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Nacieron a 320 kilómetros y se encontraron en internet: las raíces separadas de Carolina Cerezuela y Carlos Moyá están entre un Patrimonio de la Humanidad y una isla con el rosetón gótico más grande del mundo

Ella creció junto a un palmeral que es Patrimonio de la Humanidad. Él, a los pies de una catedral con el rosetón más grande del mundo. No se cruzaron nunca en persona hasta que ya se habían enamorado por correo.

Dos raíces separadas y un mismo destino.

Dos raíces separadas y un mismo destino. / Istock

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Hay poco más de 320 kilómetros en línea recta entre los dos puntos donde nacieron. Ni un tren ni una carretera los une directamente -uno de los dos vive en una isla-, así que cualquier cálculo de distancia entre ellos tiene que hacerse por aire o por mar. Durante los primeros años de sus vidas ninguno de los dos pisó jamás la ciudad del otro.

Palmeral de Elche.

Palmeral de Elche. / Istock

Fue un conocido común quien los puso en contacto, y lo que empezó como una simple recomendación se convirtió en un mes entero escribiéndose correos electrónicos. Después llegó el número de teléfono, y con él otro mes a base de mensajes de texto. Cuando por fin quedaron en persona, ella reconoció después que sentía miedo. Él ya se había enamorado antes, viéndola en televisión, sin conocerla de nada.

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Adriana Fernández

Ese primer encuentro cara a cara terminó en boda, en tres hijos y en una vida compartida en Mallorca. Pero antes de esa isla hubo otro punto de partida, a cientos de kilómetros: Elche, la ciudad natal de ella. Dos orígenes que no se parecen en nada y que hoy, sin haberlo buscado, se han terminado convirtiendo en la misma historia.

Un mes de correos y otro de SMS

Fue en 2007, según cuentan tanto ella como distintas entrevistas concedidas por la pareja a lo largo de los años, cuando aquel conocido común decidió presentarlos, aunque fuera solo por email. Carolina Cerezuela, actriz que ya empezaba a hacerse un nombre por su papel en "Camera Café", y Carlos Moyá, extenista que había sido número uno del mundo en 1999 y que por entonces se acercaba a la retirada de las pistas, no se conocían de nada.

Ella misma lo contó después, en una entrevista concedida a Lecturas: "Estuvimos como un mes mandándonos mails". El siguiente paso llegó más tarde: "Poco después le di mi número de teléfono, y estuvimos un mes más a base de SMS". Carlos, por su parte, ya tenía una ventaja: la había visto en televisión antes incluso de que se escribieran. "La vi en la tele y me enamoré sin conocerla", confesó años después en el programa "Mi casa es la tuya", de Telecinco.

Carolina Cerezuela y Carlos Moya.

Carolina Cerezuela y Carlos Moya. / Gtres

Cuando el correo y el SMS dieron paso al encuentro real, Carolina reconoció que el miedo no la abandonó hasta el último momento: "Aunque tenía miedo, al verlo comprendí que era el hombre de mi vida." De aquello han pasado ya cerca de dos décadas. Se casaron en julio de 2011, en una boda íntima y por sorpresa en el registro civil de Llucmajor, con su hija Carla, que ya había nacido, como única invitada menor de edad. Hoy son tres hijos: Carla, Carlos y Daniela y una vida instalada en la isla donde él nació.

La ciudad que se cuenta por palmeras

En Elche no hace falta ir muy lejos para toparse con una palmera centenaria: hay más de 200.000 repartidas en unas 500 hectáreas, la mayor concentración de palmeras de Europa y la razón por la que la Unesco declaró el conjunto Patrimonio de la Humanidad el 30 de noviembre de 2000. Es la ciudad donde nació Carolina Cerezuela, el 14 de enero de 1980, y donde más tarde estudió Relaciones Laborales en la Universidad Miguel Hernández antes de dedicarse a la interpretación.

Fuente dentro del Palmeral de Elche

Fuente dentro del Palmeral de Elche / Istock

El rincón más visitado de todo el Palmeral es el Huerto del Cura, un jardín privado convertido en museo botánico donde crece la Palmera Imperial, bautizada así en 1894 en honor a la emperatriz Sissi, que la visitó ese mismo año y quedó tan impresionada con sus siete brazos en forma de candelabro que dio nombre al ejemplar. Sigue en pie hoy, más de un siglo después, y sigue siendo la fotografía obligada de cualquiera que pase por allí.

Lo que pocos saben es que la ciudad tiene una segunda distinción de la Unesco, algo poco frecuente incluso entre las grandes capitales del patrimonio español: el Misteri d'Elx, la representación religiosa medieval que cada mes de agosto llena la Basílica de Santa María, fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2001.

Plaza del Palau y Basílica de Santa María, en Elche

Plaza del Palau y Basílica de Santa María, en Elche / Istock

Y hay otro dato que sorprende a quien solo asocia Elche con palmeras: la ciudad tiene playa propia, casi 9 kilómetros de costa repartidos en seis arenales (Arenales del Sol y El Pinet, entre otros) a pocos minutos del casco urbano. Antes de ser madre de Carla, Carlos y Daniela, Carolina ya había sido imagen turística de su ciudad natal, en el stand de Elche en Fitur 2008.

La catedral que empezó a construirse en 1229

Palma no se entiende sin La Seu recortada sobre el mar, y La Seu no se entiende sin su rosetón. La construcción de la catedral arrancó en 1229 por orden de Jaime I, apenas conquistada la isla, y se prolongó durante siglos: el rosetón mayor, el que corona el ábside, se añadió en 1370, aunque sus vidrieras no se completaron hasta el siglo XVI. Es, según numerosas guías, el rosetón gótico con mayor superficie acristalada de toda Europa con casi 100 metros cuadrados, aunque el dato exige un matiz: en diámetro puro, tanto el de Estrasburgo como el de Notre-Dame de París lo igualan o lo superan. Lo que hace único al de Mallorca no es lo ancho, sino lo que deja pasar: cada 2 de febrero y cada 11 de noviembre, la luz de la mañana lo atraviesa y proyecta un ocho luminoso sobre el muro opuesto, un fenómeno que congrega a cientos de personas cada año.

Interior de La Seu, en Mallorca.

Interior de La Seu, en Mallorca. / Istock

A principios del siglo XX, entre 1904 y 1914, Antoni Gaudí metió mano en el interior del templo: retiró el retablo barroco que ocultaba el ábside, rediseñó el baldaquino y dejó una intervención que sigue generando debate entre quienes prefieren la Seu medieval y quienes valoran el gesto modernista. Es en Palma donde nació Carlos Moyá, el 27 de agosto de 1976, número uno del mundo en 1999 y hoy entrenador de tenis.

La Catedral de Santa María de Palma

La Catedral de Santa María de Palma / Istock

Alrededor de la catedral se despliega el casco antiguo de Palma: calles estrechas que bajan hacia el paseo marítimo, el Palau de l'Almudaina justo enfrente, y terrazas que en cualquier época del año miran hacia la fachada gótica. Entrar hoy en La Seu sigue siendo, para buena parte de quien la visita por primera vez, una sorpresa de escala: naves altísimas, piedra clara y esa luz que cambia de color según la hora, colada a través de las vidrieras.

Un pueblo de molinos y un mostrador con casi setenta años

A 17 kilómetros de Palma está Llucmajor, el municipio donde Carlos Moyá y Carolina Cerezuela se casaron en julio de 2011, en una ceremonia civil que cogió por sorpresa hasta a parte de su propio entorno. El pueblo conserva uno de los mayores conjuntos de molinos de viento de toda Mallorca, decenas de torres de piedra que en su día molían grano y que hoy salpican el paisaje entre el núcleo urbano y la costa. Esa misma costa esconde dos enclaves que merece la pena conocer: Cala Pi, una cala estrecha y profunda encajada entre pinares, de aguas casi turquesa, y el Cap Blanc, un cabo de acantilados abruptos sobre el Mediterráneo, coronado por un faro que sigue en funcionamiento.

Iglesia de Llucmajor.

Iglesia de Llucmajor. / Istock

De la mesa mallorquina hay mucho que contar, pero uno de los sitios que mejor la resume en Palma sigue siendo el Celler Sa Premsa, en la Plaça del Bisbe Berenguer de Palou. Abrió en mayo de 1958, cuando un banquero llamado Antonio Mayol decidió convertir un antiguo almacén en restaurante, y hoy lo dirige ya la tercera generación de la misma familia. Las paredes siguen forradas de grandes toneles de vino y carteles deportivos antiguos, y de la cocina sale frito mallorquín, tumbet, lomo con col, caracoles y unas aceitunas y lentejas con ajo que llevan en la carta más de medio siglo. Antes de sentarse, conviene confirmar que sigue con las puertas abiertas: en una ciudad que cambia rápido, casi setenta años ininterrumpidos son ya una rareza que merece comprobarse.

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