Mis elefantes, por Jesús Torbado

Para mi desgracia hube de ver cómo torturaban a estos maravillosos y serviciales animales.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Apar

Muy tardíamente nació mi devoción y mi amistad con los elefantes. Dejando de lado la triste visión de aquel paquidermo envejecido y triste que habitaba la llamada Casa de Fieras del Retiro madrileño, a comienzos de los años 60, cuando llegué yo, paleto e ignorante, a esa ciudad imprecisa. Ocurrió ese afecto admirativo diez años más tarde en un extraño andamiaje de madera por el que había que trepar para subirse a lomos de uno de aquellos animales para que lo izaran hasta la puerta principal de los palacios de Fahtepur Sikri, a siete leguas de la urbe india de Agra. Además de las rupias que cobraba su cuidador o mahout, convenía añadir una propina o baksish para el elefante: media docena de plátanos, por ejemplo. El animal los recogía con la trompa y se los metía en la boca.

Desde aquel tiempo me he relacionado con cientos de elefantes, casi siempre apacibles, en distintos lugares. Vi cómo trabajan como burros en Tailandia arrastrando árboles de teca entre la espesura; he coincidido con ellos en las carreteras de Sri Lanka sin que jamás hicieran amago de aplastar mi coche. Tampoco inició esa amenaza un ejemplar enorme con el que tropezó nuestro Land Rover en un paraje muy espeso de Kenia; miró nuestro vehículo con cierta ira porque le habíamos aliterado su pantagruélico almuerzo vegetal.

He paseado muchas veces sobre ellos, en howdah y a pelo, siempre en posición incómoda. Y una vez, en la frontera entre Zambia y Zimbabue, pasado el puente de Livingstone sobre las cataratas Victoria, viajando en fila india por terreno inhóspito, a mi montura se le ocurrió lanzarse sin mi permiso a un riachuelo que discurría abajo, a unos cinco metros. Logré incluso agarrarme malamente a la agrietada y dura piel del animal y no me fui de morros al suelo.

En dos momentos y en dos lugares distintos pasé miedo ante elefantes, aunque no tan letal como el de un italiano tonto que a mi lado quiso hacerse el gracioso y con un palo largo se dedicó a tocarle los testículos a uno que cenaba muy tranquilamente. Enroscó el animal su musculada trompa en torno a la cintura del turista, después de llegar hasta él en una increíble carrera, y lo lanzó a buena distancia; aunque cayó sobre yerba mullida hubieron de llevarlo a un hospital con varios huesos rotos. De aquellos dos malos momentos, el uno fue causado por el fotógrafo que me acompañaba y que deseaba un posado especial, en medio de la sabana keniana. Se enfureció el artista, se lanzó al galope contra nuestro todoterreno y solo la habilidad y sangre fría de nuestro chófer nos salvó del desastre.

Hazaña parecida ocurrió en el parque Yala, en Sri Lanka, al enfrentarnos de golpe a otro paquidermo que iba dando un tranquilo paseo. Extendió las orejas, alzó la trompa y ya empezaba a correr cuando otro coche de viajeros se emparejó con el nuestro. Era la manera de hacerle recapacitar: dos contra uno podía resultarle peligroso. Frenó en seco.

Pero luego me divertí mucho con los elefantes de Kerala, que pedían plátanos dándote golpes con la trompa y los agradecían con ojos risueños. Y me dejé bañar por alguno en Kandy (Sri Lanka), durante las fiesta de Esala Perahera, después de que hubieran pasado bajo sus barrigas guapísimas mujeres para quedarse preñadas o para el buen término a su parto. Lancé cocos al suelo con fuerza, como todos los asistentes, para que se los comieran y nos procuraran buena suerte. Y no lejos de allí, en el orfanato de Pinnawella, di biberón a unas criaturas recuperadas después de la vil matanza de sus madres. Incluso cerca de Cochín me subí encima de uno al que, tumbado feliz en una gran charca, su dueño le estaba frotando y acicalando a conciencia.

Antes y después de estos sucesos y de tantos otros que no pueden resumirse aquí, hube de ver para mi desgracia cómo en los circos e incluso en televisión torturaban a estos maravillosos, memoriosos, elegantes y serviciales animales y eran obligados a hacer el ridículo, en actitudes innobles y risibles.

El otro día incluso vi a otro gran elefante, pero muerto, con la cara estampada contra un árbol, un colmillo semierguido y la trompa-nariz-mano enredada en sí misma en rara posición, todo preparado para la foto-souvenir. Dos hombres armados con buenos rifles estaban delante de aquel vistoso e inútil cadáver. Uno se llama Mr. Jeff Rann, experto en matar a grandes animales y en conducir a otros deportistas a que los maten por unos cuarenta mil euros la unidad. El otro se llama don Juan Carlos de Borbón y es rey de España.