Mi viejo y fiel amigo Leonard Cohen, por Carlos Carnicero

Sus canciones tienen una emotividad en la que cada nota y cada verso son una manifestación de rebeldía.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Conocí a Leonard Cohen en el verano de 1971. O me conoció él a mí; a los efectos es lo mismo. El viejo pickup apenas podía albergar un disco: no había más en aquel universo de escasez. 16 Clanricarde Gardens, Londres: un grupo de españoles apiñados en el suelo. Y el long play desgranando una y otra vez Suzanne y The Partisan en un intento casi desesperado de alcanzar sentido a los versos del joven trovador judío canadiense.
Leonard es uno de mis más viejos amigos, aunque él no lo haya sabido nunca. Hay algo especial en su música cadenciosa, sosegada, sobria, tranquila. También en su adusto porte, sin concesión al populismo. En el Palacio de Deportes de Madrid, los elegidos teníamos la suerte de tararear sus canciones. Son soporte sostenido de una emotividad sagrada en la que cada nota y cada verso son una manifestación de rebeldía; y en la que cada concepto es un susurro revolucionario para defender lo que vale del pasado. Esencialmente, una revolución tranquila.
Cohen abrió los pliegos de su testamento en vida. Quiso ser generoso con nosotros y nos ofreció un relato íntimo, personal, de su obra. El día que se vaya sentiremos profundamente que se despidió de nosotros en Madrid. ¡Un lujo! Los feligreses de esta secta asistimos con reconocimiento y respondimos a su sobriedad con la nuestra. Ni un murmullo. El entusiasmo solo se desbordó con las canciones más conocidas. Nos sentimos vinculados y orgullosos de estar ahí y de pertenecer al club de los elegidos por Cohen.
Recuerdo conversaciones y actos de amor con el susurro de Leonard Cohen como neblina de fondo en aquel verano mágico de 1971. Londres era la antítesis de aquella España franquista en blanco y negro. La luz se desprendía incluso en los días en los que el cielo estaba más cerrado. No había que vigilar las palabras porque los espías del franquismo solo eran perceptibles en el Club Antonio Machado, lugar de conspiraciones imposibles. Fue Leonard no solo generoso con el público. Nunca he visto un artista consagrado tan espléndido con sus músicos. Les invitó a exhibir su talento. Y se retiró para que pudieran brillar en su apogeo. Me acordé de muchos amigos de entonces, algunos lo siguen siendo ahora. Txiki, José María Benegas, que sigue intacto, sin traficar con sus ideas. Entonces llevaba una sempiterna camiseta del Che; del gallego Piro, "vendedor de submarinos para bañeras"; del Filósofo, un personaje que se enfrentaba a la Policía, cuando acudía a casa porque hacíamos demasiado ruido, al grito de "¡Don''t disturb the peace of the morning!"; de Charo, y de Joseba Iraizoz, el magistral cocinero del Baztán, nacionalista vasco de emocionalidad profunda que se enfrentaba a los cocineros austriacos en las cocinas del Hilton para superar su hándicap de español. Joseba murió hace poco, y lo sentí y lo siento con profunda resignación. Y recuerdo siempre que se le escocía allí donde la espalda pierde su nombre por el calor de los pucheros: nunca faltaban pomadas para Joseba. Nunca se las apliqué, pero no me hubiera importado hacerlo.
No voy a hablar de la música del concierto, porque fue sinceramente espléndida. Los arreglos, soberbios, para sostener un auditorio tan concurrido y conseguir el milagro de la alquimia de que una música necesariamente intimista soportara aquel universo abarrotado.
Sentí que este homenaje era una despedida de quien ha mantenido durante 78 años la misma actitud ante la vida. No es fácil hoy, en donde las ideas se transmutan en intereses, ser fiel a uno mismo. Cohen es, además, un alegato contra la modernidad impostada por una moda incluyente. Demuestra Cohen en cada gesto de su actividad artística que lo que sirve no tiene necesidad de ser cambiado. Y convierte la nostalgia en una expresión de vista hacia el futuro.
Fue también su actuación un alegato político a favor de la rebeldía serena, sosegada. Un alegato inteligente, discreto, parco. Le dije un adiós a Cohen que fue un hasta siempre. Me tranquilizó pensar que la muerte puede ser plácida si alberga una vida coherente.
Salí del recinto reservadamente, del brazo de mi amiga Cruz, que tan generosamente me había invitado al recital. Tardamos unos minutos en hablar. Tal vez porque no podíamos sintetizar nuestros pensamientos. Y empecé un nuevo día del resto de mi vida con la satisfacción de pensar que, modestamente, como Cohen, estaba disfrutando de una vida tan coherente que no me había permitido distanciarme de la huella de este poeta, trovador y músico. Soñé que los dos habíamos sido fieles al fondo de nuestra alma.

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