olvidado de la ciudad. Ocurre como en otras capitales latinoamericanas; la sociedad disociada y estratificada por clases sociales promueve una quiebra con el pasado. Las clases más pudientes se instalan en barrios residenciales, con sus propios y lujosos centros comerciales y unos desplazamientos obligados en automóvil. El centro se queda para los viejos negocios y para los que menos capacidad adquisitiva tienen. Esta dislexia es la realidad de dos mundos que apenas se consideran el uno al otro. Carlos Colombino es, probablemente, el más importante pintor paraguayo vivo. Intelectual profundo, arquitecto y escritor, es una personalidad respetada por su compromiso político y social. Tuve la suerte de que Carlos Colombino exponía obra en el Cabildo, donde se aloja también el Museo del Barro. Cuadros que exteriorizan la historia desgarrada del Paraguay. En esta ocasión les tocaba el turno a los milicos y a todo el dolor que promovieron con la dictadura. Las obras son grabados sobre madera, pintados después al óleo. Y el dolor, la autoridad ilegítima y el avasallamiento del pueblo paraguayo es objeto del talento del artista. Fuera tocaba la banda de la Policía en uniforme de gala; su tono era festivo y popular. Polcas paraguayas interpretadas en guaraní y proclamadas por un oficial solemne que movía las caderas y los hombros olvidándose de los protocolos militares. Era el día de San Juan, y en Asunción es fiesta mayor. Me enamoró ver a unos niños en el tiovivo, tan concentrados como si realmente condujeran los carritos. Era un carrusel entrañable, con años de servicio a la felicidad de los más chicos; antigüedades de los años 50 redivivos en la convicción de que hay cosas que pueden ser para siempre por mucho que el consumo empuje hacia el despilfarro. No pude resistir la tentación de adquirir un cuadro de Carlos Colombino que me traje puesto en el equipaje del avión. Una mujer iluminada por una luz de otro mundo se aferraba a la sombra de un hombre fornido de espaldas. Supe que tenía que averiguar por qué esa fuerza luctuosa y me introduje fugazmente en la historia de Paraguay. Hay cosas en nuestro pasado que permanecen escondidas sólo porque son insoportables. La historia de Paraguay está llena de tinieblas y sufrimiento, siempre conducidos los paraguayos a la ruina por una pléyade de dictadores y caudillos que fueron capaces de provocar la ruina para conseguir su efímera riqueza y su pretendida gloria. Pero nada comparable con la Guerra de la Triple Alianza, sin duda el conflicto más espurio, cruel e innecesario de la historia de América. Paraguay se enfrentó con las fuerzas coordinadas de Brasil, Argentina y Uruguay, apoyadas, financiadas e inducidas por Inglaterra. Como no podía ser de otra manera, otra vez la diplomacia y la perfidia del Imperio Británico. Paraguay, con aproximadamente 1.525.000 habitantes antes de la Guerra Grande, fue reducida a unos 221.000 cuando terminó la contienda en el año 1871. De los supervivientes, solamente unos 28.000 eran hombres, incluyendo los niños menores de ocho años. El Imperio Británico y la torpeza del dictador Francisco Solano López, muerto en la batalla de Cerro Corá junto a su hijo mayor, hicieron posible la tragedia que redujo a la edad de piedra a uno de los países más avanzados del siglo XIX americano. Nunca pudo recuperarse porque los conflictos fronterizos redujeron su tamaño, entregando una parte del Mato Grosso a Brasil y del Chaco a Argentina. Por supuesto, Paraguay se quedó sin salida al mar, la maldición de los pequeños países latinoamericanos. Un país que se quedó sin hombres tiene mucho psicoanálisis por hacer. Entonces, cuando alumbré ese pensamiento, interpreté lo que había querido decir Carlos Colombino en su obra de óleo sobre madera tallada. La mujer, iluminada por una extraña luz de otros mundos, no se abrazaba a un hombre sino a una sombra; lamentaba la pérdida. Prometí volver pronto, aunque sea porque una nación que ha sufrido tanto merece el homenaje de nuestra presencia. Y además, porque me quedó pendiente entrevistar a Colombino. Regresaré pronto.