Meigas de Cangas de Morrazo, por Luis Pancorbo

La supuesta "meiga" Elvira Martínez declaró bajo tortura que desde los veinte años era esposa del demonio.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

El mar hace pequeñas ondas ante la playa rubia de Rodeira, la más plácida y urbana de Cangas de Morrazo, y es difícil de creer que esto haya sido en tiempos un escenario del terror. "¿Ve esas olas? Son las que traen ‘areas gordas'' (arenas gordas) que decimos aquí, las que usaban las brujas que después condenaron". María Jesús Mallo regenta con su familia un hotelito a unos pasos de las arenas de Rodeira, hoy tanto gruesas como finas. El lugar fue una finca de sus padres hasta el año 1972, y aún les queda algún ciruelo junto a lo que antes se conocía como playa del Espíritu Santo, en plena ría. Justo enfrente de Cangas se desparrama Vigo, otra ciudad que parece crecer con el sol y menguar con la bruma: "Tuvo que venir el cura de Coiro a ‘desconjurar'' la playa, sí, la de aquí de Rodeira, y todo eso me lo contó José María Castroviejo". El antiguo cura de Coiro, con mando en Cangas, no estaba por la labor de admitir flecos de brujería. Negaba que la campana de San Salvador tocase sola para convocar a las brujas de Cangas al aquelarre. Ya en 1745 el erudito padre Sarmiento subió a ese campanario porque era famoso por sus repiques mágicos.También negó el cura de Coiro que estuviesen en los archivos parroquiales las partidas de defunción de las brujas de Cangas, las que fueron condenadas por la Inquisición por ayuntarse con el diablo en la playa de Rodeira.

Sin embargo, la historia de la brujería en Cangas es tozuda, y no escasearon los procesos de meigas desde 1619 a 1628. Caso señero fue el de María Soliño, que de condenada por el Santo Oficio hoy da su nombre a un Instituto de Educación Secundaria. La Soliño rehabilitada ha inspirado como María Soliña el poema fantástico de Celso Emilio Ferreiro, como la versión que hacen Carlos Núñez y Teresa Salgueiro: "Nos areales de Cangas/ muros de noite se erguían/ Ai, que Soliña quedache,/ María Soliña". Al final los de la Inquisición no la quemaron, pero se quedaron con sus bienes (derechos de presentación en la iglesia de Aldán). Una forma de piedad, a lo mejor. Otrosí la supuesta meiga Elvira Martínez declaró bajo tortura que desde los veinte años era esposa del demonio. En 1627 fue condenada en calidad de bruja al escarnio público, aunque luego, como refiere Xerardo Dasairas, la justicia seglar la absolvió del cargo de hechicería. Siempre en el Morrazo hubo la meiga de Darbo, que le sangraba la nariz, y era porque un antepasado quería contactar con ella. Y estaban los rabuxos, entre ellos los Soliño, acusados de haber sido espías de los turcos que invadieron la ría. Según Castroviejo, se ganaron ese mote de rabudos por la faja y el turbante que se movían como una cola al viento.

María Jesús Mallo coge ciruelas del árbol para el desayuno, hace bizcochos magistrales y guarda buenos recuerdos de las Cíes, cuando esas islas del final de la ría eran como un paraíso para los cangueses: "Mi familia nos llevaba a los niños en una lancha, y también iba la familia de Castroviejo. En las Cíes había conejos por todas partes. Y entonces no es como ahora, hasta había quien cazaba cormoranes. Y se comían, dejándolos ablandar, claro". Castroviejo, director que fue muchos años de El Pueblo Gallego de Vigo, se hizo famoso por sus libros llenos de personajes de la tierra, pero él mismo llevaba un par de cuervos en los hombros. Era un mundo donde parecía lógico lo de los aparecidos, como uno en Rodeira que se tumbaba en las encrucijadas y que al recuperarse repetía lo que le habían contado los muertos. Todo un oráculo local, aunque nada como la Santa Compaña, blancas y verdosas apariciones, figuras de cinco en cinco: una con la cruz, otra con el acetre lleno de agua bendita y el hisopo de asperjar, otra con el estandarte, otra con el farol y la campanilla, y la quinta con el viático. Pero peor era la sexta, que iba con un ataúd y el que lo veía ya estaba listo. Salvo que apretase los puños o cruzara los brazos, para no dar nada a su paso. Por su lado iba la Santa Compaña del Mar, un cortejo de las Cíes en tiempos del Cojo, el tabernero pirata.

Historias que contradicen la tersura de carnes de las luras, los deliciosos chipirones de la ría canguesa, que con eso y un ribeiro, quién dijo miedo en el mes de las ánimas sueltas.