Otoño, por Javier Revierte

El otoño no engaña, no irrita. A mí, personalmente, me hace amar la vida de una manera extrema.

Javier Revierte
 | 
Foto: Raquel Aparicio

Comienza el otoño, que es como decir que comienza el tiempo de la melancolía. Y la melancolía, o la saudade (que, según la RAE, ya es palabra española, no solo portuguesa) es, junto con el amor, el sentimiento más genuinamente humano. El otoño representa una suerte de preámbulo de la muerte, una estación que anuncia la proximidad del rudo y letal invierno. Y los humanos no somos ajenos a ese temor que provoca la cercanía del abismo. No sé si algunos animales -más bien creo que no- son conscientes del hecho de que un día morirán o tan solo tiene conciencia de ello la criatura humana. Es desde luego una suerte de maldición no haber nacido para la eternidad. Y por eso los viejos caminan tristes, con los ojos teñidos de melancolía, y a paso lento, cargado de nostalgia. Pero el otoño es muy hermoso. No es tiempo de euforias, como sucede con la vibrante primavera, que promete vida en forma engañosa ("Abril es el mes más cruel", escribía el poeta T.S. Eliot en un famoso verso). El otoño asoma sincero, no engaña, no irrita. A mí, personalmente, me hace amar la vida de una manera extrema en todo lo que tiene de belleza huidiza, de banalidad maravillosa.

Hace dos años, por estas mismas fechas yo estaba residiendo en Nueva York por una larga temporada. Habitaba un apartamento en Manhattan, no muy lejos de Central Park, y casi todos los días daba un paseo largo por este emblemático parque. Yo había visitado varias veces antes la ciudad de los rascacielos en cortos viajes, pero nunca había viajado hasta allí en pleno otoño. Todo el mundo me hablaba del otoño neoyorquino, del momento en que, súbitamente, un día te levantas, te acercas al parque y todas las hojas de los árboles se han vestido de rojo, de amarillo o de naranja.

Pero ese año 2011 la esperada estación se retardaba. El verano se había prolongado con un inesperado buen tiempo, cálido y suave, y los árboles seguían verdes. Por las noches, en mi apartamento, a menudo ponía en el aparato de música un cedé que habla del otoño neoyorquino en las voces de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, con algún que otro toque genial de trompeta: "Otoño en Nueva York que trae promesas de nuevo amor... Otoño en Nueva York, con los tejados relucientes en el atardecer. Otoño en Nueva York, que te levanta el ánimo cuando estás decaído... Los amantes bendicen la oscuridad en los bancos de Central Park, dan la bienvenida al otoño en Nueva York, y es hermoso vivir de nuevo...".

Y llegó el gran día, finalizando ya el mes de octubre. Y era cierto, tal y como me lo habían contado: de súbito, una mañana de cielo limpio y sol poderoso, los arces, los tilos, los robles... casi todos los árboles de Central Park parecieron haberse puesto de acuerdo para celebrar su particular carnaval y disfrazarse de repente. El parque lucía granate, carmesí, dorado, naranja, ámbar y púrpura. Recordé una frase del escritor y filósofo francés Albert Camus: "El otoño es una segunda primavera en donde cada hoja es una flor".

Una amiga mía, pintora, que lleva varios años viviendo y trabajando en la ciudad, me contó más tarde que los colores del otoño en Norteamérica y, sobre todo, en los Estados más septentrionales de los Estados Unidos son mucho más vibrantes que en Europa. Puede que sea cierto. En Madrid, mi casa se encuentra muy cerca del parque del Retiro y los colores de su otoño nunca me han producido parecida sorpresa a la que sentí aquel día en el neoyorquino Central Park.

Al paso de los años, muchos nos acercamos a la naturaleza con mayor intensidad que cuando eres joven y la sangre te bulle en las venas y te hace arder de sensualidad. No sé si la naturaleza es sabia, como suele afirmarse, pero si sé que es muy hermosa y, sobre todo, implacable.