Noche de ópera en Roma, por Luis Pancorbo

Esto es Roma, todo se asimila, la devoción y la emoción por el arte, y Verdi ayuda mucho a sentir esa melancolía.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Iba subiendo por la Via IV Novembre, que se coge a la derecha de la Plaza Venecia y te pone en camino del Quirinal, cuando de una iglesia que no conocía, ancha, sólida, de color dorado, salió un chico vestido con traje y corbata preguntándome si me gustaría ir a la ópera. En ese momento pensé que hablaba de ir la Ópera de Roma en su insigne palacio decimonónico, o a una función en las Termas de Caracalla. No se trataba de eso sino de La Traviata, de Verdi, que estrenaban en aquel templo evangélico valdense con servicios religiosos los miércoles y los domingos. Allí mismo iba a empezar una temporada de Opera Balletto, conjugando ambas actividades en un escenario como el altar, mientras el público compra su entrada y coge sitio en los bancos.

Roma hace tiempo que se ha convertido en un gran teatro, donde sobre todo en el centro los turistas exceden en número y visibilidad a los nativos. Lo que me pareció digno de verse fue que en una iglesia funcionante se hubiesen decidido por Verdi, que en sí mismo es otra religión, y que tuvieran el valor de poner La Traviata y seguir la temporada con Las bodas de Fígaro, de Mozart; La Bohème, de Puccini; La Gioconda, de Ponchielli...

No me arrepentí de haber ido a las ocho y media al templo valdense de Roma a ver y escuchar las tristezas y alegrías verdianas de La Traviata, en la voz de una soprano de tanto ímpetu como Roberta Polverini y un tenor tan dotado como Emil Alekperov. El altar lo usaban para poner una somera decoración de flores, y a sus pies el lecho de muerte de la pobre Violetta, vestida muy castamente, incluso en camisón. De repente, y dado que acompañan la ópera con insertos de ballet, a cargo de buenos solistas de la Academia de Lírica y Danza de Roma, avanza por el pasillo de la iglesia el bailarín principal con sus mallas, pero con el torso desnudo, haciendo sus pasos impecables y cogiendo a la bailarina por la cintura y haciéndola volar, sin dejar de enseñar él, porque a la vista estaba, su tatuaje de la parte superior izquierda del pecho.

Yo en ese punto admiré retrospectivamente a Pedro Valdo, el fundador de esta iglesia hacia el año 1210. Otros creen que los valdenses fueron los secretos supervivientes de un inicial culto cristiano. Dando por buena la primera hipótesis, Valdo fue un rico lionés que dejó su vida muelle y su familia para predicar el evangelio y hacer la caridad. De ahí vinieron Los pobres de Lyon, sectarios que luego se expandieron desde Bohemia a Italia, con arraigo en los Alpes, especialmente en los valles entre Francia e Italia. En pueblos como Oulx del Piamonte quedan pequeñas comunidades valdenses. Fueron, y a lo mejor son, los más puros entre los puros, aparte de los exterminados cátaros, coetáneos suyos, y quienes mucho antes de que aparecieran Lutero y Calvino ofrecían la imagen alternativa, reformada, primordial, del cristianismo, rechazando las lujosas prácticas y sacramentos de Roma. Como esa noche iba de una ópera en un templo austero, sin una sola imagen pintada o esculpida, pensé que lo mejor sería cenar en la barra del bar de enfrente. Pedí un supplì, una pelota de arroz frita con pan empanado y un relleno de mozzarella. Todo sea por los valdenses, que no valdesianos, pues en 1530 el conquense Juan de Valdés alumbró incluso en Italia conventículos y templos evangélicos que llevaban su sello. Los valdenses han sobrevivido, a diferencia de los valdesianos, y ahora vuelven a ser pioneros abriendo su templo a la ópera. Esta noche los arpegios verdianos suenan a música celestial, sin que por eso deje de advertirse a veces cómo suben los coches y autobuses la cuesta de la Via IV Novembre. Pero esto es Roma, todo se asimila, la devoción y la emoción por el arte, y Verdi ayuda mucho a sentir desde la melancolía por la pobre tísica que va a morir, tras disfrutar todo lo que pudo, a la exaltación del vivir, y el Libiamo ne´lieti calici..., bebamos en los alegres cálices que hacen florecer la belleza, cómo no.