Páez, por Javier Reverte

El sacerdote y misionero español Pedro Páez fue el primer europeo que alcanzó a ver las fuentes del Nilo Azul.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Este año se ha cumplido el 450 aniversario del nacimiento de Pedro Páez, el primer europeo que alcanzó a ver, en Etiopía, las fuentes del Nilo Azul. Y finalmente, el pueblo en donde vino al mundo en 1564, hoy llamado Olmeda de las Fuentes y entonces Olmeda de la Cebolla, le ha dedicado una plaza. La localidad, cuyo censo de habitantes no alcanza a los doscientos, se encuentra a pocos kilómetros de Madrid, en plena Alcarria, y aunque en aquel siglo XVI las suyas eran tierras del Obispado de Toledo, hoy forman parte de la Comunidad madrileña.

Pedro Páez fue un gran explorador, un excelente misionero y un intelectual imponente. Parte de su educación la recibió en la Universidad jesuita de Coimbra y, además del portugués y el español, conocía el latín y el griego clásicos y aprendió a hablar árabe, persa, hebreo y amárico, la lengua de los etíopes.

Con 24 años de edad, en 1588 llegó a Goa, en la India, y un año después, junto con el misionero catalán Antonio de Monserrat -el europeo que trazó el primer mapa del Tíbet-, partió a hacerse cargo de la misión de Etiopía. Pero los piratas turcos apresaron a los dos sacerdotes españoles en las aguas del Mar Rojo y los mantuvieron como cautivos durante cinco años en el Yemen. A su pesar y mientras los trasladaban encadenados desde la costa a San''a, los dos españoles fueron los primeros en atravesar el desierto de Hadramaut, muchos siglos antes que Thesiger. Es probable que fuesen también los primeros en degustar el café. Durante los años de su presidio en San''a sirvieron largo tiempo como galeotes en las naves turcas.

Liberados en el año 1595, regresaron a Goa, en donde Antonio de Monserrat, varios años mayor que Páez, murió a consecuencia de sus padecimientos como cautivo. Páez, repuesto y en esta ocasión solo, viajó de nuevo en 1603 a Etiopía y esta vez pudo entrar en el país. Durante el primer año, el misionero dedicó sus esfuerzos a aprender amárico y profundizar en el conocimiento de la teología y los ritos etíopes. El país, entonces como hoy, era de religión copto-ortodoxa, una rama de la iglesia cristiana de Oriente que acepta las doctrinas monofisistas, cuyo dogma principal reside en la afirmación de que Cristo posee una sola naturaleza, la divina, en tanto que el catolicismo afirma que la naturaleza de Cristo es doble: humana y divina.

Además de inteligencia, el sacerdote debía de poseer un gran encanto personal. Al año de llegar al país, conoció al emperador Za Denguel, quien se convirtió al catolicismo al ver cómo Páez rebatía con vigor y tino los argumentos monofisistas de los monjes locales. Cuando Za Denguel murió, su hijo Susinios fue también seducido por el español y Páez fue nombrado capellán castrense del monarca. Fue en el curso de una expedición militar, en 1618, cuando Páez alcanzó a ver la fuente del Nilo Azul.

Páez escribió un monumental libro sobre el país en donde vivió hasta su muerte, acontecida en 1622, al que llamó Historia de Etiopía, todavía una obra fundamental para estudiar la historia, la geografía, los ritos, la flora, la fauna y muchos más aspectos de este país tan diferente a todos los otros del planeta. También cuenta en el texto cómo llegó al Nilo Azul y describe el lugar con una exactitud asombrosa.

El nombre de Pedro Páez había permanecido casi olvidado hasta hace bien poco. Algunos historiadores de prestigio, como el británico Alan Moorehead, afirmaban que era luso. Y su libro, escrito originalmente en portugués, no había sido traducido por completo al castellano hasta este mismo año, en una publicación realizada por Ediciones del Viento.

Hoy por fin, casi medio milenio después de su nacimiento, hay ya una plaza que lleva su nombre en el pueblo alcarreño en el que dio sus primeros pasos. Si Pedro Páez hubiera nacido en otro país, seguramente hace años que tendría estatua en su capital.

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