Mercados, por Javier Reverte

Los mercados son un buen sitio para tomarle el pulso a un país. Te dejan ver el nivel de vida de sus habitantes y sus creencias.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Siempre que viajo me gusta asomarme a los mercados populares, a esos lugares donde reina el jaleo y que, en horas de venta y desde bien temprano por las mañanas, están llenos de vitalidad. Los mercados son un buen sitio para tomarle el pulso a un país cuando andas vagabundeando mundo adelante. Te dejan ver muchas cosas: el nivel de vida de sus habitantes, por supuesto; pero también los caprichos de la gente e incluso te muestran a menudo sus creencias. No es baladí esta última afirmación: en muchas de las ciudades africanas, asiáticas y latinoamericanas que conozco son muy frecuentes los mercados especializados en pócimas, ungüentos, hierbas, hechizos, conjuros, colas de animales, dientes y garras de felinos, todo tipo productos y recomendaciones capaces de procurar dinero, trabajo, amor o salud, quizás los cuatro pilares de la felicidad terrenal.

Recuerdo, en el mercado de Nbare, de Harare (Zimbabue), el diálogo que mantuve con el dueño de un puesto de brujería. Le pedí un remedio contra la obesidad. "Lo mejor es no comer", contestó. "¿Y hay algo contra la vejez?", añadí. "No tener prisa", respondió. "¿Y para la buena suerte", insistí. Me tendió un manojo de pelos rodeando un trozo de carne seca. "Esta carne de mono podría servirle, aunque sabe muy mal; lo mejor que puede usted hacer es no meterse en líos". Apuré la suerte: "¿Y para el éxito en el amor?", le dije. "Hacerlas reír", afirmó rotundo. De modo que me rendí y le compré una pequeña escoba para hacerlas cosquillas.

En el D.F. mexicano, el mercado de Sonora abunda en productos relacionados con la magia y la superchería. Caminando entre sus puestos, una mañana de hará cosa de veinte años, me llamó la atención una muchacha que llevaba colgada del cuello una batería de automóvil de la que salían dos cables con sus dos polos. "Una descargadita por un peso", ofrecía a los transeúntes. Alguno que otro se detenía, pagaba y colocaba la mano entre los polos. El calambrazo eléctrico casi les hacía brincar. "¿No quiere una descargadita, señor?", me preguntó. "¿Para qué sirve?", le pregunté. "Es buena para el riego de la sangre y para el cerebro?", afirmó. Me ahorré la experiencia, naturalmente.

Pero unos metros más allá competían entre ellos un grupo de hombres para ver quién aguantaba la descarga con mayor cantidad de vatios. Sufrían la descarga con los dientes apretados y la barbilla alzada, cerrando los ojos. Para ver quién era el más "macho", naturalmente. Supongo que, a estas alturas, ya estarán todos muertos.

En el zoco de Trechville (Costa de Marfil) se vendían, fileteados -antes de que el mercado se quemara por completo hace unos treinta años-, caracoles de tierra tan grandes como lagartos, buenos al parecer para el reúma; monos recién nacidos exquisitos al paladar y serpientes vivas consideradas pura delicatessen y que, imagino, no eran venenosas. Pero la tienda más llamativa que he visto en mi vida era la de un chamán en la plaza central de Tegucigalpa (Honduras). Contenía de todo lo inimaginable para remediar todo lo imaginable: insectos secos, pieles de sapo, amuletos, exvotos, estampas del santón Simón, folletos que explicaban sortilegios, decenas de velas de diversos colores que atendían, al arder, todo el catálogo de las necesidades humanas, desde el amor al dinero... y cientos de hierbas para curar males, entre ellas las destinadas, textualmente, "contra las afesiones de la vejiga", o "para remediar mestruosidades furiosas", o "para astender ynflamasiones de garganta", o "para alibiar estorbos estomacales y ventocidades".

Ya digo: una buena parte del alma escondida de los países hay que buscarla en sus mercados.