Norte

Uno es un enamorado de aquellos días no tan lejanos de las terribles y portentosas expediciones árticas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Acabo de leer dos libros que tratan del mismo tema: el norte del mundo. O más específicamente, de dos expediciones para tratar de llegar al Polo Norte, la del norteamericano George Washington de Long, en 1879, y la del noruego Fridtjof Nansen, en 1893. Ambas concluyeron en fracaso y la primera, incluso, en buena parte en tragedia. El primer libro se titula El reino del hielo y su autor es el historiador y periodista estadounidense Hampton Sides. El segundo, una biografía del explorador noruego, se debe al científico y escritor español Javier Cacho. Los dos son textos magníficos y, sobre todo, absorbentes.

De Long fue un hombre tocado por una cierta mala suerte, mientras que a Nansen le sonrió siempre la varita mágica de la fortuna. El primero consiguió que su expedición al polo la financiara enteramente James Gordon Bennet, dueño del The New York Herald, el multimillonario que había pagado la expedición de Stanley al lago Tanganica para encontrar a Livingstone. Su barco, el Jeannette, costó 6.000 dólares, pero se emplearon otros 50.000 en mejorarle y prepararle para los hielos. De Long embarcó con una tripulación en la que viajaban, él incluido, 33 hombres.

Nansen financió su expedición con donativos que le fue muy difícil lograr. Hizo construir un barco especial, de casco abombado –con la forma de una nuez–, con el que trataba de evitar que los hielos, al aprisionarle, quebraran su estructura y lo hundieran, empujándolo por el contrario hacia arriba. Contrató a otros quince hombres para acompañarle, todos ellos de nacionalidad noruega.

De Long consiguió atravesar los primeros tramos de la banquisa ártica, pero el barco quedó atrapado al norte de las islas de Nueva Siberia y la presión del hielo destrozó su casco, hundiéndolo en junio de 1881 en la latitud 77º 15’, muy lejos todavía de las marcas establecidas por exploradores anteriores. Regresó con sus hombres, utilizando sus botes, hasta el delta del siberiano río Lena y los supervivientes, divididos, continuaron su viaje por tierra. De los 33 tripulantes del Jeannette perdieron la vida 19, la mayoría por hambre. Y entre ellos, De Long, en octubre de ese año, perdido en los pantanos del Lena.

Nansen, que partió de Noruega en 1893, logró sobrevivir en condiciones muy duras y salvar su buque, que resistió el empuje de los hielos mediante su original diseño. En 1895, junto con un compañero, dejó atrás su barco y trató de llegar al Polo viajando con trineos sobre el hielo. No lo lograría, pero logró acercarse al Polo mucho más que cualquier hombre hasta entonces, estableciendo una marca de 86º 13’. No perdería ningún hombre y su navío –que no pudo pasar de los 85º 56’– regresaría a Oslo en perfectas condiciones. Su marca personal la batiría cuatro años más tarde un aristócrata y alpinista italiano, Amadeo de Saboya, que alcanzó los 86º 33’.

Ya digo que fueron hombres de distinta suerte y, por supuesto, de diferente destino, como hemos visto. De Long era un hombre piadoso, un marino del montón y un esposo devoto, mientras que Nansen era agnóstico, un aclamado oceanógrafo y un mujeriego incurable. En tanto que el primero ha sido casi olvidado, a pesar de que a su muerte se le considerase un héroe de la exploración, el segundo disfrutó de una gran fama en vida e incluso, gracias a su labor humanitaria con los refugiados en el periodo de entreguerras, se le concedió el Premio Nobel de la Paz en 1922.

Dos libros de viajes, pues, para pasárselo estupendamente, sobre todo si uno es un enamorado de aquellos días no tan lejanos de las terribles y portentosas expediciones árticas.