Música a bordo, por Mariano López

La playa con la que sueñas, el castillo, la ruta o la sabana poseen su propia banda sonora.

Mariano López

Murió el último superviviente del Titanic y aún queda un misterio sin resolver: ¿tocaba la orquesta mientras el crucero se hundía? El asunto es importante. Durante décadas, la presunta actitud de la orquesta del Titanic ha alimentado la fe en el valor, la dignidad y el sentido artístico del género humano. Vestidos con sus levitas, sin otro salvavidas que la música de sus violines, los nueve músicos del RMS Titanic siguieron tocando, al parecer, aún después de que el barco, herido por el hielo, entrara en velocidad vertical rumbo al fondo del océano. La orquesta del Titanic estaba dirigida por Wallace Henry Hartley, violinista. Se cree que su última canción, la que interpretaron cuando el barco ya se inclinaba, fue el himno Nearer, my God, to Thee ("Más cerca, oh mi Señor, de Ti"), un título apropiado. Otros testigos creen recordar que la banda acometió Autumn ("Otoño"), un vals muy bailable, y algún erudito asegura haber reunido pruebas que acreditan que entonaron un salmo, una oración.
El cuerpo sin vida de Wallace H. Hartley fue hallado entre el hielo, junto a su violín. A su funeral asistieron más de treinta mil personas. La naviera aportó algunas libras a la construcción de la lápida, pero antes facturó a la familia los gastos derivados de la pérdida del uniforme. Ya se sabe que en las tragedias surgen tantos héroes como villanos. En el puerto de Southampton, Inglaterra, se levanta un monumento a los músicos del Titanic, y en Coine, Lancashire, otro a la memoria de su director. Verdadera o casi, la historia de los músicos del Titanic dejó su huella. No es el único ejemplo honorable que debemos a un naufragio: el capitán del HMS Birkenhead, que se hundió en 1852 frente al Cabo de Buena Esperanza, fue el primero que ordenó salvar a las mujeres y a los niños antes que a nadie. Pero hablábamos de música. El pasado abril, el crucero MSC Melody, con 991 pasajeros y 536 tripulantes, navegaba a 700 millas al este de la costa de Kenia cuando recibió varias ráfagas de metralleta: piratas somalíes disparaban contra el casco del barco mientras trataban de subir a cubierta. El capitán, Ciro Pinto, repartió pistolas entre los guardias de seguridad, que habían sido adiestrados por el Mossad israelí; hizo rolar el barco y ordenó apagar las luces. Los marineros repelieron el ataque. Fue un combate en toda regla. Durante el intento de abordaje, la orquesta siguió sonando. No podía ser de otra manera. La música sostiene el alma y, en vacaciones, podría decirse que cuida y protege a los turistas. No existe un crucero sin orquesta ni un hotel que se precie sin piano. Para cuándo, por cierto, el homenaje que merecen todos los músicos que tocan para los viajeros de corazón solitario. Cuando salgo de viaje, a mí me gusta saber que ahí fuera, en alguna parte, hay una melodía que me está esperando. Sé por experiencia que la playa con la que sueñas, el castillo, la ruta o la sabana poseen su propia partitura. Una música que cambia con los años y los afectos, pero que siempre suena. La banda sonora de cada viaje. A Ulises le acompañó hasta Ítaca y a Gauguin a Tahití. Esa música a veces coincide con la del pianista del hotel o con la de la orquesta del crucero. Entonces surge un momento mágico. Una conmoción singular, que los músicos agradecen y que les anima a seguir tocando. Pase lo que pase.