No hubo champán por Jesús Torbado

Ha pasado casi inadvertida la hazaña del español Albert Bosch, que el 4 de enero llegó al Polo Sur en solitario y sin ayuda

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Un leve filtro de amargura vertió Roald Amundsen en el relato de la prodigiosa hazaña que culminó hace ahora cien años. "Nos conformamos con comer carne de foca mientras oíamos ondear fuera la bandera. No hubo champán", escribió en su dietario. Cinco aventureros noruegos llegaron el 14 de diciembre de 1911 al punto señalado de aquella planicie inhóspita y helada, cegadoramente blanca, desafiante escenario de absoluta desolación. Desde que el jefe de la expedición tenía 15 años -entonces ya entraba en la cuarentena- mantenía que el gran objetivo de su vida era llegar al Polo Norte. "Los alrededores del Polo Norte -el Polo mismo, digamos de una vez- me habían atraído desde la infancia, y allí estaba yo en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?". Más lejos no podía haber ido, desde luego.

Cien años han pasado desde la competición atroz entre el capitán inglés Robert Scott y el noruego Amundsen por llegar al Polo Sur. Si entonces aquella enloquecida y fatal carrera, igual que todas las que la habían precedido desde el comienzo del siglo, fueron el asunto pasional más seguido por la opinión pública, un trending topic de máxima altura, ahora apenas se ha aireado la memoria, y eso que no ganamos para centenarios y aniversarios. Muy pocas referencias en los periódicos y en la televisión a aquellas conquistas. Incluso ha pasado prácticamente inadvertida la sorprendente expedición del español Albert Bosch, que el día 4 de enero pasado llegó al Polo Sur en solitario y sin ayuda, después de 66 días esquiando a cuarenta y cinco grados bajo cero. Es el primer compatriota que pisa a solas aquel lugar mítico, una centuria después de la proeza de Amundsen y con casi sus mismos años de edad. Una lesión leve de un futbolista zoquete o un amorío tonto de una visitadora de la televisión tienen mayor exposición pública, mayor interés y mayor aplauso.

Claro que los viajeros de verdad no podrán desdeñar la fecha ni dejar de honrar la memoria. La de Amundsen y la de toda la aguerrida tropa que dedicó años, y a veces también la vida, para conquistar los territorios helados. La lista es tan larga como gloriosa, desde el James Cook que navegó por el Estrecho de Bering en 1773 al capitán Ross y Nansen, que realizó un viaje de tres años, desde 1893, primero en el famoso barco Fram y luego a pie. Las desventuras y las hazañas de todos ellos llenan grandes relatos viajeros. Una vez que el norteamericano Robert E. Peary llegó al Polo Norte en 1909 a bordo de un trineo tirado por perros, entre grandes discusiones y sospechas se desencadenó la fiebre por el otro Polo.

Amundsen cuenta que de chiquillo dormía en Oslo con la ventana abierta en invierno para irse aclimatando a los grandes fríos. Las hazañas polares de John Franklin en busca del paso del Noroeste inflamaron su sangre adolescente y ya todos sus actos estuvieron encaminados al gran empeño de ganar el Polo. Por eso mismo la batalla frente a Scott fue tan llamativa. A lo largo de una docena de años Amundsen realizó varios intentos fracasados en torno al Polo Norte -en los barcos Bélgica y Gjoa, por ejemplo-, hasta que la noticia del viaje de Peary le obligó a dirigirse al sur. Iba al final con 52 perros, cuarenta de los cuales murieron y sirvieron de alimento a los otros animales y a los viajeros. Recorrió tres mil kilómetros en 99 días, contando el regreso. Su contrincante, el capitán Scott, prefirió avanzar con ponies manchúes, que resultaron menos útiles y acabaron muriendo entre grandes sufrimientos. Y sirviendo de alimento a los hombres, naturalmente. Llegó a la meta el 17 de enero de 1912, un mes después del retorno de Amundsen, que pasó cuatro días en el Polo Sur, entre celebraciones y estudios científicos.

El regreso del capitán inglés y sus cuatro compañeros fue trágico. Cuando una expedición de rescate encontró, ocho meses más tarde, en noviembre, sus cuerpos congelados dentro de la tienda, con ellos hallaron el relato de las penalidades escrito por Scott y las fotos tomadas por Bowers, documento gráfico que daría enseguida la vuelta al mundo. Los infortunados ingleses no pudieron disfrutar de su hazaña, aunque fue reconocida y aplaudida en todas partes. Roald Amundsen, después de ser vitoreado en Europa y América y de sobrevolar el Polo Norte en el dirigible italiano Norge, murió arruinado y con 56 años, en mayo de 1928, cuando su hidroavión cayó en su amado Ártico mientras acudía al rescate de su amigo-enemigo Umberto Nobile. Tampoco hubo champán entonces. En la nieve helada no se encontró su cuerpo.