El monumento que maravilló a Miguel Ángel antes de pintar la Capilla Sixtina: "Es obra de ángeles celestiales y no del hombre"
El edificio más antiguo del mundo en uso continuo todavía deja sin palabras a quien cruza su umbral por primera vez, y su cúpula —la mayor construida en hormigón sin armar en toda la historia de la arquitectura— lleva casi dos mil años burlándose de todo lo que vino después.

El Panteón de Roma es uno de los lugares más impresionantes del mundo, palabra de Miguel Ángel. / Istock
Roma tiene una habilidad peculiar para hacer que cualquier cosa que hayas visto antes parezca un ensayo. Llegas pensando que ya sabes lo que te vas a encontrar —has visto fotos, documentales, has leído reportajes— y luego cruzas el umbral del Panteón y te quedas parado en mitad de la rotonda sin saber muy bien qué hacer con las manos. No es el tamaño, aunque la cúpula mide 43,44 metros de diámetro y la altura del edificio desde el suelo hasta el óculo es exactamente la misma, lo que significa que una esfera perfecta cabría dentro sin rozar las paredes. Es otra cosa. Es que el edificio no parece antiguo. Parece terminado ayer y plantado ahí para que el resto del mundo tome nota.

Exterior del Panteón de Roma. / Istock / VEYSEL BUYUKTUNA
Casi dos mil años después de su construcción, la del Panteón sigue siendo la cúpula de hormigón sin armar más grande del mundo. Para entender lo que eso significa hay que saber que no hablamos de un récord técnico o arqueológico: hablamos de que nadie, en veinte siglos, ha conseguido superarla utilizando los mismos métodos. La razón por la que seguimos copiando su cúpula en capitolios, universidades, panteones nacionales y bancos centrales de medio planeta no es nostalgia: es que la solución original no ha sido mejorada. Ese es el verdadero misterio del edificio. No el óculo. No la historia. El hecho de que un arquitecto romano del siglo II haya resuelto un problema que todavía hoy sirve de referencia.

Adriana Fernández
"Un diseño angélico y no humano"
El Panteón que hoy se visita fue terminado por orden del emperador Adriano alrededor del año 126 d.C. Adriano, con una generosidad poco habitual en los emperadores romanos, optó por no inscribir el nuevo templo con su nombre, sino que conservó la inscripción del templo original de Agripa, que se había quemado. Esa inscripción —M. Agrippa L.f. cos. tertium fecit, "Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, lo construyó"— sigue leyéndose hoy en el frontis, y durante siglos desconcertó a los historiadores que no entendían cómo podía ser tan antiguo algo tan perfectamente conservado.

Cúpula del Panteón de Roma. / Istock
Cuando Miguel Ángel llegó a Roma hacia 1505, llamado por el papa Julio II, aún faltaban tres años para que en 1508 le encargaran la bóveda de la Capilla Sixtina. La tradición le atribuye, al contemplar el Panteón en aquel periodo romano, la sentencia de que se trataba de "una obra de ángeles celestiales y no del hombre". Tanto le asombró que se pueden encontrar similitudes en la cúpula de la Sacristía Nueva de San Lorenzo, diseñada por Miguel Ángel. Esta presenta casetones distribuidos en cinco hileras de medida decreciente que imitan, incluso en número, a los del Panteón de Roma.
¿Qué era lo que dejaba mudo a un hombre del Renacimiento acostumbrado a mirarlo todo con ojo crítico? La respuesta está en el óculo. La mayor cúpula de hormigón en masa de la historia pesa más de 4.500 toneladas y tiene un agujero en el centro de casi nueve metros de diámetro que nunca se ha cerrado, que deja entrar la luz y también la lluvia. El piso de la sala circular es ligeramente curvo y está levemente inclinado hacia los lados, de modo que la parte central es ligeramente más alta que el resto del perímetro; esto permite que el agua de la lluvia fluya y se drene naturalmente sin acumularse, yendo hacia 22 pequeños sumideros ocultos en el suelo.

Fuente y Panteón en Roma. / Istock
O lo que es lo mismo: el romano del siglo II ya había resuelto el problema de la impermeabilidad con una geometría de suelo que al visitante desprevenido le parece lisa y horizontal. Para un arquitecto del siglo XVI — o para cualquier arquitecto de cualquier siglo— aquello no tenía explicación sencilla. El óculo permite disfrutar de un espectacular efecto astronómico por el que, cada 21 de abril a mediodía, un rayo de luz entra en el Panteón en un ángulo tal que centra perfectamente el portal de entrada. Una calculadora solar grabada en piedra, sin pantalla ni algoritmo.

La monumental puerta de entrada del Panteón / Istock / Roberto Armocida
De templo pagano a Panteón Real: veinte siglos en una sola planta circular
El Panteón sobrevivió donde el resto de Roma se derrumbó por una razón muy concreta: el papa Bonifacio IV lo convirtió en iglesia. Abandonado y saqueado, el Panteón fue salvado de las incursiones bárbaras por el emperador bizantino Foca, que lo donó al papa Bonifacio IV. En el año 609 se consagró a Santa María de los Mártires y en su sótano se enterraron mártires cristianos desconocidos. El gesto fue providencial: el edificio quedó bajo protección eclesiástica en el momento exacto en que la mayoría de los templos paganos de Roma eran saqueados para reutilizar sus materiales. Mientras el Coliseo perdía sus gradas para construir palacios y el Foro Romano se convertía en cantera, el Panteón seguía en pie porque tenía misa los domingos.

Fachada del Panteón de Roma. / Istock / Nicola Forenza
Esa continuidad lo convirtió con el tiempo en lugar de enterramiento de primer rango. Más tarde, se convirtió en un lugar de enterramiento donde descansaron Rafael Sanzio y miembros de la realeza italiana, como Vittorio Emanuele II, el rey Umberto I y la reina Margarita de Saboya. Rafael murió en 1520, con apenas 37 años, y su tumba está en una de las capillas laterales de la rotonda. Hay algo especialmente apropiado en que el pintor que mejor entendió la proporción y la belleza clásica repose dentro del edificio que mejor las encarna. La visita al Panteón es, sin que nadie te lo haya avisado, un recorrido por veinte siglos de historia europea: pagas tu entrada, atraviesas el pórtico de dieciséis columnas de granito egipcio, y en diez metros de distancia pasas del año 126 al Renacimiento y de ahí a la Italia unificada del siglo XIX.

Interior del Panteón de Roma. / Istock
Cómo visitar el Panteón (y qué hacer antes y después)
Lo primero que hay que saber es que desde julio de 2023 el Panteón ya no es gratuito. El precio de la entrada es de 5 euros y puede conseguirse en el sitio web oficial del Panteón. Los menores de 18 años de la UE entran gratis. El Panteón abre todos los días de 9:00 a 19:00, con la última entrada 30 minutos antes del cierre, y cierra el 1 de enero, el 15 de agosto y el 25 de diciembre.

Vista lateral del Panteón de Roma. / Istock
Sobre las colas: con más de 9 millones de visitantes al año, el Panteón es uno de los monumentos más visitados de Italia. Desde abril a octubre, las colas para la admisión general suelen empezar a formarse a las 9:30 de la mañana y pueden extenderse por toda la Piazza della Rotonda a media mañana. El mejor momento para visitar es temprano por la mañana o al final de la tarde para evitar las multitudes, y entre semana suele haber menos gente que los fines de semana. Reservar la entrada con antelación en el portal oficial evita la cola de taquilla, aunque los controles de seguridad pueden generar espera de todas formas. Un consejo que pocas guías mencionan: si llueve, entra. El efecto del agua cayendo a través del óculo sobre el suelo de mármol y desapareciendo por los sumideros invisibles es una de las escenas más memorables que el edificio puede ofrecer.

Cerca del Panteón podrás deleitarte con la Piazza Navona. / Istock / Nicola Forenza
Una vez fuera, la Piazza della Rotonda merece un rato más de lo que la mayoría de los turistas le dedican. Las fuentes barrocas, el ambiente de los bares de la plaza, la perspectiva del pórtico desde la terraza de cualquier café: no hay prisa. A unos minutos a pie está la Piazza Navona, y en dirección contraria, la iglesia de Santa Maria Sopra Minerva —la única iglesia gótica de Roma, pegada literalmente al Panteón— donde se encuentra una estatua de Cristo de Miguel Ángel que pocos visitantes buscan.

Tampoco puedes perderte la iglesia de Santa Maria Sopra Minerva, en los alrededores. / Istock
Para comer, el nombre de referencia en la zona es Armando al Pantheon, una trattoria familiar abierta desde 1961, que se ha convertido en una institución a un minuto a pie del Panteón sin perder del todo el carácter de restaurante de barrio. La carbonara —sin nata, con guanciale y pecorino romano, como manda la tradición— es su plato más recomendado. Conviene reservar con antelación si se va a cenar, especialmente en fin de semana. También merece la pena buscar alguna de las sucursales de Osteria da Fortunata que hay cerca del Panteón, conocida por su pasta fresca hecha a mano a la vista del cliente. Para algo más informal, un supplì romano —croqueta de arroz con mozzarella y salsa de tomate, crujiente por fuera— es la merienda perfecta antes o después de la visita en cualquiera de los bares de la plaza.
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