Los viajes de Paco Nadal: "Me impresionó el silencio hiriente del desierto de Nubia a mediodía”

Licenciado en Ciencias Químicas, lleva más de tres décadas entregado al mundo de los viajes. Es autor de varios libros y guías y de innumerables reportajes. Ha dirigido varias series documentales sobre viajes y aventuras, presenta un canal propio de viajes en YouTube y colabora en diversos programas viajeros de radio y televisión.

Mariano López
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Foto: D.R.

Antártida

Hay viajes y viajes. Y luego está la Antártida: la última terra ignota de los mapas. El viaje soñado e inalcanzable para muchísimos viajeros. Porque no es un capricho barato. Solo hay dos maneras de llegar allí: la supercara, en los vuelos chárter al campamento de Union Glacier; la barata, a bordo de alguno de los cruceros que zarpan en su mayoría desde Ushuaia. Ir en barco implica cruzar el paso de Drake, considerado uno de los pasajes más peligrosos del mundo. El continente helado es también la tierra más inhóspita del mundo. Catorce millones de kilómetros cuadrados de superficie que solo albergan hielo y roca. Mires a donde mires solo ves cimas nevadas, glaciares y llanuras heladas nunca pisadas por el ser humano. ¿Qué viajero no soñaría con llegar allí?

El agua en estado sólido también es impresionante | goinyk / ISTOCK

Congo

Mi primer viaje al África negra fue a un país que ya no existe. O al menos, que ya no se llama como yo lo conocí. El Congo belga (hoy República Democrática del Congo) era en el imaginario de mi infancia soñadora un lugar mítico y lejano lleno de misterios. Una provocación a la aventura. Cuando por fin logré ir se llamaba Zaire y lo gobernaba Mobutu Sese Seko. Fue un viaje de mochilero y bajísimo presupuesto. Y lo pasé tan bien de mal que volví inoculado por ese virus que se llama africanitis y que te tiene de por vida enamorado del continente negro. Lo recorrí con la mochila a cuestas. Fue un viaje a la selva impenetrable de Tarzán, al río de Joseph Conrad, a las cataratas de Stanley y las últimas tribus pigmeo ancladas en la Edad de Piedra.

Elefantes en la República Democratica del Congo | ANDREYGUDKOV / ISTOCK

Sudán

Fue mi viaje iniciático. Un recorrido en solitario y en pleno Ramadán por el país menos turístico de África, casi diría del mundo, si exceptuamos Corea del Norte. Lo hice en transporte público, normalmente en lo alto de la carga de camiones que cruzaban el desierto de Nubia. Era el único hawalla (extranjero blanco) en miles de kilómetros a la redonda y solo recibí hospitalidad de parte de los nubios. Me impresionó el silencio hiriente del desierto de Nubia a mediodía, el majestuoso Nilo abriéndose paso entre las dunas de arena, los campos de pirámides solitarias y abandonadas en medio del desierto, las ruinas de una civilización que llegó a gobernar al Bajo Egipto y la pobreza de las aldeas. De este viaje salió mi primer libro de narrativa: El cuerno del elefante.

Pirámides de Meroes, en el desierto de Sudán | Martchan / ISTOCK

Polinesia francesa

Los mares del Sur. El aroma perfumado del aire, la humedad pegajosa del trópico, las montañas volcánicas comidas por una vegetación lujuriosa o los increíbles colores de las lagunas coralinas certifican por sí solos que estás por fin en esas islas de ensueño que alabaron Gauguin, Melville, Pierre Loti, Stevenson, Somerset Maugham y que Marlon Brandon terminó de encumbrar en el imaginario colectivo a través El motín de la Bounty. Tahití es la isla más grande de la Polinesia Francesa; pero hay otras 118 distribuidas en cinco archipiélagos distintos. Todas las excelencias se subliman en Bora Bora, un viejo volcán casi vencido por la erosión. Alrededor, un anillo completo de arrecifes de coral. Y ocluida entre el arrecife y la montaña, una laguna de aguas de colores imposibles. Uno de los lugares más bellos que he visto en mi vida.

rebelml / ISTOCK