Orán y Argel por Javier Reverte

Javier Reverte

Recientemente hice un corto viaje a Argelia -no más de diez días- para visitar las ciudades de Orán y Argel. Conocía la segunda, la capital, pero no la primera, cuyo largo pasado español todavía puede percibirse en los caserones del viejo barrio cercano a los muelles, en los hábitos noctámbulos de sus habitantes, en la paella (casi el plato nacional oranés), en los pescaítos fritos de la "pécherie" (el barrio de los pescadores en el que también se encuentra la lonja de subasta) y en los cantos "andalussis" que perduran en la garganta de los nuevos artistas. En Orán hay un bar que se llama Sevilla, con fotografías y carteles taurinos en las paredes, en el que se degustan caracoles picantes con cerveza o con vino. Y sigue en pie la plaza de toros, con su fachada redonda construida en piedra y sus altos portones de metal. En lo que fueran las taquillas, cerradas hoy con cemento, se leen todavía los trazos que marcaban las entradas de sol y las de sombra. Durante los años 40 y 50, los previos a la guerra de la independencia argelina, actuaron aquí no pocos lidiadores de renombre llegados desde España. También venían jornaleros almerienses para recoger el esparto y vendimiadores murcianos para la uva. E incluso, en temporada de recolección, con multitud de hombres llegados desde España, se cargaba un barco con prostitutas de Alicante y de los pueblos de alrededor, en particular Ibis. Además de eso, desde siglos atrás Orán fue una tierra de acogida para los españoles: moriscos que huían de las persecuciones católicas, por ejemplo. Y también ofreció refugio a muchos soldados republicanos, los derrotados de la Guerra Civil del 36-39.

Argel es muy distinta. Se trata de una ciudad que, por diversas circunstancias, he visitado en varias ocasiones. Y siempre me produce la misma sensación ambigua de atracción y de rechazo. Argel es una de las ciudades más hermosas de las dos orillas del litoral mediterráneo. Su centro, construido en el estilo Haussman, está trazado con avenidas anchas y sólidos edificios con pórticos, balconadas y desvanes en la altura. Parece un luminoso París, con sus fachadas encaladas y las ventanas, rejas y balcones pintados de azul. A mí, desde luego, me resulta mucho más hermoso que la urbe gala de Niza. Pocos lugares hay que igualen su luz, el vigor de las mañanas en que amanece un cielo sin nubes. Como decía Albert Camus, argelino -"pied-noir"- que vivió su infancia en la ciudad, el sol de Argel es "invencible".

Y bajo el cielo, el inmenso mar, que, contemplado desde los altos de la la ciudad, parece convertirse en un verdadero océano de aguas púrpuras en los atardeceres. Se dice en Argelia que, mientras Orán vive de espaldas al mar, Argel le da frente. Bien pudiera ser. Pocos paseos hay tan hermosos como el que propone el largo malecón de "Front la mer", cuya larga hilera de edificios blancos y azules va curvándose mientras sigue la misma curva que traza la bahía.

Pero pronto surge el Argel que me produce rechazo. Los comedores de pescado en donde hay más gatos que camareros, esperando la hora de las sobras. Las basuras en las calles y, a menudo, el cadáver de una rata. La ropa tendida al sol en todos los balcones. El olor casi permanente a cañería rota y agua de alcantarilla. Y los sucios hoteles, en donde el servicio sigue arrastrando todos los malos hábitos que creó el periodo de socialismo a la argelina.

Argelia ha sido un país machacado por dos sangrientas guerras. La primera, entre 1954 y 1962, la de la independencia contra los franceses. La segunda, la llamada "década negra", la que desataron las guerrillas terroristas del islamismo radical, entre los años 1991 y 2000. Argelia ha perdido mucha sangre y en sus ciudades y campos ha imperado el odio. Ahora intenta levantarse y emprender un periodo de estabilidad y progreso, el primero en su joven historia como país libre. Hoy por hoy, sin embargo, recuerda un poco a la España de finales de los años 50. Quizás es el mejor momento para que la visite el viajero curioso; pero no lo es para quien simplemente pretenda acercarse allí como turista.