Nooteboom, holandés y errante, por Luis Pancorbo

Más que hispanista, Nooteboom es de los que calzan botas y toman apuntes a lo largo del camino.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Cees Nooteboom ha cumplido 80 años, edad que ni pintada para recibir homenajes en vida. Sigue escribiendo y viajando, con lo cual aún se merece más los honores, incluso el Nobel porque su escritura es de las que marcan un tiempo largo y hondo de los hombres. Al ser natural de La Haya, y universal en su actitud, Nooteboom atrae enseguida sobre su persona una especie de aura del Holandés Errante (De Vliegende Hollander), que en realidad es un barco, uno que, como saben los marinos, sigue navegando como un fantasma por todos los mares de esta tierra. Tal fue la condena que recibió en el siglo XVII su capitán, Bernard Fokke, por hacer un pacto con el diablo. Pretendía pasar el Cabo de las Tormentas con tanta calma como si fuese por un canal de Ámsterdam.

Su paisano Nooteboom, que no cree más que en el trabajo bien hecho, en hacer la maleta sin prejuicios, y en pulir la prosa hasta que alcance ese carácter diamantino que tan bien logran en Ámsterdam con ciertos pedruscos surafricanos, nada tiene que ver con un pirata lívido que se mueve a los acordes de la música de Wagner por mares sombríos. Se puede ver eso y muchos más datos y perfiles en Universo Nooteboom, un libro esencial coordinado por Erik Haasnoot y Astrid Roig, que da cuenta del inmenso quehacer literario desplegado por el maestro holandés. Ahí se reúnen estudios y notas de una existencia que se confunde tanto con el viaje, y el viaje con la página, que forman una tela continua, un brocado que pocos escritores pueden llegar a disfrutar en total plenitud cinco o seis décadas después de haberse echado a andar por las páginas de la vida. Ese libro, todo un regalo de cumpleaños, va acompañado por el documental Desvío Nooteboom. Haasnoot, su director, recuerda que Nooteboom no deja ni un año de recorrer la piel de toro, por no llamar piel de cabra a eso en que se ha convertido a veces el país. Incluye una conversación de Alberto Manguel con el escritor y afloran novedosos y jugosos pliegues de su vida en las letras y en España. Pero, más que hispanista, Nooteboom es de los que calzan botas y toman apuntes a lo largo del camino. Y se pone las gafas de ver, incluso lo que otros no pueden o no saben ver. Es su maestría junto a vivir y contar. Lo de siempre, sí, pero hay que darle a la raqueta como él.

Nooteboom ha demostrado su vinculación con la más íntima vividura española teniendo una casa en Menorca, donde probablemente se encuentra más y mejor que en otro sitio del planeta. No hay más que releer Lluvia roja. Es como si Nooteboom adquiriera en la isla balear ese reposado, como el del tequila añejo, que convierte a la memoria en un certero hilo de Ariadna. Pero tampoco le importa salir de su bella masía para ir a los destinos que describe en Hotel Nómada: Gambia, Malí, México, Bolivia, el Sáhara... O se va a Santiago, que no es que sea en él un vicio, pero sí una manera habitual de sentirse europeo y herido por la lluvia por los cuatro costados. Su Desvío a Santiago, lejos de ser una guía compostelana al uso, implica entrar en el corazón del viajero (algo distinto de peregrino), dentro de sus alientos y desalientos ante la realidad mutante. Por eso Nooteboom acertó de nuevo con el título de Tenía mil vidas y elegí una sola, una obra recopilatoria de una vida errante que, con motivo de sus 75 años, prologó su admirador y filósofo Rüdiger Safranski. Pues bien, cinco años después ya hay todo un Universo Nooteboom, y con miedo de quedarse cortos.

Un cosmos de detalles, de matices, de hojas que no se las lleva el viento. Una vida dedicada al recuento, al mundo con sus guerras y paces, masas y soledades, memoria, camino, escritura. Y de repente viene el golpe maestro de su prosa, como cuando nota unos árboles en apariencia tan anodinos como los plátanos: "Los ves por todas partes, en Burgos, Logroño, San Sebastián, ejércitos desnudos e inmóviles, presentados en largas formaciones de batalla, por la noche marchan en tus sueños". Y eso era cuando aún le quedaba mucho camino hasta Santiago de Compostela.