Nuevos destinos: el pobre, por Jesús Torbado

Ya funcionan grupos de viajeros que piden que los lleven a la pobreza, a la miseria, pero sin contaminarse.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Los viajeros que no solamente lo son durante sus personales vacaciones saben muy bien que el mundo es grande, suntuoso e inabarcable. Y aunque alguien alcanzara la posibilidad de vivir media docena de vidas (¿valdría la pena?), no habría tiempo para conocer y disfrutar de una parte mínima. Ese tamaño gigantesco, esa diversidad maravillosa explican seguramente el afán y el entusiasmo con el que miles de personas relacionadas con los viajes, y más con el turismo, que de eso se sustentan, intenten y casi siempre logren encontrar destinos nuevos, pequeñas metas desconocidas o apenas vislumbradas. Pues ya funcionan grupos de viajeros que piden precisamente que los lleven a la pobreza, a la miseria incluso. Con la garantía de que no se van a contaminar, desde luego. Se han visto gentes de buena posición social (quiero decir, económica) que se internan en la India más desesperada, en la Bolivia sombría, por no citar el África más hundida. Hay noticias de que algunas han tenido que ser rescatadas de urgencia después de haber hundido el zapato de lujo en una boñiga de vaca sagrada o de haberse encontrado un greco guisado en el arroz de la cena.

Pero lo que suceda después del experimento importa poco. Y mucho menos si la satisfacción del morbo personal viene envuelta en la mística de lo solidario. Vayamos en viaje solidario a ver cómo revientan de hambre y de carencias todos los campesinos camboyanos, los pescadores de Filipinas. Suele ser grande y apasionante espectáculo para contarlo luego. Tal vez alguien no haya olvidado aquellos lujosos viajes de temporada que se metía entre pecho y espalda, y con aplauso unánime, nuestra ex vicepresidenta socialista Teresa Fernández de la Vega, en nuestro avión de la Fuerza Aérea Española, privado (así han quedado los pobres airbuses rojiblancos, hechos unos zorros), y acompañada de una claque de feministas mediáticas para que las televisiones y revistas airearan tan hermosos trapos y tal volumen de solidaridad mundial. Cierto que una sola sesión de lifting suyo y de sus colegas hubiera bastado para alimentar durante meses a todas las mancebías de Maputo, cuyos típicos bailes lucieron mucho sin atisbo alguno de hipocresía.

En fin, tampoco se entiende mucho que nuestra reina, gran viajera ella, dicen, acuda de vez en cuando a visitar compounds de solidaridad sobre todo en América, para comprobar cómo se desempeñan los cooperantes que apadrinamos entre todos. Su Majestad, claro, ha de llevar adelante un trabajo, cumplir sus funciones sociales/institucionales acompañada y ayudada de séquitos que nunca conoceremos bien. Incluso a nivel más alto que las señoras Pajín y Aído antaño. También todos y todas esas/esos políticos-políticas que no pierden ocasión de asomarse incluso a la miseria más aterradora para que los demás tengamos la oportunidad de sentirnos más cerquita de ella. No sabe uno. Si te amenazan con una hogaza, un tazón de arroz y un pescado seco siempre se aviene uno a lo que sea: a bailar el bunga-bunga y a convertirse al Dios desconocido. Qué culpa tienen ellos, en los pantanos brasileños, en los lagos de Birmania. Hay que comer, incluso lo que tiren los otros.

Por eso estos viajeros que denodadamente buscan enrolarse en las penurias ajenas, que en las agencias de viajes exigen destinos más emocionantes, exotismos más agudos, escenarios más realistas, están contribuyendo tal vez a mejorar el paisaje. No se van a rebelar en las llanuras de Mali por que les caiga encima una excursión de damitas europeas que van a fotografiarse en ropa interior o con relojes de lujo o bebidas novedosas. Ni se enterarán de qué va todo aquello. Tampoco se enterarán, ciertamente, de cómo es el mundo y cómo la existencia verdadera aquellos que se internan fugazmente entre tantas desdichas. Se acordarán luego de unas cuantas gracietas, de algunas anécdotas, del careto del guía... Suficiente para justificar el viaje y el gasto formidable que supuso. Ya digo: una sola cena de cuatro estrellas daría alimento a una tribu entera. Y dicho queda: para el nuevo negocio de los viajes, nada de catedrales, museos, torres altas, comercios suntuosos. El destino más atractivo empieza a ser la pobreza. La de los otros, naturalmente.