El metro de Madrid lleva a Quito, una columna de Sergio del Molino
"Me sentía en una alucinación, como si hubiese cruzado un portal espacio-temporal que comunicase el norte de Quito con el intercambiador de la Avenida de América"

Me extrañó que mi anfitriona propusiera ir al centro histórico en metro. Estábamos en la zona norte de Quito e íbamos a dar un paseo por la bellísima parte colonial de la capital de Ecuador. Me extrañó la propuesta porque no es normal que mis anfitriones latinoamericanos recurran al transporte público. Por un lado, porque apenas existe en la mayoría de las ciudades y, cuando lo hay, está colapsado, es lentísimo o se considera demasiado peligroso para una flor de invernadero europea como yo. Pero mi anfitriona insistió en que el metro era la forma más cómoda y rápida de movernos. “Además —dijo—, te va a sorprender mucho: es igual que el metro de Madrid”.
Cuando dijo eso, pensé que se refería a que los ingenieros ecuatorianos se habían inspirado en la red de Madrid para diseñar la suya, pero en cuanto bajamos las escaleras, descubrí que su afirmación era muchísimo más literal: de pronto, estábamos en el metro de Madrid. No en un metro parecido, sino en una réplica exacta y detallista del metro de Madrid: las mismas puertas, los mismos pasillos, las mismas luces, las mismas tipografías, el mismo diseño arquitectónico de todos los espacios, los mismos colores, las mismas pegatinas, las mismas papeleras. “Te dije que era idéntico al metro de Madrid”, me insistió, divertida al ver mi pasmo. Me sentía en una alucinación, como si hubiese cruzado un portal espacio-temporal que comunicase el norte de Quito con el intercambiador de la Avenida de América, salvando en un paso los 8.733 kilómetros que separan a ambas capitales. Había brujería ahí, algo en verdad perturbador.
Los quiteños están descubriendo las ventajas de una red de transporte público de masas, y algunos ya se replantean su dependencia del coche
Quito es una capital pequeña para los estándares americanos: unos 2,6 millones de personas que la convierten en una ciudad manejable, casi hecha a escala humana en comparación con Lima, Buenos Aires, Bogotá o la inconcebible México. Tiene un clima muy civilizado y suave, y en cuanto los sistemas circulatorio y respiratorio se acostumbran a la altura (casi tres mil metros, ojito con el soroche), el visitante se siente bienvenido y feliz.
Pese a su diseño y ubicación amables, Quito no tenía metro hasta hace dos días: la primera línea se inauguró en diciembre de 2023, y los vagones y los andenes aún huelen a nuevos. Los quiteños están descubriendo las ventajas de una red de transporte público de masas, y algunos ya se replantean su dependencia del coche. Con un poco de suerte y algo más de inversión pública, la capital de Ecuador puede convertirse en una ciudad razonable o, como poco, abarcable, con un urbanismo que no triture a sus vecinos.
Que hayan decidido copiar con exactitud de psicópata el metro de Madrid tal vez sea un homenaje y una declaración de intenciones: Quito aspira a parecerse más a una capital europea, con un buen sistema de transporte público y barrios paseables, y reniega del modelo atroz de autopistas y atascos que impera en casi todas las metrópolis latinoamericanas. Sería bueno que los políticos madrileños se diesen un garbeo por Quito, admirasen la copia del metro y recordasen también ellos que Madrid aún puede ser como era antes de que decidiesen convertirla en Miami. En Quito también podrían haber mirado a Miami, pero han decidido mirar al viejo Madrid. Los quiteños son gente sabia.
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