Oteyza

Oteyza deja dos obras estupendas que con todo mérito deben de ser incluidas en el catálogo de la mejor literatura de viajes española.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hay escritores que, al poco de morir, se esfuman entre los recovecos de la Historia, pese a que en mi vida gozaran de gran predicamento y, en ocasiones, de no poca popularidad. A veces con justicia y otras sin ella. Ahora han caído en mis manos dos libros de un escritor-viajero que muy bien puede responder a los criterios de injustamente olvidado. Me refiero a un autor madrileño, de origen vasco y nacido por casualidad en Extremadura: Luis de Oteyza. Los libros son De España al Japón y En el remoto Cipango (publicados ahora ambos por la estupenda Ediciones del Viento). Son trabajos realizados en 1925 y fruto de un largo viaje al Extremo Oriente. A Oteyza no le guiaba únicamente para aquel singular periplo su corazón de nómada sino, sobre todo, el agobio intelectual que sentía bajo el peso de la dictadura de Primo de Rivera, de quien era un declarado opositor. Pero su fuga de aquella España opresiva y opresora tuvo como resultado dos obras estupendas, en especial la segunda, que con todo mérito deben de ser incluidas en el catálogo de la mejor literatura de viajes española. No es un Josep Pla ni un Manuel Chaves Nogales, pero sí se aproxima a Julio Camba, a su socarronería. Y, por supuesto, pisaba más la calle que su colega gallego.

Oteyza ya era famoso en España como periodista y escritor cuando inició su travesía marítima hacia el Japón. Y de hecho enviaba por telégrafo sus crónicas al diario La Libertad desde el barco en que navegaba hacia Oriente. En 1922, con el famoso fotógrafo madrileño Alfonsito, entrevistó al líder rebelde del Rif, Abd-el-Krim, vencedor del famoso Desastre de Annual, siendo sus artículos claves en la liberación de los prisioneros españoles en poder del caudillo rifeño. También le supuso gran notoriedad y prestigio, en 1928, su viaje en avión a Senegal, en la ruta aérea que el aviador-escritor francés Antoine de Saint-Exupéry haría famosa más tarde o con libros como Vuelo nocturno.

En el primer trabajo en que relata su primer viaje hacia el Japón hay latigazos de acerba crítica contra la España de entonces: "El país que admite las mayores tiranías si se dictan en forma campechana". Y no pocos rasgos de sentido del humor: "Son los sultanes gentes con el sentimiento de propiedad muy arraigado, como lo prueba el que jamás existiese ni uno partidario del comunismo".

Pero es su segundo libro, En el remoto Cipango, en donde Oteyza nos muestra sus dotes de avispado observador y su talento de escritor de enorme curiosidad intelectual. Es un relato delicioso, trufado de ironía, y que deja tal dibujo y aroma del país descrito que dan ganas de coger el primer avión y plantarse allí. Oteyza habla de su historia, de sus costumbres, del arte en lugares tan refinados como Nikko, de ciudades como Osaka, Kobe y Kyoto, de su comida –la detesta, algo con lo que muchos estamos en desacuerdo–, de sus bellezas naturales, de los famosos samurais y de hábitos tan tradicionales como el harakiri. Y no se corta un pelo a la hora de describir una jornada en una casa de placer japonesa –en un barrio, o yosihuara, destinado a la prostitución–, en donde disfrutó de los encantos y la sabiduría erótica de una refinada cortesana.

Lo mejor tal vez: que el sentido del humor de Luis de Oteyza se dirija en ocasiones a reírse de sí mismo. Dice en un momento del libro: "El lenguaje chino y el japonés solo tienen algo en común: ¡que no hay manera de comprender una palabra en ninguno de los dos!".