Oporto, paraíso de formas útiles, por Carlos Carnicero

Oporto destila amor por una arquitectura que tiene su emblema más significativo en la Fundación Serralves, obra de Álvaro Siza.

Carlos Carnicero

Creo que tienen razón los que han afirmado que la vida es un viaje, preferiblemente largo, hacia la muerte. Desde ese punto de vista, como sostiene Claudio Magris, es una estulticia apurar el paso sin detenerse en cada una de las estaciones intermedias donde se puede reposar la existencia. Tener prisa es una forma de acelerar el final. Pensaba en estas cosas en un formidable refugio, en Oporto: el hotel Casa do Poema, que es un universo templado de buen gusto en donde el diseño del arquitecto Viana de Lima consiguió una estructura en donde se puede disfrutar la casa en donde uno quisiera encontrar refugio después de cada viaje, es decir, en el hogar. Uno viaja para acumular sensaciones que se reposan en la casa mientras se planifica el siguiente viaje. Los espacios para ese trabajo de alquimia requieren una arquitectura humana, funcional y simple donde la prioridad sea la utilidad y la estética repose en la sencillez.

No se trata de almacenar recuerdos en las estanterías del despacho ni atiborrar el ordenador de imágenes digitales sino de sintetizar las experiencias y los conocimientos de realidades ajenas para aprender a utilizar la vida con talento y aprovechar los descubrimientos compartiéndolos con quien uno quiere que esté cerca cuando sale y cuando entra en la casa. Eso también es el amor. Y el amor necesita un recipiente construido con talento en donde el contenedor sea adecuado para almacenar los sentimientos.

En la Casa do Poema pensé que se podrían invertir los términos y acudir en peregrinación a este lugar cuando uno estuviera cansado de dar vueltas y tampoco quisiera estar en casa, para conjugar la sensación que genera el viaje con el placer del regreso. Desde que aterrizamos mi mujer y yo en la Casa do Poema sentimos fascinación por el amor que tiene Oporto por la arquitectura, cuyo emblema más significativo es la Fundación Serralves, en donde Álvaro Siza conjugó un edificio soberbio con jardines espectacularmente diseñados envolviendo la mansión art decó, de finales de los años 20, hasta formar un equilibrio de sensaciones que dejan en un segundo plano la colección de arte moderno que alberga el museo. Nada en la Fundación Serralves está desencajado. El jardín organizado en terrazas equilibra el espacio con sus estanques y el lago. A su lado, el museo diseñado por Siza plantea la duda de si siempre estuvo allí y es por eso que construyeron la casa art decó para dar continuidad a la vocación de Oporto por la arquitectura.

La ciudad es un reino de formas útiles, empezando por la sucesión de puentes que unen la urbe, salvando la hoz del Duero, con la vecina Vila Nova de Gaia. Recorriendo la carretera que conduce desde la desembocadura del río en el Atlántico, en sentido inverso al caudal del río, se puede ir uno alejando de la ciudad con la sensación de que después, dejándose llevar por la corriente, volverá a ese reino de las representaciones sencillas en donde en cada margen está distribuida inteligentemente la vida. En el lado izquierdo del río está la apacible laboriosidad de las bodegas, pieza codiciada de los ingleses que planificaron la derrota de Napoleón en España desde la terrazas altas de Gaia, desde donde los aires cercanos del Atlántico permiten intuir América. Enfrente, la ciudad, que es Patrimonio de la Humanidad y se lo merece. No hace falta planificar la visita porque callejear es la forma más inteligente de descubrir que Oporto es un templo de la arquitectura más sutil. Entonces se me ocurrió que una manera adecuada de organizar itinerarios puede ser perseguir la obra de los grandes arquitectos por el mundo, como antes los ricos con tiempo libre se dedicaban a seguir toreros por las ferias de España. En síntesis, la vida, como tránsito hacia la muerte, sólo es un escenario para almacenar emociones. Y los edificios son sólo, pero sobre todo, sus contenedores.