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Nació en Barakaldo, pero el refugio de Anabel Alonso (61 años) es un municipio marinero de Bizkaia donde descubrió su vocación: "Cuando entré ahí vi que realmente era lo mío"

Cuatro décadas en Madrid no han borrado el acento de este rincón de la ría, el mismo que le entregó dos premios y una raspa de sardina de bronce.

Premiada por su propia ciudad, este es el refugio al que la actriz siempre regresa.

Premiada por su propia ciudad, este es el refugio al que la actriz siempre regresa. / Istock

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Hay actrices que hablan de su pueblo con la nostalgia impostada de quien ya no vuelve. Anabel Alonso no es una de ellas. A sus 61 años y con casi cuarenta viviendo en Madrid, la actriz sigue teniendo una dirección sentimental fija en la margen izquierda de la ría del Nervión: Santurtzi, el municipio donde creció, donde subió por primera vez a un escenario y donde, en dos ocasiones —en 2012 con el Premio Santurtzi de Santurtzi Gastronomika, y en 2017 con el Premio Serantes del festival Santurzine— volvió a recoger lo que allí le dieron primero: un lugar donde ser alguien.

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Adriana Fernández

Ella nació en Barakaldo, a pocos kilómetros río arriba, pero fue en Santurtzi donde a los 15 años se apuntó a un grupo de teatro amateur sin saber muy bien por qué. "Cuando entré ahí vi que realmente era lo mío", contaría después, ya con Los ladrones van a la oficina, 7 vidas y la voz de Dory en Buscando a Nemo a sus espaldas. El contraste no podría ser más nítido: una carrera hecha de platós, focos y Madrid frente a un municipio de 47.000 habitantes que huele a sardina asada y salitre, y que sigue siendo, cuatro décadas después, el sitio al que se vuelve cuando algo importa de verdad.

Kaiku puente, Barakaldo

Kaiku puente, Barakaldo / Istock / unknown

Una ciudad que se hizo a base de red y astillero

Santurtzi no es un pueblo de postal, es una ciudad de la ría con oficio. Antes de que nadie hablara de turismo o de festivales, aquí se vivía de dos cosas: el mar y el hierro. La pesca marcó el origen del municipio, con una flota que salía al Cantábrico desde el Abra y volvía cargada de sardina, la misma que después había que vender puerta a puerta en Bilbao. Con el siglo XX llegó la segunda vida de Santurtzi, la industrial, con los grandes astilleros de la ría dando trabajo a generaciones enteras y convirtiendo el municipio en una pieza clave del Gran Bilbao obrero. Esa doble herencia —pesquera y fabril— es la que explica el carácter de la gente de aquí: directo, poco dado a la solemnidad, orgulloso sin necesidad de subrayarlo.

Santurtzi, Bizkaia

Santurtzi, Bizkaia / Wikicommons / Gorka Salces - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=91566696

Caminar hasta la escultura de La Sardinera, en el paseo junto al puerto, es entender de golpe de qué está hecha esta identidad. La estatua rinde homenaje a las mujeres que cargaban cestas de sardinas a la cabeza y caminaban a pie hasta Bilbao para venderlas, un trabajo agotador que durante décadas sostuvo la economía de cientos de familias santurtziarras. No es una figura decorativa: es la memoria de un oficio duro hecho por mujeres, y cualquier visita al municipio debería empezar precisamente ahí, frente a ella, antes de subir al Monte Serantes. Desde sus 449 metros se domina todo el Abra, el Cantábrico abriéndose hacia el norte y la margen izquierda entera desplegada como un mapa; sube quien quiera oxígeno y una panorámica que no está en ninguna guía turística de Bilbao capital.

Fuerte Izenekoa, Santurtzi

Fuerte Izenekoa, Santurtzi / Wikicommons / Gorka Salces - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=91566694

El festival que entrega una raspa como quien entrega un Óscar

Aquí es donde Santurtzi deja de parecerse a cualquier otro municipio pesquero de la costa cantábrica. Desde 2013, la asociación local Saregabe organiza el Santurzine, un festival de cortometrajes que no nació en un palacio de congresos sino proyectando en los bares del pueblo, entre cañas y conversaciones de barra, que es probablemente la forma más honesta de empezar un festival de cine. Con los años el certamen ha ganado tamaño y prestigio sin perder esa raíz de barrio: hoy tiene su sede principal en el Serantes Kultur Aretoa, el auditorio municipal con tres salas —de 600, 194 y 190 localidades— que además acoge el decano de los festivales de teatro de Bizkaia, otra tradición cultural que Santurtzi lleva sosteniendo con discreción durante años.

El premio principal del Santurzine se llama Raspa de Oro, y el galardón honorífico —el Premio Serantes, que toma el nombre del monte que vigila el municipio— es literalmente una raspa de sardina esculpida en bronce por el santurtziarra José Antonio Bravo sobre un diseño de Charly Urbina. No es una broma local ni una ocurrencia de última hora: por esa lista de honor han pasado nombres como Juanma Bajo Ulloa, Jon Garaño, Itziar Ituño, Pablo Berger y, en la gala del 7 de octubre de 2017 en el propio Serantes Kultur Aretoa, la propia Anabel Alonso. Que el máximo honor de un festival de cine sea una espina de pescado tiene todo el sentido si se entiende que la sardina es lo que puso a Santurtzi en el mapa de España entero, gracias también a una zarzuela tan popular como "Desde Santurce a Bilbao", que lleva más de un siglo repitiendo el nombre del municipio en cada verbena y cada casete de coche.

Cómo llegar y qué no dejar de ver

Desde Bilbao, Santurtzi está a un salto de metro. La Línea 2 combinada con Cercanías Renfe deja en el municipio en unos 25 minutos desde la estación de Abando, y en coche el trayecto por la autopista no llega a los 20 minutos, así que no hay excusa para no bajar hasta la ría en una tarde libre. Desde Madrid, el AVE a Bilbao ronda las 2 horas y 20 minutos, una duración que convierte la escapada en un plan de fin de semana perfectamente razonable, con Santurtzi como colofón marinero después de haber pasado por el Guggenheim, el Casco Viejo y el mercado de la Ribera bilbaínos.

Detalle del Museo Guggenheim de Bilbao

Detalle del Museo Guggenheim de Bilbao / Istock

Una vez en el municipio, el recorrido obligado empieza en La Sardinera y el paseo marítimo del puerto —activo, con tráfico comercial real y ambiente de puerto de verdad, no un decorado para turistas—, sube al Monte Serantes para las vistas y se completa con una visita a la Casa Torre Jauregia, el edificio del siglo XVIII reconvertido en espacio cultural que también acoge encuentros del festival. A solo 6 kilómetros espera el Puente Colgante de Bizkaia, entre Getxo y Portugalete, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2006, prácticamente una extensión natural de cualquier visita a Santurtzi por lo cerca que queda. Para comer, los bares del casco antiguo mantienen la tradición de pintxos, pescado de ría y algún txakoli bien servido, aunque conviene confirmar la oferta actualizada al llegar. La mejor época depende de qué se busque: julio, con las Fiestas del Carmen llenando el municipio de actividades entre el 11 y el 20, u octubre, cuando el Santurzine ocupa bares y salas de cine y crece esa expectación tan particular por saber quién se lleva la raspa a casa.