Mitos de África, por Jesús Torbado

Miles de viajeros siguen drogados con una África que no es verdad. A sus mitos se añade ahora Nelson Mandela.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

El alboroto gigantesco, el ruido ensordecedor diseminado por los medios de comunicación y de publicidad (prensa, televisión, trompetería de políticos y de lo que llaman hoy celebridades) durante el mes pasado a propósito de la muerte rotunda del político sudafricano Nelson Mandela regeneran la presencia del continente africano en nuestra vida cotidiana.

Ciertamente, aquel hombre tan simpático no era dios, ni el lugar en el que trabajó es hoy el paraíso. Supo acabar, y con gran sufrimiento personal, con un régimen político aberrante y repulsivo, el del apartheid, con la tiranía que los emigrantes blancos (y sus descendientes y asociados) ejercían sobre desdichados negros que llegaron al territorio más tarde, pero su gobierno no ha sido ningún ejemplo. Ha muerto muy millonario, rodeado de conflictos familiares y, eso sí, admirado y venerado por la mayoría de un mundo que se fija en lo que quiere y en lo que le conviene, convertido en exagerada leyenda.

Pero el país en el que liberó de la esclavitud a una gran parte de la población no constituye ningún rincón idílico y padece las mismas o parecidas tragedias que el resto de los países del continente. Pues Sudáfrica no es un campamento de safaris fotográficos de lujo ni los brillos de Ciudad del Cabo y sus fachadas marítimas. Precisamente en los arrabales de esta gran ciudad, disimulados por hoscos muros, hurtados a la vista del viajero, viven muy penosamente miles de desheredados, y en condiciones patéticas.

Johannesburgo, antaño rutilante y rica -las minas de oro están al lado-, occidentalizada o, mejor, norteamericanizada, es una tragedia humana portentosa. Los blancos que allí vivían en lujosos pisos dejaron abandonadas sus casas y se vieron obligados a fundar ciudades-refugio extramuros cuando la nuevas leyes dieron preferencia e impunidad a los negros. Su barrio de Khayelitsha está peor que el legendario Soweto.

Mandela, el antiguo terrorista que quería imitar a Fidel Castro, perdonó a los que le habían encarcelado y humillado, pero no todos hicieron lo mismo. Rodeada de infraestructuras del primer mundo, una multitud de pobres, negros y blancos, intenta sobrevivir como puede. Muchos de los antiguos luchadores por la libertad se han hecho dueños de los grandes negocios y nadan en oro. Viejos blancos mendigan por las calles y disputan el pan a los nuevos emigrantes negros, recluidos en guetos. Solo desde Zimbabue, hoy convertido en un reino del terror para los blancos, han cruzado la frontera cinco millones de trabajadores que no encuentran oficio en Sudáfrica. Un taxista congoleño, que trabaja a comisión, dice: "No me puedo parar en las paradas de taxis: me golpean. Este es un país de locos en el que son racistas todos contra todos".

La situación social es dura, pese a las inmensas riquezas del país, y seguro que esos dueños del mundo que a mediados de diciembre volaron fervorosos hasta el heroico campo de fútbol, absortos en el culto publicitario, vieron muy poco de la herencia del gran dios Mandela, al que tantos políticos cursis se apresuraron a llamar con familiaridad Madiba, que es como llamarle Paquillo al Papa Francisco. No se ha llegado en Sudáfrica a los sucios logros conseguidos por Nigeria, Mali, la República Centroafricana, Sierra Leona y los otros países del oeste del continente. El racismo tiene otros aspectos y no hay que asombrarse si lo que ocurrió entre hutus y tutsis prende allí. Quizás porque no han entrado aún los valientes islámicos que machete en mano arrasan las iglesias y las cervecerías nigerianas, aunque todo puede andarse.

Miles de viajeros siguen drogados con una África que no es verdad. Todavía caldean sus corazones las aventuras de los grandes viajeros del siglo XIX, incluido el del desdichado vitoriano Manuel Iradier. Y llegaron después las aventuras fabricadas por los norteamericanos para las pantallas del mundo, las grandes leyendas de personajes solitarios y cuentistas, la colonización y el tupido velo con el que se han escondido tantos crímenes y tantas mentiras (lo de nuestra Guinea Ecuatorial, sin ir más lejos). A todos aquellos mitos, no tan lejanos, se añade ahora el del héroe Nelson Mandela. Practicó tan hábilmente su larga lucha que ya habita en el Olimpo. Y millones de viajeros continuarán encandilados con el continente africano y con sus habitantes.