NYC por Javier Reverte

Javier Reverte

Encabezo este artículo con la siglas NYC o New York City. Durante muchas décadas podríamos decir que, en muchos aspectos, fue la capital del mundo económica, cultural, musical y, por qué no, tal vez literaria. Pero, tras un 11-S de infeliz memoria, dio la impresión de que se nos derrumbaba, que su optimismo medular y su fuerza arrolladora se tambaleaban bajo el polvo color cadáver levantado por el hundimiento de las Torres Gemelas.

Aquel agujero de la matanza fue bautizado como Zona Cero y la propia NYC parecía haberse convertido en un punto cero de la historia del universo humano, en la capital del desánimo y la rendición, con un presidente que dejaba de lado el corazón de la tolerancia neoyorquina para apoyar en los cañones la razón de ser de EE UU. Bush ha sido, en cierta manera, un presidente que aprovechó una matanza para desatar una carnicería.

Sin embargo, a pesar de todo, pese a los muertos del 11-S, pese al temblor del optimismo y a la incertidumbre, incluso a pesar del presidente Bush y su guerra casi perdida de Irak, Nueva York ha resucitado. Tiene otra vez el aire de la capital que nos cautiva, de ese NYC que es un maravilloso regalo para toda la humanidad, la ciudad a la que tanto amamos, de forma irremediable, desde que por primera vez paseamos por sus calles.

Decía Paul Morand en su fantástico libro sobre la urbe, escrito durante los años que siguieron a la Gran Depresión del 29, que "si vivir en las ciudades es una locura, Nueva York es por lo menos una locura que merece la pena". Y esa reflexión del escritor francés parece una vez más oportuna en estos días. Hace apenas unas semanas que he regresado de allí y aún guardo el pálpito amable que produce un paseo por Battery Park, o la emoción de asomarse a las barandas del East River a la altura del puente de Brooklyn, o el íntimo placer de callejear en el East Village, o el asombro al visitar la última exposición temática del Guggenheim (sobre la historia de la pintura rusa), o la voracidad que te entra al pasar montones de horas ojeando libros usados en el Strand, la enorme librería de la calle 14 cercana a Union Square. Paseando la ciudad como antaño, me di cuenta de que hacía más de veinte años que estuve en ella por última vez. Y, sin embargo, tuve la impresión de que no había cambiado nada. Sus alcantarillas humeaban como siempre bajo el sol del invierno y era imposible no sentirse engrandecido al caminar junto a sus rascacielos. Porque NYC no te empequeñece con su colosal diseño sino que te hace creer que tu espíritu se agiganta a su lado.

No sé, ni he sabido nunca calibrarlo, si es una bella ciudad. Cuando miro uno por uno muchos de sus edificios y escenarios, me resultan feos o de una pretenciosidad que raya en lo kitsch. Pero es el conjunto lo que me asombra, lo que le da garbo y magnificencia. NYC no es sólo una ciudad sino la esencia misma de lo urbano. Creo que la palabra ciudad no llegó a precisarse en su exacto contenido hasta que nació NYC.

Por ello, quizás, la mayor parte de los norteamericanos, que son rurales y puritanos en sus corazones, no se identifican demasiado con ella, la ven extraña a su forma de ser. No es la capital de EE UU simplemente porque una buena parte de los estadounidenses no se merecen a esta urbe abierta, generosa y joven. Nueva York parece, en buena medida, pertenecernos a los europeos. Los teatros de Broadway rebosan, el neón de Times Square nos ciega los ojos, en las tabernas del Village se habla de literatura y autodestrucción como en los días del poeta galés Dylan Thomas, el Ejército de Salvación desafina con sus trompetazos en las esquinas de la Sexta Avenida, renacen el jazz y el blues, los restaurantes japoneses crecen en cada rincón de la ciudad como hongos en otoño y Chinatown devora poco a poco a Little Italy. La ciudad hierve como antaño y, además, es más segura que nunca, no hay apenas delincuencia y Harlem acepta tolerante a los turistas blancos que van a oír gospel en la misa del domingo.

NYC ha olvidado el 11-S y sus desánimos y vuelve a ser "la ciudad sin sueño" que cantaba Lorca: "No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie".