Miss Ceilán, por Jesús Torbado

El festival Esala Perahera recuerda la llegada casi milagrosa a la isla de Ceilán de un dientede Buda.

Jesús Torbado

En el hotel urbano de lujo sirven a la hora del desayuno, 9.30 de la mañana, media papaya sonrosada y fresca. No es una fruta hermosa, sino más bien fea, incluso insípida, como la mayor parte de las tropicales, llamadas también exóticas para darles un poco de relumbrón. La han mondado bien y limpiado de esa especie de perdigones negruzcos que esconde en su interior. Una vez rociadas las lonchas con zumo de lima, resulta aceptablemente grata al paladar. Y más aún para quien ha leído en esos gordos libros de nutrición los muchos beneficios que aporta a la gente.

Pero esta elegante papaya viajera que nos llega desde Costa Rica, desde las Canarias, desde Gambia o desde Almuñécar, se convierte de pronto en una especie de magdalena de Marcel Proust. De mano milagrosa se recupera el tiempo, el temps perdu, o gastado, consumido, desdeñado, enmohecido, disfrutado, olvidado, lo mismo que le sucedió a aquel extraño, exquisito y aislado señor francés, encerrado en una habitación forrada de corcho desde la que hace justo ahora cien años empezó a distribuir los fragmentos de su tiempo recobrado (retrouvé).

He aquí un nuevo don, un regalo misterioso, la última y rica paga de los viajes. Pues hará quince años, o acaso veinte, estaba uno desayunando muy temprano, a las 6.30 horas, en la casa auténtica de una verdadera Miss Ceilán, o Miss Sri Lanka. Desayunando una papaya completa, grandota, sin limpiar, recién arrancada del árbol. No había lima para alegrarla. La madre misma, en persona, de Miss Ceilán acababa de arrancarla del papayo o papayero, y la colocó sin plato encima de la mesa.

Aquel desayuno no pasará a la historia, desde luego, pues el bote de la mermelada estaba relleno de moscas que habían caído presas en él, el pan era duro como roca y el té -¡en Ceilán!- un aguachirle infame. Y dábamos gracias a Buda de haber encontrado la noche anterior aquel espacio con título de guest house, porque la industria hostelera en cincuenta kilómetros en torno a Kandy estaba ya sobresaturada. Claro que hay que ser muy tonto para viajar sin reserva hasta allí en aquellos días del mes de agosto.

El llamado restaurante era una alucinación al aire libre. Dos mesas corridas y corroídas de madera, con algunas sillas abrazándolas. Y los larguiruchos papayeros alrededor, tan cargados de fruta que daba miedo que pudiera caer una sobre la cabeza del huésped. Trasteando por allí andaba la madre de la miss y, llenando una gran pared del interior del pobre edificio, bien visible desde el jardín, una foto enorme, vieja y bien colorida de una muchacha preciosa, casi adolescente, del color aceitunado de casi todas las muchachas del país y vestida de lujoso sari rojo. ¿Y quién era ella? "Mi hija, que fue nombrada Miss Sri Lanka hace siete años, y me regaló esa fotografía".

Pero la mocina no vivía ya en aquel pueblo destartalado y la dueña del hotelucho carecía de palabras inglesas para explicarnos qué había sido de tan impresionante y lejana belleza.

El tibio y modesto aroma de la papaya civilizada nos traía, como la magdalena de Proust, no solo a aquella fugaz mujer sino todo el lujo de la Esala Perahera, que es uno de los festivales más grandiosos de Asia, o sea, del mundo. El formidable desfile nocturno de elefantes muy ricamente enjaezados, con peligrosas luminarias en sus lomos, de bailarines, músicos y devotos es realmente abrumador. La fiesta recuerda la llegada casi milagrosa a la isla (escondido en el peinado de una virgen) de un diente de Buda trescientos y un años antes de Cristo. Encerrado en una caja de oro desde entonces, en el templo del Diente o Malala Maligawa de Kandy, aquella ciudad de las montañas, allí continúa. La fiesta dura diez días y el momento más memorable es la procesión del diente a lomos de un elefante sagrado, enjoyado de la cabeza a los pies, que camina sobre una alfombra de lino blanco para que sus pies no toquen el suelo, precedido de un cortejo de docenas de elefantes.

Un viaje hasta Kandy no solo es glorioso mientras dura. Su memoria, como la de otros muchos viajes, es riqueza inagotable del tiempo reencontrado.