Montenegro, por Luis Pancorbo

Ya no cortan cabezas en Montenegro, un país independiente desde junio de este año y tan grande como la provincia de Córdoba. Ahora quieren tratar bien a los visitantes para que éstos disfruten de su diferencia y sus atractivos insólitos.

Luis Pancorbo

Ahora que los muertos tocan a rebato en España, algo más serio que las calabazas neoyorquinas que sonríen con luces huecas y pretenden dar sustos de muerte, se puede recordar que nada es tan cierto como parece. En España comemos huesos de santo, un dulce canibalismo, y en México calaveras y ataúdes de azúcar, pero esta Luna de noviembre no es de luto en enteros continentes, y son muchas las fés que tienen sus propias fechas, motivaciones y costumbres para celebrar el supuesto poder de los que se fueron. Y es que, como decían los antiguos montenegrinos al antropólogo Christopher Boehm, que se doctoró con una tesis sobre el último grupo de cortadores de cabezas de Europa, " hay que llevar la cabeza al pueblo como prueba o nadie te creerá ".

Ya no cortan cabezas en Montenegro, país independiente desde junio de este año por el 55 por ciento de los votos. Ahora lo que quieren es sacar tajada de su diferencia y que vengan visitantes, cuantos más mejor, y por supuesto tratarlos bien. Montenegro es un país tan grande como la provincia española de Córdoba, y con unos 700.000 habitantes, pero tiene variedad y atractivos insólitos. Varias islitas cerca de Perast son más bien templos flotantes sin apenas un palmo de terreno libre para poder darse una vuelta, pescar o silbar. La isla de Djordje (San Jorge) está ocupada íntegramente por un monasterio benedictino del siglo XII. Otra isla, hecha a base de guijarros en el siglo XVIII, sirve como mera peana del templo de Nuestra Señora de Skrpejela.

En cambio, en Boka Kotorska (las Bocas de Kotor) hay un islote que se llama Mamula y que todo él es un viejo fortín. Y otra isla, Sveti Stefan (San Esteban), con su antiguo y bello pueblo de pescadores, ya fue vaciada de gentes y peces, mutilada con un puente y reconvertida en un lujoso resort en tiempos yugoslavos, y de Sofía Loren, clienta de postín.

Todo sea por la patria que es el dinar. Podgorica, la actual capital montenegrina, antes se llamaba Titograd. Hace muchos años pasé por allí, aunque me gustó más Cetinje, la hermosa y melancólica capital del monarca montenegrino Pedro II (Petrovic Njegos), que reinó de 1830 a 1850 y que solía decir: " Yo soy un príncipe entre los bárbaros, y un bárbaro entre los príncipes ". Cetinje, una ciudad-museo encastrada entre montes, fue también capital de Zeta, un reino que, tras el conato de país que se llamó Duklja, fue fruto de la llegada de los eslavos a Montenegro en el siglo VIII y del consiguiente arrinconamiento de los aborígenes ilirios o albaneses. El reino de Zeta ocupó sobre todo la región de Krajina, aunque hay otras Krajina de amargas evocaciones en la antigua Yugoslavia. La Krajina de Montenegro se extiende entre el monte Rumija y el lago Skadar, que hace frontera con Albania. Allí en medio fue donde esplendió Zeta, sin zorros ni floretes, hasta la invasión de los turcos a finales del siglo XV. La iglesia de San Andreja en Prapratni cobija las tumbas de los príncipes y reyes de Zeta del siglo XI. Más chocante es la cruz de San Vladimir, que fue custodiada en Vladimir, un pueblo junto al río Bojana, pero no por los cristianos sino por los musulmanes. Para ellos esa cruz también representaba algo sagrado, si no un talismán.

Esto no ha sido lo más normal. La historia de Montenegro ha estado salpicada de guerras y turbulencias hasta convertirse en un paradigma de lo balcánico y en una tierra apetecida pero que no se conquistaba con facilidad. En el XVI, Andrea Doria, al mando de una flota con efectivos españoles, venecianos y vaticanos, reconquistó Herceg Novi (Castillo Nuevo), plaza tomada por el sultán turco Selim II. Luego los turcos se harían con el país, si bien en la colina que domina esa costa montenegrina hay restos de una fortaleza llamada Spanjola en homenaje a Carlos V. Por otro lado, en la cercana localidad de Savina los españoles levantaron la iglesia de Santa Ana sobre las ruinas de la iglesia ortodoxa de San Petka, destruida a su vez por los turcos.

Es la misma historia de medio mundo y parte del otro. Pero lo que no perdonan los montenegrinos, hoy como ayer, es brindar con lozovacka, un brandy de uvas agrestes -dejan las ciruelas para que los serbios hagan con ellas slilovitz, su bebida nacional-, e hincar el diente al koset, un simpático jamón de oveja. Todo te lo dan con una hospitalidad berroqueña, pero que nadie les toque la fibra de la historia, o del tamaño.