Nostalgia de Lahore, por Javier Moro

Los tolerantes Mogoles de antaño han sido reemplazados por los islamistas de hoy y Lahore ha perdido su brillo y libertad

Javier Moro
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Foto: Kike Lucas

Los acontecimientos de Afganistán me han hecho recordar mis visitas a Lahore, en Pakistán, una ciudad que evoca en los indios la misma nostalgia que suscitó Granada para generaciones de musulmanes expulsados del Ándalus. La que suscitará Kabul (el de los años 70 o el de la ocupación americana) en generaciones de afganos. Es una nostalgia que se transmite de padres a hijos y que habla por sí sola de lo que se perdió para siempre: una vida libre, un ambiente cosmopolita y abierto, unas relaciones personales estrechas con gentes de otras culturas y religiones, una riqueza del alma que es imposible cuantificar.

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A Lahore, la antigua capital del imperio de Las mil y una noches, la llamaban el París de Oriente. Más cosmopolita que Delhi, gozaba de la reputación de ser la ciudad más tolerante del subcontinente indio. En los bufets del Gymkhana Club y del Cosmopolitan Club se mezclaban sijs, musulmanes, hindúes, cristianos y parsis. No había discriminación en las recepciones, cenas y bailes de la alta sociedad que los nobles y los magnates del comercio ofrecían en sus suntuosas mansiones de los barrios residenciales, excepto la impuesta por los ingleses en su lugar de cita favorito, el Punjab Club, cuyo cartel a la entrada rezaba: “solo para europeos”. Los ingleses dejaron una serie de edificios de un estilo curioso, mezcla de indo-musulmán con gótico-sarraceno inglés. Los más significativos eran colegios y universidades —réplicas de Eton o Harrow—que acabaron formando a la élite de las nuevas generaciones indias y paquistaníes. Estudiantes hindúes, musulmanes o sijs cantaban juntos los himnos cristianos de la Inglaterra imperial antes de empezar las clases todas las mañanas.

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Pero la belleza de Lahore se la habían dado mucho antes los emperadores mogoles. La engalanaron con obras maestras como la mezquita de Aurangzeb, la mayor de Asia, cuyas porcelanas brillan como talismanes bajo el polvo de los siglos; o el cenotafio de Jehangir, adornado con los noventa y nueve nombres de Alá; o los 12 kilómetros de murallas de piedra rosa del fuerte de Akbar con sus terrazas llenas de mosaicos. Magníficos palacios, deliciosos jardines, bancales de frutales, aljibes rebosantes de agua y soberbios monumentos daban cobijo a una de las concentraciones humanas más densas de Asia. El drama es que los mogoles de antaño, abiertos y tolerantes, han sido remplazados por los islamistas de hoy, y Lahore ha perdido su brillo y su libertad. Aunque uno quiera, no puede huir de las llamadas del almuédano transmitidas machaconamente por altavoces suspendidos en las esquinas de las callejuelas. La religión es omnipresente —y agobiante—.

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A duras penas, el antiguo espíritu de la ciudad lucha por sobrevivir, sobre todo en la parte vieja, un rompecabezas bizantino de tenderetes y talleres donde lo mejor es perderse. Entre la calle de los joyeros, con sus relumbrantes muestras de brazaletes de oro, y la calle de los perfumistas, con sus bosques de barritas de incienso, hay pequeñas librerías que refulgen en esa oscuridad de la religión. Si uno tiene recomendación, el librero puede conseguir en su trastienda ejemplares prohibidos. Esas microlibrerías son como luces de esperanza entre tiendas solo de turbantes para caballeros, y otras solo de velos para señoras, que se deslizan ocultas bajo sus burqas, al acecho los ojillos tras la estrecha visera del velo.

El atardecer en Lahore es un espectáculo grandioso desde la azotea del restaurante Cocoo’s Den, un antiguo edificio de cuatro plantas repleto de muebles, cuadros y objetos antiguos, que huele a carne a la parrilla, situado justo enfrente de la gran mezquita. Cuando el disco solar se hunde entre los minaretes y los últimos rayos juegan con la filigrana de las murallas, es fácil entender la añoranza que los indios sienten por su antigua capital del norte. “Si uno no ha visto Lahore, no ha nacido” —se decía entonces.