Norte, por Javier Reverte

Las islas árticas quedan aisladas por el hielo casi todo el año y sus habitantes sobreviven gracias a los aviones que les llevan vituallas.

Javier Reverte

Cuando casi todo el mundo viaja al sur, a mí me gusta irme al norte. Y viceversa: cuando la mayoría de la gente se dirige al norte, yo me largo al sur. No es sólo una forma de huir del gentío sino también un respiro para mi cuerpo castigado por los sofocones del calor y los sabañones que levantan las heladas. El norte, además, se humaniza en el verano, mientras que el sur te anima a respirar en sus inviernos sin la bufanda al cuello. Así que mis últimos estíos los he pasado en el Ártico canadiense y mis recientes meses invernales en el mediodía europeo. Ir al revés de cómo camina el personal, además de todo eso, suele salir más barato. Lo recomiendo. Porque, después todo, ¿para qué quiere uno tostarse en la playa, rodeado de niños que te ponen perdido de tierra, desde que existen los rayos uva? ¿Y para qué viajar en los inviernos a los territorios norteños cuando se te ha pasado la edad de apasionarte con el esquí? Tostarse es cosa de mujeres jóvenes deseosas de que las deseen y esquiar es cuestión de muchachos jóvenes ávidos de admiración. Son cosas que se pasan con la edad.

He viajado estos veranos, ya digo, por tierras del norte canadiense, que es algo así como decir por el norte del norte. En concreto, he recorrido las provincias de British Columbia, Yukón, Northwest Territories y Nunavut. No son fáciles de describir esos inmensos parajes llenos de enormes montañas, caudalosos ríos en estado salvaje, miles de lagos, bosques casi virginales, costas atroces en donde rompen su violencia los icebergs y decenas de islas que flanquean el Paso del Noroeste, entre las provincias de Nunavut y de los Northwest Territories.

Esos territorios apenas alcanzan, en su conjunto, el millón y medio de habitantes -la mayoría de ellos en British Columbia-, mientras que algunos no llegan ni a los cien mil pobladores, como, por ejemplo, la provincia de Nunavut. La del Yukón viene a tener el tamaño de España, más o menos, pero los Nothwest Territories son tres veces más grandes, lo mismo que Nunavut, en tanto que British Columbia es casi cuatro veces mayor. O sea: en una geografía once veces más grande que la española habita una población treinta veces más pequeña.

Hay fascinantes urbes como Vancouver, verdadera joya del norte, y otras tan insólitas como Yellowknife, a orillas del lago Great Slave, uno de los mayores de Canadá. Las Rocosas lamen las fronteras de la British Columbia y hay ríos tan gigantescos como el MacKenzie, que desemboca en el Ártico después de recorrer más de mil kilómetros desde su nacimiento en Great Slave; o el gran río Fraser, en donde entran para el desove anual más de siete millones de salmones. A las orillas del lago Great Bear, la superficie lacustre más grande del Canadá (el lago Superior es mayor, pero Canadá lo comparte con Estados Unidos), durante la mayor parte del año sólo puede llegarse por avión hasta la pequeña estación de Deline, y tan sólo existe una pista que pueden recorrer vehículos todoterreno, pero únicamente en invierno, cuando están heladas y con neumáticos armados con clavos (este tipo de pistas se llaman Winter Road).

La única carretera que llega hasta la ciudad de Inuvik, la Dempster Highway, en las riberas del Ártico, parte de Dawson City, en las orillas del gran río Yukón, el río de Jack London. Es un recorrido inolvidable, en el que alternan los bosques de coníferas en donde el rey es el gran oso pardo y la estéril tundra, donde deambulan las nutridas manadas de caribúes. En fin, las islas árticas quedan aisladas por el hielo durante casi todo el año y sus pocos habitantes sobreviven gracias a los aviones que les nutren de vituallas, ya que muy pocos barcos pueden llegar a ellas, incluso en los meses que dura el corto verano austral.

El gran norte nos deja todavía el sabor de la gran aventura. ¿Por cuánto tiempo? Eso ya resulta más difícil de predecir.