Paco es alcalde, policía y personal de mantenimiento de una aldea donde vive completamente solo: "He elegido quedarme aquí porque amo la naturaleza"
Paco nació en una pequeña aldea de Santiago-Pontones y nunca ha querido abandonarla. Compra una vez al mes y asegura que la naturaleza compensa cualquier dificultad.

La vida del único habitante de una aldea en la Sierra de Segura / Wikimedia Commons
En una pequeña aldea de la Sierra de Segura, en Jaén, Paco abre cada mañana la puerta de su casa sabiendo que no se cruzará con ningún vecino. No porque sea temprano, sino porque simplemente no queda nadie más viviendo allí, por lo que el silencio estará presente todo el día. Es el único habitante permanente de un caserío formado por 14 viviendas y situado a 1.200 metros de altitud, dentro de Santiago-Pontones, el municipio conocido como el pueblo de las cien aldeas.
Cuando el reportero del programa Comando Actualidad le pregunta quién es en el pueblo, la respuesta llega entre sonrisas. "Eres el alcalde, eres el policía, eres el de mantenimiento. ¿El pueblo es tuyo?". Paco responde con un escueto "Sí", lo que resume a la perfección una realidad cada vez más frecuente en algunas zonas de la España rural: cuando solo queda un vecino, todas las responsabilidades terminan recayendo sobre él.

Adriana Fernández
Aquí, en invierno el termómetro puede rozar los 20 grados bajo cero y la nieve ha llegado a dejar la zona incomunicada durante casi tres semanas. "¿No tienes miedo de que te pase algo y nadie se entere?", pregunta el reportero, a lo que Paco confiesa que sí, especialmente a medida que avanza la edad. Aun así, Paco nunca ha querido marcharse. Nació allí hace casi 70 años y asegura que no cambiaría esa vida por ninguna otra. "La gente como yo estamos en peligro de extincion. Esto va a desaparecer", asegura.
La pequeña aldea en la que vive Paco apenas conserva el recuerdo de lo que fue hace unas décadas. Las 14 casas siguen en pie, pero la mayoría permanecen cerradas. Algunas pertenecen a familiares que emigraron hace años; otras, a antiguos vecinos que hicieron las maletas rumbo a Cataluña o a la Comunidad Valenciana cuando el trabajo empezó a escasear en la sierra.
Paco recuerda perfectamente aquella transformación. En su tiempo hubo una escuela, una tienda, un herrero, una modista y decenas de familias que daban vida al lugar. El antiguo horno de leña permanece todavía junto a una de las viviendas, aunque hace tiempo dejó de utilizarse y hoy solo acumula escombros y maleza.
Esa soledad, sin embargo, no significa aislamiento emocional. Muy cerca vive Justo, en otra de las aldeas del municipio con apenas siete vecinos. Cuando se encuentran, las conversaciones giran alrededor del campo, la ganadería o el tiempo. "Aquí hay mucha calidad de vida, pero muy poca variedad", resume su vecino.

Sierra de Segura / Wikimedia Commons / Falk2
Una forma de vivir que parece detenida en el tiempo
La organización de la vida cotidiana obliga a planificar cada detalle. La compra la realiza aproximadamente una vez al mes porque el supermercado más cercano queda a unos 30 kilómetros. Aun así, reconoce que antes las cosas eran todavía más extremas. "Antes se hacía de año en año y te apañabas con lo que tenías". Gran parte de los alimentos llegan directamente de la tierra o del intercambio con otros vecinos de la zona. De hecho, otro amigo de Paco llamado Javi asegura que lleva décadas sin comprar productos tan básicos como aceite, patatas o miel.
En su vivienda no faltan los jamones y los chorizos colgados del techo, una imagen que recuerda la forma tradicional de conservar los alimentos en las casas de la sierra. Tampoco falta un gran arcón congelador preparado para cuando llegan los temporales de nieve y resulta imposible salir durante varios días.
La electricidad de su amigo Javi, quien también vive solo e incluso más apartado que el resto, llega gracias a unas placas solares instaladas por la Junta de Andalucía. El agua procede directamente de un manantial natural. "Viene de debajo de las piedras. Bebo agua directamente de la montaña; es buenísima", cuenta orgulloso.

Río Guadalquivir a su paso por Santiago-Pontones / Wikimedia Commons / Axel Cotón Gutiérrez
El recuerdo más duro de esa vida aislada llegó con la borrasca Filomena. Javi permaneció 19 días completamente incomunicado. "Fue un infierno total porque, como no podía comunicarme con nadie, para mí fue terrible. Te ibas a volver loco", recuerda. A pesar de esas dificultades, insiste en que apenas necesita dinero para vivir. Sus mayores gastos son el gasóleo y las averías provocadas por unos caminos que, según explica, se encuentran en muy mal estado.
"Eso es lo que he vivido siempre"
Cuando le preguntan a Paco por qué decidió quedarse, la respuesta llega sin dudar un instante. "Porque amo la naturaleza, me gusta. Eso es lo que he vivido siempre".

Vive prácticamente aislado / wikimedia Commons/José Manuel Sánchez de Toro, CC BY-SA 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0>, via Wikimedia Commons
Esa conexión con el entorno explica por qué estos amigos nunca se han planteado abandonar definitivamente este modo de vida, ni siquiera teniendo familiares en la ciudad. El hermano de Javi vive fuera, pero nunca ha pensado en marcharse con él. "Mi vida aquí ha sido un placer vivirla", asegura. Para muchas personas resulta difícil imaginar una existencia prácticamente en solitario. Él, sin embargo, asegura exactamente lo contrario. "Jamás en la vida me he aburrido ni me aburro. Se pasan los días volando, las horas, los meses".
Esta idea del bienestar poco tiene que ver con el ritmo de las grandes ciudades y más con "una calidad de vida que en otros sitios no se encuentra", como dejar la puerta de la casa abierta y "que nadie robe ni te moleste". Sin embargo, también es consciente de que representa una forma de vida cada vez más excepcional. "Pienso también últimamente que cuando termine yo, se acabó el pueblo".
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