Mejor por carreteras secundarias por Carlos Carnicero

Uno de los mejores viajes de mi vida fue en el verano de 1990. Desde Madrid al norte de Escocia, por carreteras secundarias durante un largo mes.

Carlos Carnicero
 | 
Foto: Ximena Maier

M e encanta conducir; me relaja y me inspira. Las mejores ideas se me ocurren al volante. Hablo muy poco en los viajes mientras manejo. Hubo un tiempo, que voy a retomar, que tenía una grabadora conectada para recordar mis planes y mis ideas al volante. Aprendí a conducir antes, bastante antes de los dieciocho. Mi padre me llevaba, en Zaragoza, a la carretera que unía la Nacional de Madrid con la base de utilización conjunta que tenían los norteamericanos a las afueras de Zaragoza: el asfalto era inédito y desconocido en las maltratadas carreteras españolas de la época. Una alfombra donde se deslizaba el Renault Dauphine. Silencio sin apenas rozamiento. Me sentía feliz cambiando de velocidad con el doble embrague, que era lo más de la época para facilitar el cambio de marcha sin desaceleración.

Recuerdo, como si fuera hoy, un viaje en tren a Barcelona, a la central de la fábrica de Seat, con mis padres, para recoger un flamante Seat 600. Era lo último, la novedad en aquella España todavía de posguerra. En la parte trasera de aquel pequeño coche nos amontonábamos los hermanos, unos casi encima de otros, para viajar cada verano a Zarauz. La olla de presión entre las piernas. Eran viajes lentos, largos, calurosos, deliciosos. La primera parada obligatoria, en Utebo, a las afueras de Zaragoza, para comprar melones. Como lo oyen, ¡melones! Familia numerosa en tiempos de escasez. A la entrada de Pamplona, una nueva interrupción para comprar chorizo y salchichón en la fábrica de El Pamplonica, para los bocadillos del largo verano en la playa. Luego, en Lecumberri, chistorra. Y así, despacio, sin que nadie protestara ni por el calor ni por la falta de espacio. Al final, la playa.

Uno de los mejores viajes de mi vida fue en el verano de 1990. Desde Madrid al norte de Escocia, por carreteras secundarias durante un largo mes. Conducir por la izquierda fue una experiencia. Sostengo que en el Reino Unido es mejor viajar en un coche continental, con el volante en su sitio. A pesar de disminuir la visión, el cálculo y la sensación de las distancias se hace mejor desde esa posición de conducción. Mi hijo Carlos tenía 12 años. Hicimos de todo. Pescar en lagos, visitar el castillo de Robin Hood, y parques increíbles con animales en libertad. Llegamos a la punta norte de la isla. Y regresamos, siempre por carreteras secundarias, descubriendo sitios increíbles que te son ajenos desde las autopistas.

He hecho largos viajes por Europa. Desde Madrid a Viena. Recorriendo lugares apartados de Francia, Italia, Suiza y Austria. He sentido cosas imposibles desde una autopista. Ahora no se pueden sobrepasar los 120 kilómetros por hora en casi toda Europa y en Estados Unidos. La ventaja de la rapidez en los desplazamientos ha desaparecido. Y la elección de los recorridos en zigzag, si se dispone de tiempo, es siempre la que adopto. Cuba y Marruecos son dos de los países que he visitado en donde hay que conducir con más precaución. Cada vez que recorro la isla de Cuba me quedo horrorizado con los turistas que conducen como si estuvieran en una autopista alemana. No sé si hay estadísticas de los turistas que se matan en las carreteras cubanas, en donde es desaconsejable, absolutamente, viajar de noche por la falta de iluminación de todo tipo de vehículos, carros de caballos, bicicletas, animales sueltos...

Si viajar es un placer, ¿por qué hacerlo a toda velocidad encerrado en autopistas aisladas del mundo por cercas impenetrables? No hay que utilizar teleobjetivos para descubrir los pequeños detalles que hacen la diferencia en un viaje. Hay que viajar con la posibilidad de detenerse en una pequeña ermita o en una taberna en mitad del campo. No tengo nostalgia de otros tiempos. Ni de los largos viajes en el Seat 600 con toda la familia, parando a comprar chistorra, melón o cualquier otra cosa.

Mi secreto es muy sencillo: sigo haciendo lo mismo, pero ahora con aire acondicionado. La modernidad es un avance, pero todavía nos podemos dar el lujo de conservar aquellas costumbres que nos permiten acercarnos a los detalles de la vida, como era antes. Solo hace falta paciencia, tener la virtud de un ojo fotográfico y no aburrirse nunca con uno mismo. Para mí no ha sido fácil un aprendizaje aparentemente muy sencillo.