Nuestro amigo el bosque, por Javier Reverte

Amo los bosques. Por eso cuando arden siento que me están mutilandoun pedazo de alma.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

No hay quizás una sensación tan placentera como pasear por un pinar solitario en los meses de verano, si es posible siguiendo la orilla de un río de aguas alegres y claras. El sol arranca de las coníferas un aroma inconfundible que a mí me remite a mis tiempos de infancia, cuando veraneaba en la sierra madrileña, y el aire levanta del agua del río un frescor que rejuvenece la piel. Si además de ello paseas en chancletas y bañador, puedes refrescarte de cuando en cuando en las aguas frías que bajen desde las montañas, con eso que llaman "un baño de culo". Yo tengo el lugar, un lugar rescatado de mi niñez, y estoy deseando la llegada del verano para repetir a diario el ceremonial del pasado estío. ¿Qué más se le puede pedir a la vida cuando está camino de cumplir los setenta años? Pues sensualidad, frescura, perfumes de naturaleza, y aire y aguas limpios....

Me cuesta muchísimo trabajo creer, cuando veo el paisaje atroz de la parte desértica de mi país, lo que hemos leído tantas veces: que siglos atrás una ardilla podía cruzar la península, entre los Pirineos y las orillas atlánticas de Huelva, sin bajarse de los árboles. Esa vieja leyenda se completaba con la afirmación de que la deforestación fue causada por la necesidad de construir barcos de guerra en los días en que España era todavía un imperio transoceánico.

Todo ello me suena a melonada. ¿Cuántos barcos tendría que haber aparejado España para deforestar un país con una superficie de medio millón de kilómetros cuadrados? ¿Y qué hubiera pasado con Inglaterra, un país hoy lleno de árboles, para mantener un imperio más grande que el español y que duró bastante más tiempo? Ni me creo lo de la ardilla ni me creo tampoco lo de los barcos.

Pero amo los bosques. Por eso, cuando uno de ellos arde en el verano, siento que me están mutilando un pedazo de alma. Los bosques, además de su belleza, están cargados de historias fantásticas e historias reales..., de hadas y brujas, de merlines y gnomos, de criaturas maléficas y otras que protegen a los niños perdidos..., y, claro, de lobos, de osos, de ciervos y de pájaros cantores. Por la noche, los misteriosos sonidos que se pueden escuchar en el bosque estremecen el alma y, en los amaneceres, el rocío de la mañana impregna el mundo de una feraz melancolía.

Recuerdo mi último gran viaje por los bosques, hace ya casi ocho años. Fue en la parte canadiense del río Yukón, cerca de las fronteras de Alaska. Viajábamos seis compañeros en tres canoas, río abajo, entre bosques milenarios y apenas tocados por el hombre. Teníamos con frecuencia la seguridad de que al menos en cien kilómetros a la redonda no había ningún otro ser humano salvo nosotros. El viaje duró trece días y recorrimos 750 kilómetros.

En los atardeceres, atracábamos nuestros botes en las orillas del río o en las islas de su curso, asegurándonos de que no hubiera huellas recientes de osos. Y dormíamos al arrullo de los gritos de los pájaros nocturnos y, en ocasiones, del aullido melancólico y orgulloso del lobo.

Durante el día, al reanudar de nuevo la remada, admirábamos el vuelo de las águilas pescadoras, la enorme rapaz americana de cabeza blanca, y con frecuencia sorprendíamos a algún alce que se bañaba tranquilamente y saciaba su sed en un remanso del caudaloso río. Algunas veces contemplamos también osos, negros y pardos, asomando entre los árboles. Por fortuna, suelen ser unos animales tímidos y asustadizos, y solo en muy raras circunstancias atacan al hombre.

Creo que pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en los días del Yukón, con el alma tan llena de vitalidad y vigor. Por eso, el libro que hice sobre aquel viaje lo llamé El río de la luz.

Y era un libro que hablaba de bosques.