La mujer que susurra a los elefantes

Soraida Salwala vive para salvar elefantes en el hospital que ella misma creó al norte de Tailandia.

Carma Casulá
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Foto: carma casula

El amor de Soraida por los elefantes aflora por cada poro de su piel. Por ese noble e inteligente animal convertido en el símbolo nacional de Tailandia, donde forman parte de su historia y tradición desde hace más de 4.000 años. Tenía ocho años cuando en un viaje en coche con su familia se toparon con un elefante tendido en la carretera junto al que lloraba un hombre. Acababa de ser atropellado por un camión. “¡Deberíamos llevarlo al médico, papá!”, dijo la niña, pero su padre le contestó que no podían, que era demasiado grande. Así que retomaron ruta y al poco oyeron un disparo seco, no tuvo oportunidad alguna de ser tratado.

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Ese ruido es uno de los primeros recuerdos que acompañan a esta mujer luchadora nacida en Bangkok hace 65 años, y una de las razones por las que tres décadas después creó la fundación Friends of the Asian Elephant (FAE 1993), Amigos del Elefante Asiático, que dio paso entre sus principales proyectos al Hospital FAE, el primer centro de atención exclusiva para paquidermos del mundo. Establecido en la Reserva Nacional Mae Yao de Lampang, cerca de la ciudad dorada de Chiang Mai y puerta de entrada a la Región Norte, donde se concentran la industria maderera y las propuestas turísticas para conocer y disfrutar de los elefantes.

Gigantes madereros

Hubo un tiempo en el que cerca de 100.000 elefantes trabajaban sacando troncos para la industria maderera de este país, que ha vivido de sus bosques como principal recurso económico hasta hace apenas tres décadas. En la actualidad, según FAE, en Tailandia viven en torno a 2.500 elefantes silvestres y 4.000 ejemplares en cautividad. 

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El monopolio de la tala comercial fue extranjero hasta que el gobierno Thai creó el Departamento Forestal Real, declaró los bosques propiedad del Gobierno y fundó la Organización de Industria Forestal (FIO) para la que adquirió numerosos paquidermos. “La situación de los elefantes en el país se volvió crítica cuando el Gobierno prohibió la tala de árboles en 1989 y muchos de estos animales quedaron sin ocupación”, comenta Soraida. En poco tiempo un gran excedente de estos grandes mamíferos fue una carga para sus propietarios, la mayoría particulares. Sin ingresos los mal alimentaban, los usaban para mendigar, los incorporaban al creciente turismo o vendían al mejor postor. Si además se suma la pérdida de su hábitat natural debida a la creciente deforestación, el aumento de población humana e infraestructuras, la caza furtiva y el tráfico ilegal, el efecto es devastador.

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Un monumento de la Familia Real tailandesa marca el acceso al camino que se adentra en el bosque que conduce a FAE. En el mismo año y misma masa verde se instaló como vecino el Centro Conservación de Elefantes Thai (TECC), puesto en pie por FIO tras considerar como única ocupación viable el integrar a sus mamíferos en el creciente turismo. Dos centros independientes, como se apresura a indicar Soraida, ya que FAE es hospital que trata tanto a seres silvestres como cautivos. TECC se focaliza en los cautivos y abre al público como “campo de exhibición” con 94 paquidermos que muestran al visitante su labor maderera y han logrado que la “hora del baño” con sus mahouts sea una de las imágenes más icónicas del país. También cuenta con hospital, clínica móvil veterinaria gratuita, unidad de rescate, escuela de mahouts y fomenta su cría en cautividad.

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Nace un hospital pionero

El detonante que llevó a Soraida a los 36 años a abandonar su vida urbanita y acomodada en Bangkok donde administraba la joyería familiar para dedicarse a los elefantes fue otro atropello, esta vez de una cría embestida por un camión. Supo que la pequeña malherida fue a parar al zoológico Dusit de la capital, sin recibir tratamiento. FAE acababa de consolidarse y pese a proponer la cura sin coste, las autoridades decidieron que su destino era morir lentamente. Atónita ante la negativa, movilizó a la opinión pública y se consiguió al menos paliar los dolores de la pequeña Honey.

Días de agonía en los que Salwala permaneció junto a ella susurrándole al oído para calmarla, mimarla y alimentarla con trozos de sandía, hasta que murió. “Hay que buscar un lugar para ayudar y darles un futuro para nunca más ver sufrir un animal así”, y trazó un plan. Creó el Hospital FAE para ofrecer atención gratuita a sus pacientes heridos o mutilados, tratados también psíquica y emocionalmente. Entonces apenas había veterinarios especialistas, y pidió ayuda al Dr. Preecha Phuangkum, principal paquidérmico de la nación y del Departamento Forestal Real, fichado como su mano derecha y veterinario jefe del Hospital FAE, quien además dirige el Instituto Nacional de Elefantes. Hasta la fecha, Soraida y su personal han tratado a cerca de 5.800 elefantes entre el hospital y unidad clínica móvil; de ellos, 919 necesitaron hospitalización. También organizan unidades móviles veterinarias, ofrecen formación a veterinarios y respaldan a investigadores. 

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Sus 18 “habitaciones” son macrohabitáculos techados en torno a una gran plaza de tierra y una pista para paseos y rehabilitaciones rodeadas por cinco hectáreas de bosque. Es necesario el aislamiento y tranquilidad de sus 15 a 20 ingresados, susceptibles a los ruidos. Cinco de ellos son residentes permanentes de la familia FAE, “ya que ellos no podrían vivir sin ayuda médica”, añade la activista. Por ello, es clave tener taller propio de prótesis, que fabrica y repara patas de acero y polímero que evolucionan según el crecimiento, peso y desgaste del animal sin las esperas ni altos costes de laboratorios externos.

Además de los casos por detonaciones, accidentes de tráfico y desnutrición, Dante (12), Bobo (18) y otros acogidos sufren problemas vinculados con el cautiverio y la sobrecarga de trabajo, ensillados y con cadenas en las patas durante horas parados en pie que les provocan profundas heridas y llagas, abrasiones en almohadillas por andar en superficies duras como el asfalto, por la adicción a drogas suministradas por los dueños para rendir más y sin descanso suficiente. O castigos con el ankus, gancho metálico empleado tradicionalmente para dominarlos. Y, por supuesto, por problemas psicológicos.

D.R.

Soraida Salwala es conocida por cualquiera que aprecie a los elefantes. También por visitar las facultades de Veterinaria para implicar a futuros especialistas, más allá de los animales de compañía. Pero también lo es por incomodar a sus detractores en su lucha frontal por la que ha sufrido duras amenazas, e incluso accidentes, al toparse con los intereses económicos de los cazadores furtivos. “Es necesario el activismo y formar parte de grupos conservacionistas”, asegura. Como en 2006 cuando paralizó el traslado de 80 elefantes hacia un zoo de Australia para crear el espacio más grande de elefantes asiáticos. El convoy fue bloqueado pocos minutos antes de emprender viaje hacia Bangkok. Los paquidermos fueron devueltos a casa.  

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Los cometidos de FAE van más allá. Impulsa cambios profundos y permanentes en las costumbres y normativas para generar una mayor sensibilidad no solo por los paquidermos salvajes, sino también por los cautivos, con alianzas nacionales e internacionales entre instituciones, ONG, conservacionistas y especialistas implicados. Tras años abogando por un mayor control de fronteras y el endurecimiento de las penas para combatir la caza furtiva y el comercio ilegal, un censo de elefantes más riguroso con el registro de nacimientos antes de las dos semanas de edad y no a los ocho años, y una base de datos de ADN, algunas cosas están cambiando. Desde 2016 se han generado mejoras legislativas a favor del bienestar animal y las atracciones turísticas se están alejando de los actos circenses. 

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Elefantes y auge turístico

Tailandia ha vivido un boom turístico desde el 2000, y con ello los espectáculos y actividades con elefantes. Antes de la pandemia, en 2019 llegaron casi 40 millones de viajeros. Según encuestas de World Animal Protection (WAP), en torno al 28% de los visitantes montaron elefantes o tenían la intención de hacerlo; unos 11 millones de paseos, cerca de 2.700 anuales asignados por cabeza. Ante ello, y dadas las restrictivas leyes thais y que la poderosa industria turística necesita de muchos ejemplares, la actividad ilegal se ha trasladado a la vecina Myanmar, donde los controles son menores. Sobre todo, crías y jóvenes fáciles de entrenar con el Pajaan, brutal adiestramiento ancestral practicado desde hace siglos para “quebrar el espíritu” hasta su sometimiento mediante técnicas que tienen más que ver con la tortura.

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Dada su dificultad para reproducirse en cautividad, la tendencia es arrebatarlos al medio silvestre con un destete prematuro y el frecuente asesinato de sus madres, para luego enternecer como bebés huérfanos a los que alimentar con biberón, bañar o jugar. A pesar de todo, según Soraida, el boicotear el turismo con paquidermos no es la mejor solución, pues solo les perjudica al dejar a sus propietarios sin ingresos para cuidarlos. Un hecho que se ha evidenciado con la crisis provocada por la pandemia COVID-19, y la consiguiente falta de recursos con el desplome del turismo, es la gran dependencia y fluctuación que este provoca en la calidad de vida de los animales.

Y dado que la mayoría ha vivido siempre en cautividad con importantes secuelas, difícilmente podrían reintroducirse en su hábitat natural, reducido progresivamente dado el cambio del sistema de vida y el aumento del territorio agrícola, con peligro del posible uso de pesticidas pese a ser un país con clara tendencia a la producción ecológica. “Está siendo extremadamente difícil para los elefantes y sus propietarios, ya que dependen únicamente de los turistas, en su mayoría extranjeros. Sin ingresos es imposible alimentar a los elefantes y a sus propias familias, ni atención médica”, comenta Soraida. Mientras, el hambre se ha llevado por delante a decenas de estos nobles mamíferos en los últimos dos años. Necesitan desesperadamente ayuda inmediata.

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“En FAE hemos tenido problemas, agudizados al reducirse las donaciones y apadrinamientos. Aun así, estamos siendo muy afortunados. Por ello, en este periodo enviamos suministros médicos de primeros auxilios a campamentos y propietarios privados de elefantes”. Si su realidad con sobrecarga de turistas es mala, hasta no aplicar alternativas y cambios adecuados sin ellos puede ser peor. “El primer paso es que los dueños entiendan que pueden seguir haciendo negocio pero no maltratar al animal, luego seguimos más pasos”, puntualiza Salwala.

Debe darse un cambio hacia un modelo turístico ético y responsable. Una transición en la que se encuentra Golden Triangle Asian Elephant Foundation, creada en el famoso Triángulo de Oro, donde las aguas del gran río Mekong crean la frontera con Myanmar y Laos. Emplean técnicas de adiestramiento de refuerzo positivo, poco implementado y moderno todavía donde “se trata más de entrenar al mahout que al elefante”, alega su director John Roberts. Integran a 21 grandes paquidermos rescatados. Dados sus altos costes de mantenimiento, pues llegan a pesar 5.000 kg y a comer al día el equivalente del 8 o 10% de su peso con una esperanza de vida de 70 años, los que pueden trabajar prestan su apoyo económico con “horario de oficina” de seis horas en algunos hoteles asociados, para luego vivir semilibres en sus 65 hectáreas de bosque. Otros adoptados viven aquí su jubilación.