Pájaros de Jamaica por Luis Pancorbo

El "Doctor Bird", el pájaro nacional, era considerado por los indios taínos como la encarnación de las almas de los antepasados.

Luis Pancorbo

?Ir de islas tiene la ventaja de poder recordar casi todo. Un pájaro, un pez, un café (mejor si es Blue Mountain) o la sonrisa de alguien. Al final a uno le queda lo más intransferible del lugar, y supongo que eso me ha ocurrido en Jamaica con la vibratibilidad. Todo vibra y no sólo por los ríos de Dunn y otros que se deshacen en cascadas, ni por las aguas bioluminiscentes de la laguna de Falmouth, ni por las latas percutidas para intentar sacar un reggae de Bob Marley. Para vibrátiles de verdad, ahí están los pájaros de Jamaica, un paraíso para el observador y el ornitólogo con hasta 28 especies endémicas, la mayor cifra del mundo para una isla de su tamaño.

Entiendo que el naturalista Philip H. Gosse no saliera de su asombro en una isla donde oía gritar a una bandada de cuervos y le parecía "como media docena de galeses peleando". Luego le nació un hijo, Edmund, que no perdonó a su padre que escribiera en su Diario el día de su nacimiento: "E. ha dado a luz a un hijo. He recibido la golondrina verde de Jamaica". Con el tiempo Edmund tomó impulso de esa nota para fustigar a su progenitor, un hombre por otro lado deseoso de conciliar las edades geológicas reales (las que registraba por vez primera Charles Lyell) y las edades de la Creación bíblica. Borges no dejó escapar esas inquisiciones del tiempo al hilo de Gosse.

Hay, pues, un buen número de personas que se desvive por admirar a la golondrina verde de Jamaica, pero lo realmente imperdonable sería no ver el vuelo del pájaro mosca, habiendo además 320 especies de colibríes en la isla caribeña. El pájaro mosca aletea con todas sus fuerzas como si la vida le fuese en ello. Una ansiedad volátil de esa naturaleza sólo la encuentra uno en los calamares de la bahía Runaway. Te miran con esos ojos incrédulos que tienen al final de su cabezota de colores jaspeados, sin parar de menear la aleta que les ribetea el cuerpo.

El gran vibrátil de Jamaica es de todos modos el Doctor Bird, el pájaro nacional, todo un señor colibrí. Lo veo en una casa llena de penumbra y flores de Anchovy, o Anchoa, buen nombre para un pueblo de las colinas al sur de la bahía Montego. Por el mar de Jamaica corren los colibríes y por el monte los calamares. A alguien de Anchoa se le ha ocurrido montar la Estación de Alimentación de Pájaros Rockland y con lo mismo se anima al visitante a empuñar un frasco de agua azucarada, mano de santo para que acudan los pájaros mosca a libar. No sólo no se espantan sino que aburren sus exhibiciones glotonas, a excepción tal vez del Doctor Bird, con su larga cola de plumas esmeraldinas. Todo un espectáculo, porque puede volar hacia atrás (como los calamares), mientras afinando el oído se escucha su humming, o zumbido, del que toman su nombre los humming birds, colibríes en inglés. No me extraña que los indios taínos considerasen sagrados a los Doctor Bird en cuanto a encarnación de las almas de los antepasados. Qué mejor destino para un pájaro, también conocido como picaflor, aunque en Brasil, más galantes, lo llaman beija-flor, besa-flor.

Para ver algo así no es necesario alojarse en el Round Hill Hotel and Villas, donde cantaba Noel Coward y le acompañaba Cole Porter al piano, y donde lo mismo iba John Kennedy y Grace Kelly que John Gielgud. Tampoco es moco de pavo el Half Moon Resort de Montego Bay, donde se dejan caer Isabel II, Gwyneth Paltrow, Clinton o Johnny Depp. Uno está donde le han llevado los hados y los dólares jamaiquinos, y está desayunando lo que parece ser unos huevos revueltos. Otro chasco y no vibrátil. Es ackee with saltfish, es decir, bacalao con una fruta que cocinada tiene la costumbre de convertirse en una especie de tortilla (por eso lo llaman fruto de huevo en Panamá, y árbol de seso en Cuba). Lo único es no comer verde el ackee, sino cuando se abre su cúpula rosada y aparecen sus tres grandes semillas negras, como ojos de cangrejo asustados. De lo contrario tiene un tóxico potente, la hipoglicina, algo que te dejaría sin poder ver cómo vuelan los colibríes y los calamares.