Niebla, por Javier Reverte

La esencia de la aventura reside en no saber qué hay más allá de donde te encuentras ni cuál va a ser tu respuesta. Y eso acontece, en forma más aguda, cuando te ves rodeado por la bruma. Es irremediable: me gusta la niebla.

Javier Reverte

Muchos de los mejores viajes de mi vida los he hecho entre la bruma. Recuerdo, por ejemplo, una madrugada en el puerto de Kinshasa, esperando la hora de la partida, para navegar río Congo aguas arriba. Yo había llegado al barco la tarde precedente, horas antes de que el sol se pusiera. Era un día de calor agobiador y la calima inundaba los muelles y la superficie del río parecía crecer desde la tierra como si el suelo transpirase y jadeara de fatiga. Había conseguido, casi por milagro, una plaza en aquel transbordador sin cabinas, sin literas, sin nada que se pareciese a lo que un europeo espera encontrar en un buque. Y el capitán de la nave me había alojado en donde mejor le pareció: en un sofá de patas de madera y cojines de plástico, justo en el puente de mando, a la espalda de la rueda del timón. Me acomodé allí como buenamente pude. Al menos, el aire corría entre las ventanillas abiertas de babor y estribor. Y se podía respirar un poco. Me dispuse a esperar la partida mientras me comía un par de plátanos tan dulces y pringosos como la miel.

Los barcos de mercancías, los cargueros, tanto en los ríos como en los mares, nunca se sabe bien cuándo salen ni, en consecuencia, cuándo llegan. Es lo mejor que tienen. Aquel día el horario estaba previsto para el atardecer, pero a causa de un retraso en la carga del buque no pudimos zarpar hasta la madrugada de la siguiente jornada. De modo que me eché a dormir en aquel incómodo sofá que me clavaba sus muelles y que, sin embargo, al paso de los días se iba a convertir en uno de los lechos más amables sobre los que he descansado en toda mi vida.

Recuerdo la alborada: el bramido de la sirena y un brusco movimiento cuando la nave se despegó abruptamente del muelle y los marineros recogieron los cabos de amarre que les echaban desde tierra. Luego, un sutil bamboleo, como si el transbordador quedase abandonado a la fuerza del río. Y enseguida el motor rugió, haciendo estremecerse el casco y recuperando así el gobierno del barco sobre el capricho del agua. Echamos a navegar con lentitud, sin que la sirena cesara de aullar y otros barcos respondieran a la despedida con el lamento de las suyas.

Salté del sofá, salí a cubierta y miré alrededor. La niebla cubría la superficie del Congo, diez metros más allá de donde yo me encontraba, y los barcos atracados en el muelle, mientras nos separábamos de tierra, parecían sombras de buques resucitados, fantasmas de barcos naufragados que presagiaban para nosotros un mal viaje. Luego, la niebla los engulló.

Un faro de enorme potencia alumbraba el agua desde la proa y el capitán dirigía la nave hacia un mundo de tinieblas, entre la espesa bruma que parecía jironarse al paso de nuestro buque. Me pareció que aquella era una maniobra suicida y que podríamos chocar con otro barco que viniese en dirección contraria a la nuestra, sin tiempo para percibir su llegada y esquivarlo con una rápida maniobra.

Pero al tiempo me sentí como un niño. ¿Qué más podía haber pedido en mi niñez soñadora de aventuras que un barco en África, una mañana rodeada por los llantos de las sirenas y un río salvaje cubierto por la boria? La vida se había impregnado, de pronto, de un aliento épico. Y yo era el protagonista de una novela de aventuras reales que comenzaba a escribirse.

No ha sido la última vez. He esperado otro barco entre la bruma en el lago Tana, en Etiopía, y he viajado en trenes que se abrían camino en la niebla en Egipto y Argelia, en México y Canadá. Tienes la sensación de que caminas a tientas por el mundo o de que el mundo deja por unos momentos de existir y que tú mismo eres un sueño de ti mismo.

Ahí reside la esencia de la aventura: en no saber qué hay más allá de donde te encuentras y ni siquiera saber muy bien quién eres ni cuál va a ser tu respuesta a cuanto suceda a partir de ese instante. Y eso acontece, en forma más aguda, cuando te ves rodeado por la bruma.

Es irremediable: me gusta la niebla.