Norte y Sur por Javier Reverte

Javier Reverte

Se preguntaba, en su libro de viajes Orient Express, el americano John Dos Passos: "¿Por qué viajar hacia el Este es tan diferente a ir hacia el Oeste? ¿Por qué produce alegría dirigirse al Sur y tristeza encaminarse al Norte?". Es, desde luego, una extraña reflexión que me ha creado una cierta perplejidad durante los más de dos años que hace que leí este libro. En cierta manera no deja de ser real el pensamiento del escritor estadounidense. El Sur nos atrae a muchos con una fuerza absolutamente irresistible, como si en sus geografías estuvieran esperando muchas de las respuestas que anhelamos. Lo cierto es que, cuando abandonamos el hogar y nos dirigimos durante un tiempo camino de ese hemisferio, el corazón parece botar de otra manera: es como si bailara.

Pero hay que intentar enfriar el razonamiento. ¿Quiénes sentimos alegría por bajar al Sur? Creo que la gente que busca emociones que no encuentra en el Norte, incluso cuando esas emociones son tan inofensivas como las artísticas, que imagino no serían otras las que alentaron a John Dos Passos cuando escribió lo que he reseñado. ¿Y quiénes sienten tristeza al viajar al Norte? No puedo dejar de pensar, al hacerme la pregunta, en las miríadas de subsaharianos que vienen hacia aquí desde el Sur, en unos penosos viajes que duran meses, en busca de la supervivencia, sin duda entristecidos por abandonar su hogar y su patria. Este problema inmenso de la inmigración forzosa no existía cuando Dos Passos escribió aquellas líneas. Pero da la impresión de que hubiera intuido el color de esa tristeza que hoy embarga a millones de personas.

Hace un mes, aproximadamente, se celebraba en Barcelona la II Cumbre Euromediterránea. Fuera de las discusiones, los acuerdos, las firmas de protocolos y buenos propósitos, hay dos datos que a mí me llamaron la atención sobre todos los demás. Uno: que son cerca ya de diez millones de subsaharianos los que viven en los territorios de la Unión Europea, la mayor parte de ellos en condiciones realmente miserables. Y dos: que si hace diez años, cuando se celebró la I Cumbre Euromediterránea, la distancia entre el nivel de vida de un europeo era diez veces mayor que la de un africano (excluido Israel), ahora esa diferencia ha crecido a las quince veces. Hablar de renta per cápita hoy en África sería una ironía insoportable cuando sabemos -como decía un amargo chiste argentino- que en África, la renta, lo que de verdad está es decapitada.

Viajar al Norte o al Sur ya no es un problema de alegría o de tristeza, como en los tiempos de Dos Passos. Bajar al Sur es tomar conciencia de que una buena parte de la humanidad, la mayoría, vive en brazos del hambre y se nos muere; que la franja de injusticia que separa a los ricos de los pobres es cada vez más ancha y más honda, y que el mundo no encuentra sistema ninguno para remediarlo. África parece agonizar y la esperanza de vida se acorta cada década que pasa un poco más. Y entretanto, oleadas de desesperados rompen las puertas y las verjas de Europa en una marea irrefrenable que tiene un carácter histórico, de cambio de civilización.

Cuando los políticos se reúnen en foros como el recientemente celebrado en Barcelona, uno tiene que volver la vista para otro lado. Los políticos europeos de hoy no tienen nada que decirnos sobre los gravísimos problemas que atenazan al Norte y torturan al Sur. Porque no tienen capacidad intelectual, o quizás carecen de la voluntad necesaria, para contemplar cuanto está sucediendo en su exacta dimensión: una dimensión histórica, de vuelco de civilización. Los políticos de hoy buscan soluciones a corto plazo, y los problemas del mundo requieren sentarse a reflexionar sin plazos.

Viajo al Sur con pena en el alma. Y veo a otras gentes que viajan con la desesperación encendiéndoles los ojos y el alma llena de melancolía. Nunca viajar ha sido tan triste.