Nowruz, otro año nuevo, por Luis Pancorbo

El Nowruz, el Día Nuevo en persa, es el principio de un nuevo año solar en el equinoccio de primavera.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

No creo que haya que tomar los calendarios como un bacalao a la bilbaína, uno de esos que se hace y manduca cuando y como a uno le da la gana. Es un plato fantástico, por supuesto, pero los calendarios suelen encerrar meollos más fascinantes, empezando por la regeneración del tiempo. El Nowruz, el Día Nuevo en persa, el 21 de esta Luna, es el principio de un nuevo año solar en el equinoccio de primavera. La fiesta profana más sentida no solo en Irán sino en buena parte de Asia Central y del Oriente Medio. Afganos y kirguises, tayicos y azeríes, kazajos y turcomanos, iraquíes y sirios... vuelcan su emoción en este paso equinoccial y se olvidan por un día de sus problemas existenciales, y hasta del tema bélico que para muchos marca la vida.

Siempre me ha llamado la atención que festejar el Nowruz, siendo algo de raíz zoroastriana, se imponga incluso sobre las creencias religiosas que se adoptaron posteriormente. Tanto chiítas iraníes como suníes de otros países, y bektashis de Albania, ismailíes de Afganistán, y alevis de Turquía, y tantas confesiones con algún punto referencial con el islam coinciden en la vieja raíz solar de este evento. Y son muchos los pueblos que simbolizan el Nowruz a través del fuego. Las hogueras en plazas y calles de Azerbaiyán y Turkmenistán representan el eje de la fiesta con todo su imaginario ancestral. Pues si bien esos y otros pueblos no se declaren técnicamente zoroastrianos, late en ellos la indudable admiración por el fuego (por fin no el de las armas, sino el de las ramas). Rebrota el fuego sagrado como las ascuas de ese viejo sustrato zoroastriano que algunos han dado por muerto y enterrado antes de tiempo.

"Yo he ido en pos de lo que vive, he recorrido los caminos más grandes y más chicos para conocer su especie". No se trata de que mediante el Nowruz hable y reviva Zoroastro o Zaratustra, el superhombre que escogió Nietzsche como emblema de uno de sus libros clave. El Zoroastro real era un astrónomo muy competente y reformó el viejo calendario persa con un nuevo año lunisolar de 365 días más una propina de cinco horas y una fracción. Nada mal sin disponer de instrumentos atómicos y astronómicos para llegar a la perfección calendárica. Pero fue notable que con sus ojos desnudos Zoroastro llegase a establecer un Nowruz del que aún se nutre el biorritmo simbólico de muchas naciones, con el sol y el fuego por delante. Todo ello aparte de fundar Zoroastro, una religión de la cual han chupado rueda otras muchas, siendo su eje el bien y el mal, alzados hasta constituir un dios y un contradiós.

Nowruz, o Nauruz, también equivale a comer mejor que bien. Lo de beber algo más que té es complicado. Hay que lucir nuevas ropas y sonrisas, y sentir el bienestar de la familia, de los amigos, del amor si se tiene. El superhombre de Zaratustra no necesitaba, en cambio, muchos aderezos fuera de sí. El fondo del asunto es sacarse el invierno, sus nieves y tristezas. Dando un salto eso nos llevaría a España en el solsticio de verano, cuando hay que prender fogatas y saltar sobre ellas para convocar un buen futuro a través de sus llamas. También se puede votar, no lo discuto. Las fiestas de renovación del ciclo anual no siempre pueden acuñar una singularidad espacio-tiempo como la de Stephen Hawking.

Pero un día como el de Nowruz no puede deparar nada malo. El pérfido dios Ahrimán, o Angra Mainyu, el destructivo, coge vacaciones.