Microestados, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

Uno de los sueños más acendrados de la gente es ser rey o reina de un país independiente. Tampoco pasa nada si uno es presidente o presidenta de esa república ideal. O de su propia casa. Cada quien pone fronteras a esa fantasía y añade, como en los belenes, ríos de papel de plata y montes nevados a base de echar un puñado de harina en una piedra o un cartón. Otras veces hay quien imagina un país propio lleno de oro, o lleno de mujeres condescendientes, o de hombres amables, o de poder, de gloria, de percebes, o de caballos, como a uno le guste más montárselo. Sin embargo, hay decenas de microestados de verdad, es decir, hay decenas de monarcas de sí mismos que han hecho realidad su deseo.
Una vez, hace muchos años, estuve en uno de esos sitios, concretamente en Christiania, la "ciudad libre" fundada en 1971 y enclavada en pleno Copenhague. Se trataba de un conjunto de cuarteles abandonados en la zona de Badsmands, no lejos del centro de la capital danesa, que fueron ocupados por los hippies. Con sus más y sus menos, hasta un millar de ciudadanos de Christiania han resistido en esa especie de utopía donde se venden pasteles, se alquilan bicis y se fuman porros. Lo que tiene es que los hippies se han hecho abuelos y el Ayuntamiento de Copenhague nunca pierde comba para ir sofocando un poco más cada vez esa rara flor de Christiania.
Pero, según cuenta John Ryan en un libro muy divertido y serio a la vez titulado Micronations, sin salir de Dinamarca, en el fi ordo Roskilde encontramos el sorprendente reino de Elleore. Proclamó su independencia, por las buenas, en 1944. El rey Leo III es el actual Jefe del Estado, o lo que sea un triángulo de tierra de 400 metros de longitud, deshabitado todo el año a excepción de una colonia de cisnes mudos y de gaviotas comedoras de arenques. El sitio es una reserva natural, pero por alguna razón en agosto dejan que celebren una semana elleoriana aquellos que se consideran ciudadanos de ese extraño reino, un lugar que al parecer ya fue encomiado por monjes irlandeses en el siglo X. Claro que la República de Molossia tampoco está mal. Se encuentra en el Oeste de los Estados Unidos, entre Nevada y California, a pocos minutos de una ciudad minera llamada Virginia City. Molossia fue fundada en 1977, el año I de su era y calendario, por quien es aún su Presidente, el excelentísimo Kevin Baugh. Sin embargo, Baugh es un señor modesto comparado con otro personaje, al que rinden casi culto como Su Majestad Joshua Norton, un inglés que se declaró a sí mismo Emperador de los Estados Unidos en 1859 (y Protector de México), y en cuyo honor en Molossia celebran por todo lo alto el 8 de enero, el Norton Day. Por lo demás, en Molossia tiran un cohete y a eso ya lo consideran tener un programa espacial.
Son reinos y repúblicas reales, no virtuales, lo que ocurre es que son sitios todavía más pequeños que El Vaticano, Mónaco, San Marino... O que Seborga, una ciudad-estado en los Alpes italianos de cuatro kilómetros cuadrados y con alguna clase de independencia desde su fundación en el año 954. Dado que no se menciona Seborga en la Unifi cación de Italia de 1861, ni en la Constitución de la República italiana en 1946, los en torno a 300 habitantes de Seborga coligen que se han quedado fuera de juego, colgados de la historia, y por tanto con derecho a ser independientes, a dar pasaportes, amén de estampar sellos que son siempre una pasta. Otras veces los estados son pequeños pero complicados política y étnicamente, hasta el punto de ser inviables o muy confl ictivos. Es el intento de Cidniestria por desgajarse de la ya de por sí desgajada Moldavia. O el intento de Somaliland de constituirse en una nueva Somalia basándose en que los ingleses ocuparon una parte del país y los italianos otra. Los somalíes anglófonos, los de Somaliland, se sienten distintos de los somalíes italianófonos, con lo cual parece que el colonialismo vence ahí por caminos retardados y oblicuos. Después de todo, también Freedonia es un estado libre e independiente. No tienen tierra, aunque sí dirección electrónica y postal. Y un rey John I que da vueltas para ver dónde puede comprar una parcela, quizás en África o en la isla Pitcairn en el Pacífi co, para asentarse con un poco más de autoridad. La autoridad que tiene la debe más que nada a que ya salió una Freedonia en la película Sopa de ganso de los hermanos Marx.