Nativos

He recordado los días en que todos nosotros, la gente de mi generación y de las anteriores, éramos racistas sin saberlo. 

Javier Reverte
 | 
Foto: Raquel Aparicio

En un libro que acaba de ver la luz, La historia indígena, y del que es autora Roxanne Dunbar-Ortiz, encuentro sustanciosos datos sobre la historia de las campañas indias llevadas a cabo por los pioneros blancos y el ejército de los EE UU, principalmente en el siglo XIX, y elementos que hacen comparables aquellas operaciones –mezcla de acción militar y de política genocida– con el desarrollo de una forma de entender la guerra por parte de los norteamericanos a escala mundial. Es un libro que cabalga entre el ensayo y el relato histórico y desvela elementos que devuelven a las expresiones imperialismo y racismo una inesperada actualidad. Para Durban-Ortiz, lisa y llanamente las fuerzas locales que hoy emprenden los USA tienen, en muchos aspectos, gran similitud con las guerras indias del pasado, y unas y otras responden a una misma estrategia y a una misma finalidad.

Leyendo el libro he recordado los días en que todos nosotros, la gente de mi generación y de las anteriores, éramos racistas sin saberlo. Cuando íbamos al cine, en aquellas inolvidables tardes de sesión continua, aplaudíamos a rabiar las cabalgadas de la caballería de Custer contra los malévolos sioux de las montañas de Dakota. Todos los críos de entonces sabíamos de memoria el toque de corneta para ordenar la carga de aquellos héroes de azul. Los indios no eran, además, los únicos malignos: estaban también los traicioneros árabes, los salvajes africanos, los abyectos asiáticos... Mucho se habló hace unos pocos años de “el negro de Banyoles”, pero poca gente recuerda que, a comienzo de los años 50 del siglo pasado, en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid hubo expuesto un africano, disecado, en una urna, nominado Nativo. El término nativo de entonces no tenía una connotación equivalente a la de natural de... sino que escondía un matiz de oposición a la predominante y exquisita raza blanca. Y la misma palabra raza tenía entonces una significación excluyente. Hoy, por fortuna, no hay antropólogo que la utilice.


He recordado los días en que todos nosotros, la gente de mi generación y de las anteriores, éramos racistas sin saberlo. 


Recuerdo, de aquellos días, al peor de todos los enemigos de los blancos: el feroz chino Fu Manchú, cuyas uñas eran como garras de pantera y cuya mirada recordaba la de un tigre. Si hoy apareciera en la pantalla del cinematógrafo nos daría un ataque de risa. Pero entonces nos resultaba aterrador.

Respecto al imperialismo, ha sucedido tres cuartos de lo mismo. En mi infancia hacían furor unos cómics que se titulaban Hazañas Bélicas y que, en su mayoría, recogían historias referidas a la Segunda Guerra Mundial. Resulta curioso que, en aquellos tebeos, los buenos fueran siempre los alemanes y los americanos, mientras que los malos eran sin excepción los rusos y los japoneses. Cosas de aquel franquismo felizmente ido...

Multitud de libros y de filmes, en los años posteriores, han puesto patas arriba aquellos viejos conceptos e ideas dislocadas. En su libro Gruñidos imperiales, el analista y escritor de viajes americano Robert D. Kaplan –citado a menudo por Dunbar-Ortiz– señala que las tácticas empleadas por el ejército norteamericano en la lucha de contrainsurgencia que lleva a cabo en muchos y alejados países del planeta –Afganistán, Iraq, Colombia...– recuerda a la estrategia empleada en territorio indio de los EE UU durante el siglo XIX.

Para Dunbar-Ortiz, no todo concluyó en Wounded Knee, sino que tuvo su continuación en Vietnam y otros lejanos lugares de Asia, América Latina y África. Escribe la autora de este libro: “Las rápidas e irregulares acciones contra los indios –inmortalizadas en bronce y óleo por Remington– dieron forma a la naturaleza del nacionalismo estadounidense”. 

¿La Historia se repite?