Montevideo, una patria sigilosa, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

"Toda América debe levantarse para crear un arte poderoso y virgen". Pensé que la proclama bien merece seguir las huellas de quien la sentenció mientras observaba los juguetes didácticos de madera que diseñó Joaquín Torres García dejándose llevar por la concepción constructiva del arte que siempre le definió como un plástico innovador. El pintor, que nació en Montevideo, recorrió el mundo, aprendió, y volvió a su tierra para cosechar leyenda y forjar semillas de futuro. Ahora la ciudad de Montevideo le tiene dedicado un museo cuya construcción fue el sueño de toda una vida de su mujer de siempre, Manolita Piña. Su viuda, que está presente en media docena de retratos, estuvo decidida a no morirse sin asistir a la inauguración del museo. Tuvo que esperar la caída del régimen militar y lo hizo a la edad de 106 años. Luego, sencillamente se murió.

La vida de Joaquín Torres García es un torbellino de entusiasmos desbordados que inició en la Barcelona modernista. Allí emigró, desde un Montevideo que no le daba oportunidades de hacerse pintor, en viaje de vuelta de su padre, que era de origen catalán, para estudiar Bellas Artes. Su desvelos le dirigieron después a reposar sus primeros conocimientos en el París del impresionismo. Expandió sus inquietudes en Italia, testificando sobre la memoria del Renacimiento su adhesión al muralismo que permanece hoy enterrado bajo capas de pintura en viejos edificios olvidados de Barcelona. Su obra se tecnificó en el Nueva York de la eclosión industrial y la asentó en la tranquilidad creativa de Montevideo. La concepción constructiva del arte le llevó a fabricar juguetes didácticos de madera, de los que estableció una industria artesanal hasta que las llamas acabaron con sus almacenes de Nueva York. Las reproducciones, en edición facsímil, de algunos de aquellos juguetes se pueden comprar en el museo.

Son sólo tres horas de navegación desde Buenos Aires hasta la capital de Uruguay. Pero son mundos distantes y distintos, separados no sólo por la inmensidad del Río de La Plata, por la diferencia de tamaño y de influencia de las dos ciudades, sino sobre todo por una fábrica de papel, de capital finlandés, que vierte sus amenazas sobre el río Uruguay, frontera entre los dos países.

Montevideo se ha detenido, suspendida en el tiempo, para observar qué terminan de decidir los uruguayos, en el paréntesis que se dieron a sí mismos en los años 50. Entonces, de repente, el espejo que más resplandecía en América del Sur se rompió: Uruguay había sido vanguardia en casi todo -educación gratuita, sufragio femenino, ley de divorcio, estado laico, hasta en fútbol...-, y una excepción en el fatalismo geográfico que siempre ha determinado el atraso de Latinoamérica. Al esplendor y a la esperanza sobrevino la crisis de los 50, terminada la situación excepcional que brindó a la República de Uruguay la guerra mundial para su desarrollo industrial. Fue preludio de la gran depresión de los 60 y de la llegada de los milicos, que hicieron trizas el alma, el cuerpo y la esperanza de la que había sido llamada Suiza de América.

Hacía tanto frío aquella mañana que hasta Athos llevaba puesto el abrigo. Esta circunstancia motivó mi curiosidad al dirigirme al policía: ¿Sería tan amable de indicarme el camino más corto al mercado de Tristán Narvaja? Las indicaciones fueron precisas y los modos amables. Al funcionario dispuesto le pregunté el nombre: "Yo soy el agente de primera Ferreira; el ‘hombre'' -dijo refiriéndose a un pastor alemán que le acompañaba uniformado con un abrigo canino acorde con la temperatura- se llama ‘Athos". Así son de sencillas las cosas en Montevideo: para Ferreira, que se encarga del cuidado y el adiestramiento de su perro, éste es casi humano.

Todo es gris en Montevideo, como una prolongación natural del Río de La Plata, y la ciudad discurre silenciosa en los tiempos en los que le ha tocado vivir. Tan sosegada como para permitir una pelea sin gritos ni aspavientos: ocurrió en la Plaza Matriz, cuando de repente dos hombres jóvenes se liaron a golpes con tanta rudeza como para que uno de ellos pillara una piedra con la intención de zanjar el combate. No pasó a mayores que a una mejilla abierta, que también discurrió en el mismo silencio que el del respetable, que observa sin alborotos lo que terminó con la misma discreción con que había comenzado. Es, sobre todo, Montevideo, una ciudad sigilosa.

Maye, mi mujer, y yo convinimos en adoptar la ciudad como una nueva patria; tal vez de soledad, de tristeza, de recogimiento y de silencio. Le dije: "Montevideo es un lugar para la creación". En aquel momento confirmé que ya tengo tantas patrias que me resultaría imposible matar o morir por ninguna. Fue muy plácida la estancia en Montevideo.