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Miguel crió a sus tres hijos en una aldea sin carretera ni luz y consiguió que los tres estudiaran una carrera: “Yo prefiero esto que vivir en Madrid”

Vecino de un entorno rural donde nunca llegaron las infraestructuras básicas, Miguel se negó a que el aislamiento condicionara el futuro de su familia.

Miguel crió a sus hijos en una aldea asturiana sin electricidad ni carretera

Miguel crió a sus hijos en una aldea asturiana sin electricidad ni carretera / Istock / THEPALMER

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Miguel ha vivido en cuatro aldeas del mismo valle y durante más de una década eligió la más apartada para criar a sus hijos. Allí no había carretera ni electricidad y, para llevar a los niños al colegio, tenía que recorrer el camino a lomos de un burro o un caballo. Los tres acabaron estudiando una carrera. Hoy vive en San Cristóbal, adonde llegó buscando algo tan básico como carretera y luz, pero sigue defendiendo la misma forma de entender la vida: “Me aporta sobre todo libertad”.

El entorno rural de Asturias está lleno de pueblos con encanto listos para recibir vecinos.

El entorno rural de Asturias está lleno de pueblos con encanto listos para recibir vecinos. / Istock

Antes de instalarse donde vive ahora, Miguel pasó por distintos puntos del valle. “He vivido en Las Bobias, en El Picón, en San Cristóbal y en La Sela”, cuenta durante la conversación con el canal de YouTube @hilux_aventurab. Llegó a conocer las cuatro aldeas y, aunque reconoce que finalmente terminó en San Cristóbal por una cuestión práctica, asegura que lo que le atrajo desde el principio no fue tanto un pueblo concreto como todo el valle. “Más que este pueblo a mí me enamoró este valle, el valle entero”, explica.

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Durante 10 o 12 años vivió en La Sela, una aldea situada a unos dos kilómetros de San Cristobal. Allí nacieron sus tres hijos y es donde intentó desarrollar una vida unida a los animales. “Nosotros queríamos tener mucho ganado, queríamos ser ganaderos de cabras y yeguas”, recuerda. En aquel momento, la falta de vecinos era incluso una ventaja porque había más terreno y más espacio para los animales.

Pero aquella etapa terminó. “Por cosas de la vida aquello ya se fue acabando”, explica. Fue entonces cuando decidió trasladarse a San Cristóbal, lo que él mismo define con algo de ironía como “llegar a la civilización”.

Sus hijos iban al colegio en burro o caballo

La casa en la que vive ahora tampoco estaba preparada cuando llegó. Se trataba de una antigua escuela que tuvo que reconstruir poco a poco. “Había un agujero en el tejado del tamaño de mi furgoneta”, recuerda. Por dentro, explica, se conservaba prácticamente todo como estaba, pero no había cocina ni otras comodidades. La reforma comenzó desde cero y continúa todavía hoy. “No fue llegar y hacer aquí una superobra”, cuenta. “Todavía sigo de obra”.

Pero si hay una parte de su historia que sorprende especialmente es la manera en que crió a sus tres hijos en La Sela. Los tres estudiaron una carrera, algo que el propio Miguel reconoce con humor: “No han salido al padre, para nada”.

Caminos rurales en el interior de Asturias

Caminos rurales en el interior de Asturias / Istock

Él y la madre de los niños hicieron todo lo necesario para que pudieran estudiar. Y eso incluía llevarlos hasta San Cristóbal cuando todavía vivían en la aldea. El transporte escolar llegaba hasta donde podía llegar un coche. A partir de ahí, según explica Miguel, era responsabilidad de los padres.

“De La Sela aquí a San Cristóbal pues veníamos con un burro, con un mulo y con un caballo”, relata. Lo gracioso es que sus hijos apenas cuentan aquella historia. “Mis hijos no se lo cuentan a nadie porque dicen: ‘Lo contamos y nadie nos cree’”, explica Miguel sobre esa infancia bastante alejada de la habitual, pero que no les impidió continuar sus estudios.

“Prefiero esto que vivir en Madrid”

Cuando le preguntan si cambiaría su vida por otra, Miguel no duda. “Yo prefiero esto que vivir en Madrid”, responde. Y cuando el entrevistador insiste en si cambiaría algo de lo que tiene ahora, vuelve a ser tajante: “No, no, nada”.

Entorno natural de Asturias

Entorno natural de Asturias / Istock

Sus hijos, sin embargo, tienen ahora sus propios caminos. Van y vienen, se mueven y, según Miguel, probablemente no se queden allí para siempre. “El futuro de ellos no creo que sea quedarse aquí”, reconoce. Aun así, siguen regresando con frecuencia porque allí está su padre. De todos modos, Miguel tampoco cree que sus hijos terminen viviendo en Madrid. Piensa que pasarán por distintos lugares y que necesitarán experimentar, pero confía en que volverán de alguna manera a lo que han conocido desde pequeños.

Su forma de entender la vida está muy relacionada con esa libertad. “La mayoría de la gente se mueve por pasta”, sostiene. Él también necesita dinero para comer y vivir, pero establece otra prioridad: “Yo una vez que saco para vivir prefiero mi libertad que no tener más dinero”.

La idea no le llegó de repente. Antes de acabar en este valle vivió en Valencia y conoció una vida que no quería para sí mismo: trabajar en una fábrica, volver a casa agotado y esperar al fin de semana. “Yo este futuro lo veo muy negro, hay que buscarse otra cosa”, recuerda que pensaba. Los viajes también tuvieron importancia en ese proceso. De joven pasó años viajando por Europa y por otros lugares del mundo. “Cuando viajas descubres esto también”, explica. Para él, conocer otras formas de vivir fue una manera de abrir la cabeza y entender que no había una única forma de construir una vida.

No vive de lo que produce

La imagen de una vida completamente autosuficiente tampoco es su realidad. “Autosustentarse es muy difícil”, reconoce. De su terreno obtiene huevos y algún cordero de vez en cuando, pero ya no mantiene huerta porque se cansó de trabajarla: “Me aburrí de hacer huerta”.

Para las compras tiene que desplazarse hasta Ribadeo. Como está lejos, no puede hacer la compra cada pocos días y suele ir cada 15 o 20 días, o incluso una vez al mes. Una compra puede rondar los 250 euros y, según explica, con ella puede aguantar prácticamente todo el mes.

Los animales tienen para él otra función. Las ovejas y los burros ayudan a mantener limpio el terreno, algo especialmente importante en una zona donde el fuego es una preocupación. “Lo tenemos limpio gracias a las ovejas”, explica. Mantener los animales, eso sí, también cuesta dinero: tiene unas 20 ovejas y burros y reconoce que hoy en día ya no resulta sencillo vivir de la ganadería. Aun así, hay algo que compensa el esfuerzo. Cuando llega el momento de comer uno de sus corderos, dice Miguel, lo hace “muy a gusto”: lo ha criado él, lo ha visto nacer y sabe lo que ha comido.